Allá a donde queremos ir

Próxima Estación

—Próxima estación General Anaya—

Había abordado en Taxqueña dirección a Cuatro Caminos, debido a que es terminal logró encontrar lugar para sentarse sin ningún problema. Estaba en el último vagón, siempre se sentaba en el último vagón, según él, era más tranquilo. Era de noche, había olvidado su reloj, pero calculaba que eran las nueve de la noche.

—Lleve el juguete de novedad para el niño, para la niña, llévelo. Sólo diez pesos le vale, sólo diez pesos le cuesta—

Escuchaba a The Black Heart Procession en su ipod. Por fín tenía uno, después de haberlo ansiado tanto en momentos de aburrimiento como sus viajes maratónicos en metro. También le hacía compañía una edición de En el Camino de Kerouac, era su libro favorito, lo releía cada año para no olvidar cosas que son obligatorias recordar.

Justo en la hoja en la que Sal y Dean Moriarty volaban por el asfalto en una carretera dirección a Nueva York fue cuando la vio. El metro llegó a General Anaya y fue en la estación en la que ella subió. Se quedó parada. Según él no estaba tan lleno, posiblemente buscando por los vagones encontraría un asiento vació; sin embargo, le bastó con recargarse en una pared justo a un lado de la puerta del vagón.

Desde el inicio le llamó la atención, era linda aunque no lo que se le podría llamar un forro de vieja. Era delgada, pálida, cabello corto castaño claro, rasgos finos, ojos claros, no era fresa pero tampoco una asidua al Chopo o al menos fue lo que el pensó. El olor dulzón de esta chica le llenaban las fosas nasales, el cual era dulce, como el de un durazno. También escuchaba su ipod. Veía hacia fuera, como si buscara algo en los edificios de Tlalpan o en la tarde lluviosa.

Cuando Serafín se preguntaba que podía estar viendo en la calle lo notó: la chica tenía una expresión tristísima, como si las estrellas del firmamento fueran tragadas de golpe por la oscuridad. Según él, le había visto rodar una lágrima por su mejilla, aunque no estaba del todo seguro. De cualquier forma, el cuadro le parecía una escena excesivamente nostálgica y melancólica. Tal vez por eso le había llamado tanto la atención, por ese aire triste que la rodeaba y llenaba el vagón como un viento frío de invierno que recuerda que todo esta muerto y falta mucho para que renazcan las cosas. Él mismo era muy melancólico, demasiado para su propio bien.

—Próxima estación Nativitas—-

Por todas sus consideraciones no se había dado cuenta de que ya habían pasado dos estaciones más. La gente se aglutinaba más y más. El calor aumentaba, el sudor bajaba por su frente y cuello. La seguía viendo. Al parecer ella no se había dado cuenta de que Serafín la inspeccionaba con la mirada cuidadosamente, parecía que quisiera aprenderse de memoria toda ella, tal vez y sólo tal vez, así podría retenerla para si. Llegaría un momento en que la perdería pero no en su recuerdo y en su memoria llegaría a ser la reina que merece ser.

Seguía intrigado, tratando de adivinar el porque de su tristeza. Él ya estaba seguro, definitivamente alguien había hecho sufrir a su ángel que humildemente viajaba con los mortales, siendo que podía volar inalcanzable por los cielos de la ciudad y del roce humano. Pero ¿quién pudo haber hecho semejante atrocidad? ¿Quién en su sano juicio y con su humanidad intacta se pudo atrever a dañar a un ser que seguro no tenía maldad alguna en su existencia y más aún, representaba el bien y esperanza en una ciudad donde no hay más que polvo, smog y violencia en el aire?

—Dicen las encuestas que el mexicano no lee ni un libro al año…lleve la enciclopedia obligada de los grandes escritores del mundo…Cervantes, Shakespeare, Dumas…mas de cuatrocientos libros en un CD, llévelo…

En ese momento odió al merolico, tuvo que aferrarse a un tubo pegado al asiento cuyo propósito es fungir como agarradera, para no levantarse y partirle su madre por haber violado el espacio, el aire y el silencio de su recién encontrada musa. Ella era tan sacra que nada la podía tocar, mucho menos el ruido estridente de un merolico del metro de la ciudad de México.

De nuevo no había notado en que momento habían avanzado hasta Xola y empezando el camino a Viaducto. El vagón se sumergió en la tierra, por un momento todo quedó en oscuridad y en silencio. Ella era lo único que resplandecía en el abismo. Ella era lo único que guiaba el camino a casa, ya no importaba que tuviera que ir al norte de la ciudad, ella era su norte y el hogar era donde ella se lo marcase.

Sin embargo, su princesa se encontraba triste. Como buen protector, tenía un nuevo propósito: terminar con el sufrimiento de su dama y castigar al responsable de su tristeza. No podía pensar en otra cosa, debía encontrar al hijo de puta que había logrado que su princesa derramara esa gota tan fina de lluvia proveniente del cristal de sus ojos. Posiblemente había sido un amor que le engaño, que le prometió el universo entero, ya que para semejante criatura el mundo no es suficiente; seguramente al final le vio la cara y se burlo de ella. También pensó en un padre tiránico y desalmado que no la comprendía obligándola a dejar sus sueños en pos de ayudar a una familia que le había escupido en la cara. O podría ser la muerte de algún ser querido, el único amigo que la protegió contra todas las adversidades y fatalidades de este mundo.

Cualquiera que fuera la circunstancia que aquejaba a su dama el debía hacerla desaparecer. Serafín la imaginó en sus brazos prometiéndole amor eterno y jurándole por las estrellas y por todas las cosas buenas que la cuidaría de todo. Serafín estaba dispuesto de dar la vida y hasta su brazo derecho, con el que escribía, por tenerla. Ya para ese momento había decidido que todo lo que escribiera sería consagrado a ella, su princesa sería de ahora en adelante toda la inspiración que necesitara vendría de ella, de sus ojos, de su olor y su aire triste.

—-Próxima estación Pino Suárez—

El anuncio que indicaba que pronto llegarían a Pino Suárez lo regresó a la realidad. Se concentró en idear un plan para acercarse y cruzar palabra con su hermosa musa. Su problema era, ¿Cómo su voz y el contacto con ella no fuera a romper todo lo sacro que la envolvía? Pensó en mil maneras de acercarse y sólo rozar su mano, con eso bastaría para llenar bibliotecas enteras de la suavidad de su piel y cómo el tacto de un ser divino puede regresar a la vida a muertos vivientes como él mismo. La ciudad estaba repleta de muertos vivos, seguramente la misión sagrada que le traía a nuestro mundo era volver a la vida a toda esta ciudad.

Pensó en mil líneas de poemas y novelas. Desde Shakespeare hasta Joyce, del Gabo hasta Xavier Velasco. Los grandes amores del mundo y la literatura envidiarían el resplandor del cariño del uno por el otro. Aunque no sería un amor tierno como el de Julieta por su Romeo, sino algo más caótico y violento cómo el de Violeta Schmitt y Pig o el amor de Lulú por Pablo narrado por Almudena Grandes. No podía ser de otra forma, seguramente ella era como él, intenso hasta el final, con un alma atormentada; para ese tipo de amor sólo hay resultados posibles: el amor eterno o el dolor del amor. Serafín estaba seguro de que el amor entre los dos duraría toda la vida, por lo que su final sería feliz.

En ese momento fue cuando hizo un juramento para si mismo, en el que prometía por el amor hacia ella, que le sería fiel y su cariño sería abnegado siempre; no sería cómo con las otras. Este sentimiento podía rivalizar con aquel que tenía con Regina. Aunque no se adelantó y pensó que son personas diferentes, con cariños distintos. Serafín se dirigió a Regina, le dijo que gracias por haberle enseñado tanto, por haber sido la creadora del hombre el cual era ahora, le pidió perdón y fue cuando la dejo ir. En su mente veía el rostro de Regina en lagrimas pero sonriendo; había sido su primer amor, ese amor joven e inocente pero ya era hora de dejarlo morir.

—Próxima estación Bellas Artes—

Su vista volvió a su musa del futuro, a quien le había encomendado su destino y le tocaba crear al Serafín del porvenir. Pero se dio cuenta de que ya no tenía mucho tiempo, ya habían pasado la mitad de la línea azul y quedaba poco tiempo para abrazar para siempre a su musa. El sudor se volvió frío. Los nervios lo azotaban. No podía pensar claramente y el horror de perderla era insoportable. Casi estaba a punto de estar en gritos y lágrimas. Pensó en oprimir el botón de emergencia con el propósito de quedarse encerrado con ella en medio túnel; el la tranquilizaría y la tomaría por fin en sus brazos. Pero posiblemente ella lo vería como una amenaza, aunque después de todo lo pasado entre ellos dos, seguramente ella tendría la confianza de seguirlo a donde fuera. Parecía buena opción, pero no lo hizo. Todo se oscureció

Cuando todo se iluminó de nuevo y el metro se detuvo en la estación Bellas Artes sintió un terror inconmensurable. Ella ya se había ido. La buscó en todas las partes del vagón. Al fin la encontró en el otro vagón esperando a que la puerta se abriera. De un salto se incorporó y se abrió paso entre el tumulto de gente que para esa hora y esa estación ya eran demasiadas personas. Corrió y corrió. Llegó justo en el momento antes de abrir la puerta. Cuando iba a tomar su mano se abrió la puerta y ella salió a toda prisa. La siguió hasta que por fin ya no hubo gente entre los dos. Ella le daba la espalda, estaba caminando hacia la salida de la Alameda.

Serafín estaba nervioso como hacía tanto no se encontraba, de hecho a su parecer desde hace años los nervios no lo habían traicionado de esta forma. Estaba a punto de realizar su sueño Lo único que se le ocurrió hacer fue pasar rápido a su lado y con un leve toque de hombro y mano pretender un tropiezo producto de un descuido. El momento en que hombro y mano tocaron a sus pares en el cuerpo de ella fue eterno para Serafín. Como lo había previsto, la piel de la mano era suave, era hermosa, era lo más bello que había tocado en su vida. Jamás olvidaría ese instante. Después del choque, Serafín la volteo a ver hacia abajo, por primera vez notó que era más alto que ella. El contacto con sus pupilas fue como sumergirse en el mar y el horizonte, verdes e intoxicantes como el Caribe. ¡Sus ojos! ¡Su boca! ¡Toda ella! En efecto, era un ser divino con la sola misión de salvarle el alma. Ella inspiraría libros enteros y con las historias narradas por Serafín, él salvaría a millones. Al fin había encontrado su propósito en el mundo y el objetivo de su vida. Todo gracias a ella. Se re-encontró con él mismo gracias a ella. Serafin le debía todo a su musa.

—Gracias, mil veces gracias. Pensó

Serafín vio algo que le conmovió todas las fibras de su ser. Ella separaba poco a poco los labios para hablar. El silencio precediendo su habla fue eterno. Su voz seguramente era más melodiosa y dulce que todos los cantos y poemas escritos por el hombre.

Frunció el ceño. Lo vio de arriba hacia abajo. Hizo un gesto de repugnancia y le dijo:

-Fíjate pendejo

Se quedó frío. El insulto no le importó tanto. Al fin había escuchado hablar a su musa y ella se había fijado en la existencia de él. Una lágrima recorrió su mejilla hasta su boca, sabía salada. La tristeza ahora era suya, rompió su mundo de fantasía por aquel de realidad. Su musa no era más que una chica común y corriente. Pero él lo había escogido así, no podía haberse quedado con su fantasía, por mas hermosa y perfecta que fuera. Se dio cuenta que su musa no era divina, era un ser de piel y huesos.

Al final sonrió, si ella no podía ser ni suya ni perfecta ni divina en el mundo real, él la amaba tanto que construiría un mundo fantástico sólo para los dos, donde ella fuera su musa intachable y nada los tocaría ahí. Siempre estarían seguros en ese mundo. Perpetuaría su amor mediante las novelas y cuentos que él escribiría. Ella sería perfecta, divina y suya en su imaginación. Al fin y al cabo, la diferencia entre el sueño la vigilia es la duración, así que si soñaba mucho tiempo, podría lograr que ese sueño fuera su mundo real.

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