Allá a donde queremos ir

Emergencia o ¿Cuánto vale una vida?

Los balazos digitalizados no dejaron escuchar los verdaderos. Tal vez no los quiso escuchar. Una vez que le dijeron: “Están asaltando a tu madre”, no pudo sentir otra cosa que no fuera miedo. Bajó corriendo a trompicones. La impresión de ver a tu madre tirada en el suelo, en medio de un enorme charco de sangre, es algo que nunca se olvida; aún hoy, cada que lo recuerda, un sudor frío le baña el cuerpo.
Cerró los ojos y cuando los abrió, había regresado a la calle en el corazón de uno de los tantos barrios bravos de la Ciudad de México. Acababa de estacionar el coche. Algo similar a una Caribe o a una Brasilia, se encontraba a un lado de su auto; el coche había sido modificado: faros de xenón, sonido que volvía polución a la música, rin ancho y el rugir de un auto deportivo que le quedaba grande al zapatito que se hacía pasar por coche. Los tres pasajeros del coche surrealista se habían bajado.

Se había ido por unos minutos, aunque le parecieron eternos. Regresó a ese jueves negro, en plenas vacaciones de verano, en las que habiendo acabado la preparatoria, estaba a la espera de iniciar la universidad. Recordó cuando subió a la ambulancia, él fue el escogido para acompañar a su madre, le tomaba la mano mientras escuchaba catatónico a su madre decir “Hijo, me voy a morir”. Todavía escucha la sirena a lo lejos con un eco funesto como si alguien le dijera: “No te olvides que aquí estoy, todavía no te has salvado”

Sus ojos reflejaban la luz roja de la sirena de la ambulancia, cuando se dio cuenta que tenía de nuevo el cañón de la pistola a la altura de la frente. Le quedaba un poco alto, él se encontraba en el asiento del conductor, mientras que el cabrón le apuntaba desde afuera. Se encontraba en una calle desconocida, siendo amenazada por un güey que nunca había visto en su vida.

-Órale no seas puto, bájate, te voy a dar en la madre.

-¿Qué me ves puto? Pinche fresita culero, aquí quedas.

-No te estoy viendo, no traigo pedo de nada…

Finalmente pasó, el sonido sordo, no hizo eco. Sintió tres punzadas casi insoportables en el cuerpo, como si algún animal venenoso lo hubiera mordido y no lo quisiera soltar. El olor a carne quemada le subía hasta las narices. Acostado entre los dos asientos delanteros del coche se dio cuenta que tenía muchos cortes en la cara: al explotar el cristal de la ventana, miles de pedazos de vidrio lo cortaron. La sangre era tibia.

Tan bien que había empezado el fin de semana. Sólo quería seguir la fiesta. Cerró los ojos y de nuevo escuchaba la sirena. Estaba llegando a Urgencias de Lomas Verdes y la señorita detrás del mostrador le decía que llenara la forma y esperara. Se llenó de ira y le mentó la madre a todos alrededor. -¿Qué no ven que a mi mamá le acaban de disparar?- Después lo entendió, sí, le acababan de disparar pero no peligraba su vida, a lo más perdería el brazo, pero no la vida; había gente adelante en la fila que posiblemente si la perdería, eso sí es una emergencia.

¿Cómo algo tan pequeño podía arrancar vidas enteras? ¿Cómo era posible que el metal frío e inerte, pudiera llevarse vidas? Le pareció un tanto poético. Lamentó no tener algo con que escribir. Pensó en escribir con su sangre, al fin y al cabo, lo que se escribe con sangre jamás se puede borrar. La sangre da vida y termina por llamar. Y su sangre salía del coche y se iba por la coladera, para unirse con la suciedad de esta ciudad, tal vez con la podredumbre ahí serían lavados todos sus errores. Sangre, lodo, agua, podredumbre, sudor, lágrimas, alcohol: eso era la ciudad y en eso se había convertido él. Justo como lo que le sucedía ahora, esperaba que eso si fuera una emergencia.

Los tres balazos que había recibido contaban como emergencia. Tal vez a él si lo habrían entendido de inmediato. Al menos eso esperaba. Aunque no lo entendía, ¿Por qué dispararle a alguien por el gusto? Lo único que había hecho mal era haber estado en el lugar y momento equivocados. Con su madre si lo podía entender más, era por dinero; la vida de una persona vale 40 mil pesos, ¿sube el valor si es madre? ¿La vida de un abuelo es más cara? ¿Cuánto vale la de un niño? ¿Va subiendo dependiendo cuanto amor recibas? ¿Cuánto valía su vida? Al parecer su vida solo valía algunas risas y diversión para algunas lacras.

Se cansó. Pensó que ya todo esto salía sobrando. No había razón de pensar en todo esto. Poco a poco fue liberando sus pensamientos al vacío. Poco a poco dejo caer cada una de sus lágrimas restantes. El aliento de vida se fue de su cuerpo. Todo se juntó en una nube, todo a lo que alguien, alguna vez pudo llamarle Juan, había desaparecido; ahora se evaporaba y subía hasta la oscuridad del universo para juntarse con el todo.

“Al menos no vi morir a mi madre” Pensó, mientras subía e iba dejando abajo su cuerpo, la pistola, la calle y al mundo.

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2 comentarios

  1. ¿Imaginas el día madito de cada hospital? ¿Cada jodido segundo que pasan madres, hijos, hermanos, amantes, muriendo en los fíos salones? Vidas arrancadas.

    abril 2, 2010 en 3:46 am

  2. Ay, qué fuerte!

    abril 3, 2010 en 4:32 pm

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