Allá a donde queremos ir

Lo que nunca fue

Se escuchaba un zumbido. El sonido sordo provenía de la lámpara que se encontraba suspendida justo sobre su mesa. La luz fría que tintineaba, acentuaba la atmosfera olvidada de lo que horas antes había sido un punto neurálgico de la vida universitaria. La cafetería estaba vacía, sólo él estaba ahí y ocasionalmente algún miembro del staff de la cafetería pasaba cerca de él.

Era de noche y el viento entraba por las ventanas. Cada vez hacía más frío. El humo del cigarro se elevaba hacia la obscuridad de los rincones que no eran tocados por la luz muerta. Los tonos blancos y grises inundaban la estancia. La enorme cafetería vacía apestaba a olvido.

En su pequeño rincón le hacía compañía su café americano, el humo del cigarro y el Tokio Blues de Murakami. En sus oídos sonaba Death in Vegas….Dirge, para ser exactos. Su pequeño rincón era su mundo. Se encontraba solo, pero protegido de los miedos de afuera. Así le gustaba, de noche y sin nadie alrededor…..al parecer.

La lectura lo llevaba a mundos insospechados, únicamente imaginados por Murakami. Había algo en el autor japonés que le parecía irremediablemente  hermoso. Podía ser la melancolía y nostalgia que le provocaba; en realidad, todo lo que le recordaba tiempos más inocentes lo embelesaba. Él se veía a sí mismo como un ente melancólico, un ser que funcionaba en el mundo mediante la añoranza de lo que ya no era, siempre recordando tiempos más inocentes o al menos, donde él no se había percatado de la mierda que era el mundo. Cada uno de sus gustos en libros, música y películas, lo remitían a esta condición del mundo.

El mundo en el que vivía había perdido su brillo, de tener una nitidez embriagante; su realidad se volvía opaca y borrosa. Su capacidad de asombro por los pequeños detalles, en los cuales reside la verdadera magia del mundo; ya había desaparecido, dejando un hueco en su alma. Tal vez ese espacio vacío en su ser, le provocaba ese sentimiento de añoranza y recuerdos perdidos; tal vez, no quería regresar a esos momentos mágicos donde la luz era tan brillante que cegaba sus  ojos; tal vez,  lo que extrañaba era a su ser completo….volver a ser ese niño que en su inmadurez e ingenuidad comprendía  muchísimo mejor el mundo que todos los filósofos de la historia del hombre. Quería volver a ser ese niño que le daba magia a la realidad que tocaba y olvidarse del adulto que se hundía cada vez más a la sosa realidad humana, sin espíritus, sin magia, ni misterios que atrajeran la imaginación de los mortales.

Y era así como seguía su existencia desde que se consideraba como adulto. No sabía a dónde se dirigía, ni lo que hacía; únicamente tenía claro que debía seguir un gran plan: ya fuera el del bohemio hipster desadaptado crítico de la sociedad, o el de el joven ejecutivo completamente adaptada a la vida adulta.  No sabía cómo volverse hipster ni ejecutivo, sólo sabía que debía hacerlo. La magia y la imaginación lo habían abandonado; únicamente permanecía las dudas y bosquejos de planes a largo plazo. No se sentía lo suficiente maduro como para empezar una familia y sentar cabeza, ni lo suficiente irresponsable para hacer cualquier cosa que le diera para embriagarse y drogarse.  Mientras, seguía leyendo a Murakami.

Sin embargo, seguía estudiando. Su condición de estudiante le daba un boleto abierto para ser cuan irresponsable  quisiera y revolcarse en la decadencia, como lo hacían sus semejantes. Inclusive en ese momento, una peste a podrido le llenaba las fosas nasales y le llegaba al cerebro. Los odiaba…a todos los demás estudiantes sus desvaríos, sus estupideces, sus irreverencias y total falta de respeto por el conocimiento, le llenaban las entrañas de odio y coraje. Pero bien sabía que este odio era su forma de desmarcarse de su condición de estudiante, él mismo era participe de su propia destrucción. Él mismo se encontraba nadando en su propia mierda y vomito, tal y como sus compañeros lo hacían.

La podredumbre se hacía presente en forma de estudiantes que se revolcaban en la decadencia de ellos mismos, de la juventud, del dinero y, de las instituciones académicas y educativas; instituciones corruptas que han abandonado su labor emancipadora y han elegido la reproducción del dominio social, han traicionado a los jóvenes, dejando en la perdición a una generación entera. La muerte es lo único que les espera a estos jóvenes decadentes impulsados a la rebeldía por el mero acto de destrucción sin carácter creativo en ningún sentido. O peor aún, el conformismo radicaba en el corazón su sus compañeros y, optaban por la ciega obediencia a formas triviales sin sentido y a la locura de los buenos modales. Cualquier forma de perdición significaba acallar cualquier inquietud que tuvieran en su alma y corazón. Él ya sabía el veredicto final: no había salvación para esta generación que no detentaba nada y no luchaba por nada; eran la nulidad personificada y él mismo se hacía participe de esta existencia sin sentido.

Fue entonces cuando hubo esperanza para él, y es que una lagrima, tal vez la última que su alma pudo derramar; cayó sobre una hoja del Tokyio Blues. Fue el grito  de auxilio más ensordecedor que pudo soltar. Esa lágrima había sido su última esperanza. Esperaba que alguien, mortal o divino, escuchara su plegaría para volver a creer en este mundo y en quienes lo habitamos. Pero en este mundo cruel y olvidado no existen los milagros, no hubo luz divina o héroe mítico que viniera a salvarlo de su condición de muerto en vida o al menos que pusiera fin a su existencia……hasta que la vio…

La esperanza para él vino en forma de ángel en la tierra. Una pequeña luz a la lejanía, como sí alguien le dijera: “Resiste, no estás sólo”. Reconoció la figura de inmediato. El ángel terrenal era una compañera de clase que también se hacía participe de este mundo desangelado y de la decadencia de su generación. Pero no importaba, tal vez con ella pudiera encontrar un mejor lugar o una mejor forma de hacer las cosas en esta piedra inerte que le llamamos hogar; pensó que no era la persona la que  le daba nueva gracia al mundo, sino la suma  de dos individuos en particular creaba una nueva visión de las cosas y  por medio de ésta, recuperaban el asombro por los detalles ínfimos que hacen esta vida más llevadera.

La luz que acompañaba a la chica se hacía cada vez más fuerte, llegándolo a cegar y a reconsiderar la inexistencia de los milagros; hasta que, teniéndola enfrente vio por arriba del hombro de la chica y se dio cuenta que la luz no era ningún espectro divino guiando el camino de los dos, sino que era la lámpara más grande en el techo de la cafetería. No importaba, los milagros volvían existir en su mundo.

No pudo decir nada, el silencio se adueño de su boca. Únicamente sonrió, ella le sonrió también. Ella sentó con naturalidad, puso su termo sobre la mesa, saco La Ética Protestante de Weber y tomó uno de los Marlboro rojos de él.  A la luz de la cafetería el apreció cada uno de los detalles de su rostro, mientras ella leía. La tranquilidad era total. Los cigarros se consumían en el cenicero y los minutos del reloj de la cafetería se adentraban en la noche. Estaba asombrado. Siempre le había parecido demasiado atractiva pero nunca habían cruzado palabra alguna, inclusive ahora, no se habían hablado. Ella era guapa e incisiva en sus comentarios en clase, fresca y con presencia renovadora.  Su sola presencia hizo que él se tranquilizara mucho y apartó su mente de aquellos pensamientos lúgubres y desesperanzadores. El mundo no parecía un lugar tan decadente con la luz de ella y con los milagros reinstaurados en su mundo, todo parecía posible; inclusive un amor esperanzador y banal.

Sintió que si hablaba algo sagrado se rompería. No podía dejar de verla. Pasados algunos minutos y habiéndose consumido un cigarro en el cenicero, los ojos de ella  penetraron en su mirada. Esa mirada olivo, profunda como el mar y eterna como la oscuridad de la noche, donde cielo y tierra se confunde; logró que ella conociera su ser. Nunca antes se había sentido tan vulnerable y desprotegido; pero no le importó, hasta se sintió aliviado. Si alguien debía desnudarlo y despojarlo de todos sus apegos, estaba contento que fuera ella. Sintió que el fin alguien lo conocía, que por fin alguien sabía lo que era ser él. Sentía una gran confianza con ella, ella jamás lo juzgaría, siempre lo entendería y sabía exactamente lo que le pasaba por la cabeza y el corazón.

Esos segundo, donde ella conoció su alma y los más recónditos recovecos de su ser, parecieron eternos. Habían sido los momentos más felices de su vida. No quería que se acabaran. Pero ella bajo la vista. No le quedaba otra cosa que hacer lo mismo. Pero al fin se sentía pleno, por fin se permitía a sí  mismo dejarse ir y fundirse con la otra persona. No importa si no pudiera regresar. Únicamente importaba el momento y el tiempo que coincidieran ellos dos. No importaba si fueran días, horas o años; siempre serían eternos para los dos.

Con la mirada clavada en los libros, cada uno siguió con sus lecturas. La única interrupción era el toque de las manos y la eventual separación que precedía tomar el café o darle una bocanada al cigarro. Las  hojas seguían  pasando, los minutos avanzaban y su mundo seguía detenido. Lo único que marcaba el tiempo en su mundo era el pasar de las hojas y que los cigarros se consumían. Siempre sin decir nada y tomados de la mano.

Quien sabe cuánto tiempo pasó desde que ella se sentó en su mesa. No importaba. Sólo que estaban juntos. Al fin, un hereje rompió el momento sagrado. Un ayudante de la cafetería les dijo que debían marcharse. La cafetería estaba cerrada. Al levantar la cabeza ambos se dieron cuenta que su rincón era la única parte iluminada. Lo demás permanecía en tinieblas, como si hubiera dejado de existir. El ayudante mismo había desaparecido al mundo muerto de donde había salido. Cerraron sus libros, apagaron los cigarros y sin decir nada se levantaron. La puerta  principal sólo se permanecía abierta para que ellos dos salieran, tal y como si fueran los monarcas de ese pequeño mundo alejado de toda la existencia mortal.

Siguieron caminando por los pasillos fríos, obscuros y desolados de la universidad. Siempre abrazados. Cada paso que daban provocaba un eco que los acompañaba y guardaba su recuerdo entre las paredes de aquella institución que en algún momento fue creadora del saber. Nadie les reprochaba, nadie los miraba y así eran felices. Se amaban mutuamente,  los únicos  testigos de su unión eran la universidad y las estrellas; nada existe sin testigos. Caminaban como si el recorrido por la universidad y sus jardines sellaran su amor con votos silentes. El silencio es sagrado. Además, como bien dice Platón, ya la palabra sobra cuando se encuentra a la mitad perdida. La mirada lo dice todo. En la mirada del otro, se encuentra el reflejo de sí miso y el universo, al fin definido. No hay duda sólo certezas.

Llegaron a la explanada de la universidad la cual palpitaba como sus corazones. En ese abrazo, les pareció que a través de su amor, la universidad había cobrado vida. Decidieron consumar su amor con la expresión de un beso eterno. El beso los acercó a lo divino, se alejaron de este mundo y se elevaron con las estrellas; su cariño, devolvió la magia a esta realidad gris y decadente. De nuevo hay esperanza para toda la existencia. Él pudo volver a creer en todo, ahora el mundo brilla. Ella comprendió el entramado del universo y por primera vez, todo tuvo sentido. Se fundieron con el todo. Se penetraron. Se volvieron el cosmos y el caos. Fueron el centro del mundo y la naturaleza se rindió ante el nuevo orden encontrado. Dieron gracias por coincidir y re-incendiar el mundo. No había otra explicación: nacieron para encontrarse. Se amaban y su amor le dio sentido a todo lo que existe. Su amor dio esperanza al mundo y todos se lo agradecerían. Eran nuevos Adán y Eva. Eran el nuevo inició de una creación más humana y por eso más divina. Nacieron para estar juntos y sus almas se extinguirían juntas; y aun fuera de este plano sus esencias seguirían viajando por otros planos juntos. Siempre juntos, no puede ser de otra manera.

Al fin sus labios se separaron. Sus pensamientos y sentimientos se entrecruzaron. Vieron el todo en sus pupilas. Sus corazones fueron uno. Pero por más glorioso que fuera el momento de claridad más hermoso que los dos habrán de tener, tuvo que acabar. Se separaron dolorosamente y es que, por más que quisieron  fundirse en un solo ser, ya jamás lo lograrían. De verdad era agonizante cada momento en el que se separaba sus manos y sus labios. Él quería decirle cuanto le amaba y agradecerle por devolverle la esperanza a su mundo, ella lo evitó poniendo sus dedos sobre sus labios; ella sabía perfectamente lo que él sentía, porque también se encontraba en su corazón

Al fin se separaron. Él no tuvo el coraje de caminar en dirección opuesta al camino que ella seguiría, por lo que ella, quien era la valiente de los dos, por lo que tuvo que echar a correr y sin voltear atrás, si lo hacía seguro jamás lo dejaría ir  y nunca se separarían. Pero ambos estaban convencidos que esta sería su primer prueba. Si ambos lograban mantenerse separados y enfrentar la obscuridad e incertidumbre de la noche fría, su amor aguantaría todo. No era mucho tiempo, se verían al día siguiente y compensarían todo los momentos separados: pero el tiempo a partir de su encuentro, se había vuelto eterno. Él tuvo el impulso de echarse a correr para alcanzarla, pero no. Le había hecho una promesa silente a ella y a él mismo, que podría aguantar unas horas separados.

Prendió su último cigarro y se quedó contemplando el pasillo obscuro por donde su amante había desaparecido. La universidad había regresado a su quietud; había perdido la vida obtenida por medio de la consumación del amor de los dos amantes. El mundo, de nuevo en silencio había perdido su moción, pero ahora le arecía un poco más mágico y benevolente.  Cada vez hacía más frio. Dio media vuelta y tomo el pasillo obscuro que siempre caminaba. Él también se perdía en la obscuridad.

Atravesando el corazón de la obscuridad, el cigarro era la única fuente de luz que alumbraba su camino. Cada vez que aspiraba su rostro se iluminaba un poco más. No podía dejar de pensar en su encuentro fortuito con su tan anhelado amor.  Se acabó el pasillo donde terminaba el edificio, el cigarro se había acabado por completo y la luz plateada de la luna resplandecía tenuemente sobre el estacionamiento sin techo. Daba gracias a cualquier poder humano o divino, terrenal o celestial, que le hubiera permitido conocer tan plena existencia, al menos esa noche; y es que por gracia de alguien o de algo, se le permitió tocar la perfección con sus labios.

Su mirada se posó hacia adelante, únicamente quedaba su Jetta color negro. El viento soplaba recordándole sus largas horas de separación con su recién encontrado amor. No importaba, el re-encuentro lo animaba a seguir. A travesó el estacionamiento y al llegar tiró al suelo la colilla del cigarro, apagándola con un pisotón. Una vez en el coche hizo todo el ritual para comenzar el camino a casa: prendió el auto, lo calentó unos momentos, cerró los seguros de las puertas, prendió las luces y puso un disco quemado con diversas canciones de My Morning Jacket. Puso el coche en primera y avanzo tranquilamente el estacionamiento y se incorporó a las avenidas también solitarias; de hecho eran algo lúgubres y tétricas. Le dio poca importancia  a los pensamientos de muerte y terror que pasaron por su mente acerca de las avenidas que atravesaban Santa Fe.

De la avenida Vasco de Quiroga continuó a la prolongación de la Autopista México-Toluca. No había tráfico, únicamente algún coche perdido viniendo de Toluca o el auto lujoso de algún  ejecutivo importante saliendo de no de los tantos corporativos que se domiciliaban  en Santa Fe. Sólo la música de My Morning Jacket y el recuerdo de los labios de ella lo  acompañaban y así era mejor. Disfrutaba manejar a estas horas de la noche, ningún coche circulaba cerca de él; tenía la avenida para él sólo y es que odiaba bajar por Prolongación Reforma y después por Palmas tratando de esquivar otros autos o camiones. La avenida de Palmas estaba sola, lo cual lo vio como alegoría de su propia vida: en un inició estaban solas, sin nadie para compartir el camino, pero eventualmente se llenarían de vida y música, tal y como ocurría con Palmas llegando a Periférico.

La claridad que proyectaba la luz de los faroles sobre Palmas, eran seguidos por espacios de obscuridad, propiciada por los árboles imponentes del camellón de la avenida. Siempre había tenido sentimientos encontrados respecto a la avenida; por una parte le parecía tan arrogante y la expresión manifiesta de una urbanización egoísta e hipócrita, le enfurecía las mansiones de la zona de Lomas de Chapultepec; mientras que no muy lejos de ahí, cerca de Observatorio se observaba el coste de la modernidad, las mansiones y edificios habían sido apuntalados por los cadáveres de los olvidados. Desde Santa Fe a hasta Palmas, todo le parecía artificial,  como si no hubiera sido edificado para humanos; más bien le parecía que la materia prima fuera  los huesos, piel y sangre de hombres. Las mansiones y mismo Santa Fe, eran monumentos  a la condición de la irremediable esclavitud del hombre a sí mismo y al capital. Por eso la amaba tanto, ella le hizo comprender que podía romper sus cadenas  crear un nuevo mundo para los dos.

No iba prestando mucha atención al camino, de cualquier forma  no había ningún otro auto. Bajaba por el carril central. Iba algo rápido, unos cien kilómetros por hora. No manejaba muy rápido, le daba miedo no lograr controlar el auto en caso de un percance, pero se encontraba sólo y se dio el lujo de acelerar, inclusive en algunas curvas pronunciadas. Absorto en sus pensamientos y en el paraíso que había construido para amos, nunca lo vio venir.

Un BMW ignoró la luz roja de un alto en un crucero y a duras penas pudo frenar; él movió rápidamente el volante  del Jetta hacia la derecha para esquivar el auto y lo logró. Sin embargo, nunca vio al camión de pasajeros que circulaba rápido, a unos cien kilómetros por hora, por el carril de la derecha. El camión  trató de reducir la velocidad pero no lo logró a tiempo; golpeó de lleno la parte derecha del auto negro empujando al Jetta hacia un poste en una curva.

El estudiante recibió por ambos lados el impacto. El primer golpe en su costado derecho le destrozó el brazo y varias costillas, lo supo al escuchar varios huesos romperse, el crack que hicieron al quebrarse fue inconfundible. Cuando apenas se estaba acostumbrando al dolor y había aceptado el hecho que su costado derecho estaba destrozado, una fuerza incontrolable le devastó la parte izquierda de su cuerpo. Nuevo sintió cada hueso romperse a tal velocidad que juró que varió órganos se habían licuado. Se sintió como si fuera de goma. Se encontraba a merced de las fuerzas físicas que lo arrastraban de un lado hacia el otro. Pedazo de la puerta de metal se clavaron en su pierna izquierda, como si fueran una garra enorme de varios dedos sujetando desde el interior de su muslo, únicamente la punta de las garras de la mano salían de su piel. El motor fue empujado hacia atrás quebrándole ambas piernas de inmediato y aprisionándolo en el asiento del conductor. Su cara y pecho fue estrellado violentamente contra el volante y el tablero, el cinturón de seguridad no pudo hacer nada para salvarlo; claro, no salió disparado por el parabrisas pero el cinturón no logró evitar los golpes.  El volante se impacto a un poco más de cien kilómetros por hora contra su pecho; rompió costillas que de inmediato perforó un pulmón. El tablero hizo lo propio con la cara, frente y cabeza; de inmediato el golpe fracturo el cráneo, aplastó la nariz, voló muchos dientes, rompió los pómulos y quijada. El cinturón de seguridad lo sujetó al asiento, provocando un latigazo en el cuello, lastimando varias vertebras, incluyendo el atlas y el axis. Las manos que todavía sujetaban el volante fueron aplastadas por el volante y el tablero, convirtiéndolas en una suerte de macilla sin capacidad de moverse, pero aún así, se mantuvieron aferradas al volante; tal y como él se mantenía aferrado a la vida.

Tristemente no murió al instante, el sonido de sus órganos estallar y la cálida sensación del a sangre salir por cada poro de su cuerpo, era lo que le llenaba la cabeza. Sintió cada golpe en su cuerpo, cada hueso romperse y como cada pedazo de metal se introducía en su interior, desgarrando, rompiendo y cortando cada centímetro de su cuerpo; el frío metal  le recordaba que estaba vivo. Aunque el ya no quisiera estarlo. El dolor era demasiado. La sangre le llenaba la garganta y los pulmones. No podía respirar y cada vez que intentaba liberarse  comprobaba la falta de sensación en sus piernas y brazos. El acero seguía sujetándolo y cortándolo; escuchaba claramente cada ligamento y fibra romperse. No escuchaba nada, de pronto había muchas luces. No sabía cuánto tiempo había pasado y los momentos hermosos que había pasado con su amada parecían que eran recuerdos de otra vida.

La boca y la vista se le llenaban de tibia sangre. Quería concentrarse en ella, quería olvidarse del dolor y vivir siempre en sus recuerdos con ella. No sabía cómo, el dolor era insoportable.  Lloraba, no quería perderla. La llamaba pero la sangre le inundaba la garganta y sólo lograba ahogarse más rápido. El frío aumentaba, no sabía si era debido al clima o al acero que le tenía clavado en su interior. El cansancio ganaba. No quería, pero el dolor era demasiado. Nunca había conocido un dolor así, únicamente equiparable al momento en que la tuvo que dejar ir. Quería gritar su nombre pero  no lo lograba. Sólo escupía sangre de su boca. La vista también la había perdido, no veía absolutamente nada. Escuchó una sirena, pasos, voces. No distinguió de donde venía, sólo escuchaba un cúmulo de sonidos difusos a su alrededor. -¿Está usted bien?-el paramédico le preguntó pero él no podía responder, sólo emitía gemidos de dolor y el sonido que producía la sangre en su garganta al momento de ahogarse con el líquido vital. Le intentaron limpiar la sangre pero era imposible, al cabo de unos segundos se estaba ahogando de nuevo. Empezó a llorar, de sus ojos salía una mezcla de lágrimas y sangre.

Sabía que ya todo estaba perdido, era cuestión de momentos que, de nuevo, parecían eternos. Comenzó a sentir manos ajenas lo manipulaban. Ya no sentía nada. Sólo el recuerdo y el agradecimiento por su amor inmortal.  Daba gracias  al destino por haberle  permitido compartirle esas  horas con su amor silente. Le agradecía a las estrellas  por haber sido testigos de su amor y guardar el secreto para siempre. Agradeció a las paredes de la academia por guardar el recuerdo de esa noche perfecta, donde el amor y la esperanza parecían posibles.

Y es que un amor perfecto no es para siempre, los hombres, siendo mortales, no estamos destinados a disfrutar de la perfección; no podemos crear nada ni que sea perfecto ni eterno, incluyendo el amor. Somos perfectibles y lo más cercano a la perfección es el amor y, si por azares de la fortuna y gracia de algo superior, llegásemos a alcanzar un grado tal de amor, que pudiésemos considerar como perfecto;  este amor de ningún modo deberá ser eterno y por naturaleza propia acabará  intempestivamente. Pues los hombres sólo debemos contemplar  a lo lejos la  perfección, no está en nuestro destino tocar la perfección, este es nuestro castigo por arrogancia. El amor es castigo y absolución. Si llegamos a rozar la perfección hemos de morir, no hay otra salida. Tal y  como le sucedió al joven estudiante; quien pudo vislumbrar la perfección del universo a través del amor  que le tenía a su amada, aunque haya sido un segundo. Debemos agradecerle a este estudiante, que se atrevió a tocar lo perfecto, que se atrevió a tocar el cielo, gritarle a los dioses a su cara,  robarles un pedazo de divinidad y regresarle la esperanza al mundo. Gracias posmoderno Prometeo, por iluminar con tu amor nuestro mundo y hacernos saber que todo es posible, aunque tu amor nunca logró ser.

 

 

 

 

 

 

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