Allá a donde queremos ir

En busca de días mejores.

Hace unos días, como todos en el país, me enteré de los grupos de sicarios que salín de la cárcel 2 en Gómez Palacios, Durango. Los sicarios partían en dirección a Torreón Coahuila, cuidad vecina en la que cometían asesinatos prácticamente de manera aleatoria. Los criminales, como todos sabrán, contaban con el apoyo de los elementos de seguridad de la prisión; no solamente proporcionaban armas, sino que también brindaban protección, dentro y fuera de la cárcel.

Lo más grave de este suceso que ha escandalizado al país, no es el hecho como tal, sino lo que subyace. Recordemos cómo se dieron a conocer estos hechos. Alarmantemente, no fueron las fuerzas de la autoridad pública quienes denunciaron estos hechos, fueron el cartel de Los Zetas, otra organización criminal que no buscaba un bien común, sino pretende únicamente desbancar a la competencia. Por el contrario, la autoridad se vio inmiscuida en estos penosos actos.

El narco llegó a atrapar al mismo narco. Esto me lleva a una idea que no es nada novedosa pero sí trágica: el Estado ha sido superado en cada aspecto. Ni si quiera puede lograr ejecutar sus más básica prerrogativa: monopolizar el uso de la fuerza legítima para garantizar la seguridad de sus habitantes y ser garante efectivo de un marco legal. Ante la incapacidad del Estado de ejecutar las más básicas de sus tareas, ha provocado que otras entidades tomen el vacío que ha dejado. Este fenómeno no es nuevo, se ha visto en otras ocasiones que el narco ha construido hospitales o escuelas, pero nada al grado que en esta ocasión hemos visto.

Para mal de nuestro país, el único ente con la suficiente infraestructura y capacidad de gobernar, es el narcotráfico; y es que el narco no pretende gobernar, pero aprovecha la incapacidad estatal de abarcar otras esferas en las cuales jamás pensó desenvolverse. El Estado ya no gobierna, ahora es el narco; el gobierno funge ahora como cara frontal operante de los intereses del narcotráfico. Todas las demás esferas de poder se aglomeran en torno al narcotráfico ayudándolo a afianzarse.

Lo anterior nos lleva a la segunda idea en la que hay que reflexionar y es en la condición de agente socializador de la violencia y el crimen. Básicamente, sí se pretende crecer en este ambiente se tiene que desarrollar bajo la estructura del narcotráfico, volviendo al narcotráfico un aglutinante de la vida social en el norte del país. Esto no es más que la exacerbación de la corrupción y de la violencia; la violencia se ha conformado como elemento social de la vida cotidiana. Es decir, somos testigos de la normalización del crimen; este último ya dejó de ser de una anomalía a una característica imperante de la vida social en nuestro país.

Debemos considerar que una generación completa ha vivido siempre bajo la sombra de la violencia, no se concibe otro ambiente bajo el cual se pueda vivir. A tal grado llega la normalización de este terrible fenómeno, que la generación mencionada, han constituido al crimen y a la violencia, como elementos conformadores de su identidad. Ahora, los niños sueñan con ser narcos y no policías.

La función que otros agentes socializadores como la afiliación política, la religión o inclusive el arraigo a lugar de nacimiento; ha sido tomada por el crimen organizado.

La estructura del narco tráfico cumple con todos los requisitos de un agente socializador: reproduce una ideología, cuenta con valores específicos, existen mitos, códigos para la comunicación y brinda un sentimiento de pertenencia en lugares desolados donde la única alternativa que tienen los individuo es ser víctimas o victimarios.

Los mayores son quienes recuerdan con añoranza mejores días, en los cuales se podía vivir tranquilamente sin tener miedo a balas perdidas o sonidos de guerra en su vecindario. Y es que los más grandes son quienes deciden aguantar la guerra fallida nacional. Han pasado todas sus vidas en Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua y otros estados norteños. El paisaje del norte del país ha sido testigo de todas sus lágrimas y risas; y es que después de tantos años, no tiene caso alguno abandonar su tierra querida y escapar a lugares ajenos.

Y es que el éxodo desesperado que se ha dado en los últimos meses, en los que mexicanos abandonan sus vidas enteras por tierras prometidas al norte de la frontera; tiene sentido si se tiene algo porque luchar, algo vivo que mantener. Son las familias quienes pretenden proteger a sus miembros los que abandonan sus lugares de origen; mismos que se vuelven pueblos fantasmas que lo único que albergan son los ecos de las de las balas y el llanto de las madres.

Los mayores no tratan de huir, ya que alguien escapa porque tiene la esperanza en días mejores; los mayores ya la han perdido, saben que sus días mejores ya han pasado y con la nostalgia de algún lejano recuerdo enclavado en lo que son ahora pueblos fantasmas; con esa misma nostalgia, deciden aferrarse a los lugares que conocen. Donde pueden regresar a esos días mejores que tanto nos hacen falta.

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