Allá a donde queremos ir

Despedida

Trajeron el cuerpo desde Pamplona,  todos creímos que había tenido un viaje tranquilo desde el viejo continente hasta nuestro nuevo mundo. ¡Cuántos kilómetros había recorrido para estar con nosotros! Ahora, nos encontrábamos todos ahí, observando cómo bajaban el ataúd. El rechinido de las poleas fue  la música que acompaño la despedida. Las lágrimas eran las percusiones de quienes la extrañaban. Era el último tributo que cualquier persona amada  puede esperar en esos eternos momentos en los cuales sería vista por última vez, siempre acompañado por música de insectos y pájaros irreconocibles. El sol nos martirizaba con su flagelo en forma de luz, pareciera que nos castigaba por haberla abandonado. No existía refugio alguno para el monarca que nos torturaba, ninguna sombra se encontraba cercana a nosotros, por lo que levantaron una lona para crear un refugio de nuestro bien merecido castigo. El ataúd entraba poco a poco a la tierra  y ésta, la recibía como una madre que ha extrañado a su hijo. La tumba parecía un túnel que la llevaría a otro lugar…a otra  vida donde ella seguiría viva y  yo pudiera estar con ella.

Era un día caliente de primavera. Todo estaba verde y  un contraste tragicómico ofrecía el paisaje del cementerio; había algo lúgubre en la escena hermosa que presenciábamos, el color gris de las tumbas desgastadas, sobresalían  de un océano verde que abrazaban a los cadáveres. Muy pronto la muerte desaparecería y todo sería cubierto por una sábana verde de vida. La humedad llenaba nuestras narices, el ambiente vaporoso y el roció del aire descansaba en nuestra piel. Me imaginé que así debería ser el infierno, un inframundo caluroso y lleno de vegetación maldita que nos robaría la vida; el infierno no eran cavernas alumbradas por fuego  en lo más profundo de la tierra, era un cementerio olvidado en las afueras de la Ciudad de México, donde el recuerdo de lo que fuimos duraría menos que una lápida desgastada.

Claro, ella nunca conocería este infierno vaporoso. Ella es un ángel que irá a lugares mejores, a costas blancas o a bosques de ocre, lugares donde el calor no era un tormento y lo único que exudaría la piel y el alma sería paz.

La corbata me estaba asfixiando y el color negro  hacía imposible sobrellevar el calor inmundo. El sudor recorría todo mi cuerpo. Las palabras del sacerdote se desfiguraban en el aire caliente y llegaban como balbuceos sin sentido a mis oídos. No alcanzaba a comprender lo que decía el sacerdote…mucho menos comprendía que sucedía. Me encontraba en un estado de somnolencia y aletargado, cada movimiento que hacía no parecía que fuera yo, mi cuerpo se movía sólo o sujeto a una voluntad oscura que había impuestos sus deseos a los míos. De cualquier forma, no me sentía como dueño de mí o tal vez, no quería sentirme dueño de mis acciones, no quería ser responsable de mis actos y de su muerte.

El ataúd al fin había tocado fondo y con él, mi corazón se detuvo. La luz era reflejada por la madera barnizada y por los detalles en dorado que hacían una cama bastante agradable para la eternidad. Pensé en ella atrapada en ese pequeño espacio rectangular rodeado de satín rojo como su cabello. Me imagine que seguramente tendría una expresión de satisfacción con todo lo que había logrado en su corta pero magnificente vida o pudiera ser que esbozara esa pequeña sonrisa que me mostraba cada vez que caminábamos juntos de la mano por calles sin nombres. Su piel aperlada, todavía manteniendo el resplandor de las estrellas, reflejando la bondad del mundo, apagándose poco a poco hasta convertirse en carne sin vida y sólo una sombra de la mujer que había sido.

Quise lanzarme a la tumba abierta y abrazar su ataúd. Sentir como el calor abandona lo que alguna vez había sido ella. Quise romper su encierro y tomarla de la mano a un mundo donde todavía se puede tener esperanza.  Ella había sido mi ángel que me había rescatado de lugares inciertos, para traerme al mundo de los mortales, donde todo es perecedero pero bello. Ahora era mi turno para rescatarla del abismo y llevarla al paraíso, no podía fallarle, ya lo había hecho una vez. De nuevo, abrió una llaga en lo más profundo de mi ser. En ese momento tuve la oportunidad de salvarla hasta que comprendí algo que me dejó frió y semi muerto: ella ya no estaba aquí, ella ya había partido a ese lugar de costas blancas y arena suave. No tenía caso tratar de salvar una rosa marchita y vacía. Se había convertido en una estrella.

El sonido seco de la tierra sobre el ataúd me regresó de ese lugar lejano. Cuando la caja quedó cubierta completamente el mundo se volvió más opaco y triste.  De pronto, una nube enorme cubrió el cielo, escondiendo el sol y dándonos un respiro del inclemente calor. Todo el lugar empezó a despedir un olor a tierra mojada, el cual le encantaba a ella y recordé tantas ocasiones en las que vimos la lluvia desde la ventana de su habitación. Parecía que se hacía presente en aquel momento en el que ya habíamos perdido la esperanza de volver a sentirla  y nos recordaba que siempre  la podríamos encontrar en la lluvia. Así como los torrentes van y vienen con las temporadas y alivian la vida del calor infernal; parecería que ella también nos abandonaría por momentos pero siempre regresando al final.

Al fin tuve la certeza que buscaba, ella nos veía desde ese lugar alejado del tiempo y el espacio con una sonrisa, alentándonos a seguir sin ella.  Sólo nos quedó el recuerdo, la ausencia y el cariño que nos tenía. Gracias por todo. Fuiste quien siempre quise ser. Espero tu regreso impaciente. Te busco en cada una de las gotas de las primeras lluvias de primavera. Sé que te encontrare en aquel camino olvidado con olor a tierra mojada y en el recuerdo de lo que nunca fue.

Descansa en paz Natalia que te llevas mi esperanza.

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