Allá a donde queremos ir

El punto difuso del horizonte

Aquí está la razón del porque empecé a pensar en el horizonte….

Era de noche. Sólo las olas se escuchaban. A lo lejos los ruidos del bar. Distintas fogatas desperdigadas de manera azarosa a lo largo de la playa. El frío y el calor se entremezclaban. La luna llena gobernada el cielo nocturno con su guardia de estrellas a todo fulgor. Alcohol barato, mariguana, tabaco y la brisa.

¿Era nuevo lo que contemplaba? No lo sabía a ciencia cierta. Muerte a quien la muerte merezca, pensó. Muerte, pero ¿a quien? ¿Quién merecía morir? ¿Él? Tal vez todos….
Mientras lo decidía tomó lo último de su Bacardí. Estaba fuerte, pero la ocasión lo ameritaba. El cigarro y el toque le sabían a lo mismo. Luna de plata. Al fondo, tras de él, las palmeras. Las enramadas y los hostales comenzaban. Cuerpos, desafortunadamente vivos, tumbados en la playa a su alrededor. Se sentó. Se sirvió más Bacardí; esta vez arriba de la mitad del vaso desechable. Prendió un cigarro. Los demás alrededor del fuego, entre borrachos, drogados y dormidos.

-¿Qué onda güey?
-Que pedo. Salud
-¿Qué ves? ¿El mar?
-No sé. ¿Ya te la cogiste?
-Si güey. Fuimos a su hostal y ahí en su cuarto.
-¿Qué tal?
-A gusto, si se rifa la vieja.
-¿De donde es?
-Belga. Que quiere estar conmigo el resto de la semana. Se va el domingo
-Pues como veas güey, a mi me da igual y a los demás seguro les vale verga. Que se jale a sus amigas, estaban chidas.
-Pues si gúey, yo creo que le digo que se jale al campamento al rato que se levante. Digo de eso al amor propio…
-Pues si. Salud.
-Rolame el bacacha porfa….Gracias.
-De nada.
-¿porqué no te consigues una vieja mi Seras? Aquí el que no coge es porque no quiere.
-Tienes la razón mi Toñito, pero ya ves, mis chaquetas mentales. Le pienso de más
-No hay nada que pensar. Te sacas el pito y se la metes. Te la sacudes y bye.
-Pues puede ser….
-Ármate un toque
-Cámara….

Los dos quemaron su toque. El humo subiendo creando una nube. La policía ya no importaba, aunque daba sus rondines, les valía madres. Al que pasaba: ¡Salud! Y lo de siempre: siéntate carnal, de donde eres, que haces, cuanto llevas aquí, jálate a tu banda a la peda. Una semana así. Acampando en la arena. La única comida decente que tenían era el desayuno. Después, las primeras chelas del día y a la playa a chupar. Chelas, mezcal local y pomos variados. Nadar un rato en el mar, pero por revelos, por aquello de cuidar las cosas. Conocer gente de todos lados; 50% eran chilangos y 50% extranjeros. Ver el amanecer diario. Ponerse hasta la madre diario. Ir a los tres o cuatro locales que funcionaban como bares. Si se tenía suerte, acostarse con una chava extranjera con algún choro ya practicado. Las mujeres coqueteaban con algún tipo al azar; no importaba si ellas tuvieran novio o ellos novia ¿Qué importa? Al fin son ataduras burguesas convencionales; ahí en ese momento todos eran alivianados y contra culturales.

Siete idiotas ensimismados en su nueva rutina playera pseudo rasta-hippiosa. Habían abandonado la trivialidad de la ciudad por una playa igual de falsa que ellos en su pose adquirida en tanto tocaron la arena.

Había chavas en el viaje. Eran 7 en total, 4 hombres y 3 mujeres. Rebeca y Jonathan eran pareja, se la pasaban peleando y mentándose la madre, pero eran pareja. Alex y Sofía eran un par de calientes, por lo que en cualquier momento se esperaba que ganara la lujuria, no sería la primera vez que sucediera esto entre ellos. Serafín, Toño y Lau, borrachos y mariguanas empedernidos, entre los 3 se sonsacaban mutuamente. Lau no quiso llevar a su novio, que hueva, le amargaría la peda y la pacheca, mejor no, sola iba bien. Toño se conseguía vieja fácil, era verbo y guapo. Mientras que nunca se sabía si Serafín estaba buscando o no vieja.

Volteo Serafín. Como se había predicho Sofía y Alex desaparecieron. Rebeca y Jonathan dormidos. Lau dormida también. Solo quedaban el y Toño. Serafín se sentía participe de la decadencia de su generación. No sabía porqué. Pero se sentía a gusto siendo decadente y en el camino de la perdición. Le dio los últimos jalones al toque de mota, mientras Toño se tomaba su chupe. Una profunda aburrición, desesperación e inclusive tristeza lo atacaron. De nuevo, no sabía porqué. Esto era lo que quería, desentenderse un buen rato de la ciudad y de sus presiones. Se encontraba en una burbuja donde nada lo podía alcanzar pero nada era real. No importaba, la irrealidad es el precio a pagar por la despreocupación, camino a la emancipación.

Buscaba alejarse y estaba lejos, al extremo sur del país. Después de haber considerado esto, se decidió. Este lugar ya no era para él. Pero, ¿Qué no era lo que el buscaba? ¿No quería deslindarse de todo completamente? Sin embargo, el quería ir más lejos aun, tal vez al extremo sur de la realidad, donde el universo, el tiempo y el infinito se entremezclan, justo como el cielo y el mar lo hacían en el horizonte. Quería llegar a tocar ese punto. Tal vez así ni la muerte lo llegase a alcanzar, ni la chica ni la grande. Donde todo perdiera sentido y figura, donde se es todo y nada a la vez. El lugar donde nada importa, porque lo que importa ya no es. Quería llegar más allá de Macondo, del Kilimajaro y de Ítaca; quería viajar en un Corvette amarrillo hasta las tierras baldías, pero no a las de King, sino a las de Elliot y regresar hasta el origen primigenio de las cosas. Tal vez hablando ahí con los que fueron y serán; con Gilgamesh, Osiris y Cristo que son todos en uno, tal vez y solo tal vez, todo tendría sentido.

Por esto, Serafín se acabo de un golpe su trago, se prendió un cigarro. Se despidió con la mirada de Toño y extendió sus alas. Le costo trabajo tomar altura por la brisa marina y el ambiente húmedo, nunca había volado así. Ganó altura y cuando se dio cuenta se encontró a una distancia considerable del suelo y de la playa. Se empecinó en alcanzar el punto difuso del horizonte. Sino lo alcanzaba moriría cual gaviota en el mar.

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