Allá a donde queremos ir

Desdoblando al narrador: una mirada a la obra de Proust desde la teoría de sistemas

En El arte de la sociedad (2005), Luhmann nos enseña el proceso evolutivo de la conformación del sistema del arte. El autor nos indica puntualmente cada  uno de los procesos para que el arte fuera arte, al menos como lo entendemos en la actualidad; el recorrido comienza cuando Luhmann nos explica que el arte es una forma comunicativa plagada de sentido con su codificación y campo semántico propio.  Una vez ubicando que el arte es un tipo de comunicación,  Luhmann nos recuerda que la comunicación busca entrelazar el mundo de  la conciencia y el mundo de lo social, la dimensión que queda registrada por medio de la comunicación. El arte entonces lidia con el registro de la conciencia y lo que se expresa por medio de la comunicación, cada uno con un tiempo y lógica distinta.

El arte, como cualquier forma de comunicación; busca conciliar estas dos dimensiones,  categorizando el sentido que busca expresar en una distinción básica que guiará toda la comunicación. Se codifica la distinción y se solidifica la operación del sistema, estableciendo todo un discurso semántico y un eje programático que determinará el camino del sistema. Debo mencionar que si bien la distinción es fija, el programa acepta la novedad para ampliar el campo semántico y generar saltas evolutivos, los cuales tendrán éxito en tanto puedan acoplarse a los medios simbólicos generalizados, tales como el amor, la economía y la política, entre otros.

Las transformaciones en los sistemas, se llevan a acabo en el plano comunicativo de la interacción, en la relación específica entre dos individuos específicos. Aquí, múltiples experimentaciones de la operación del sistema se llevan a cabo y aquella que pueda acoplarse a los medios generalizados, resulta  seleccionada. Es así que se lleva a cabo  la evolución de los sistemas. Formas novedosas  de la interpretación de la operación y por tanto, de la operación misma; generan formas nuevas al sistema, logrando así que se amplíe el campo semántico y operativo del sistema.  Encontramos fundamentalmente, un intercambio de signos y significados que ajustan a los campos mencionados.  La actualización semántica por medio de la experimentación en  el plano interactivo, no sólo afecta al sistema sino que logra resemantizar a los medios simbólicos generalizados: se ganan y pierden signos y significado.

Existe una suerte de actualización de los conceptos, dependiendo del tiempo en que se ejecute. Observamos que el único tiempo que respeta la comunicación es la de sí misma. El sentido, fundamento de la comunicación no sigue ritmos mas que el propio; el sentido mismo contiene en sí mismo, su propio tiempo.  Luhmann nos muestra el tiempo del sentido, condición que permeará en la expresión de este, el cual no es más que un sistema.  Cada sistema establece sus propios tiempos, distintos a los de la conciencia. En los tiempos del sentido no hay esencias ni estabilidad,  no se podría comunicar sino se actualiza el sentido y dado que lo social es todo aquello que queda registrado por medio de la comunicación; lo social corre al ritmo del tiempo del sentido.

Nos encontramos con una concatenación del cambio, evolución en términos de Luhmann; con el tiempo. El sentido marca sus propios ritmos para modificarse a sí mismo, esto es un proceso autopoietico que se observa en todo aquello solidificado como sistema.  El arte, en su proceso autopoietico, no sólo reproduce las condiciones de su existencia; sino que insinúa espacios no marcados, formas no establecidas que son sugeridas por las formas marcadas. Pero a diferencia de otros sistemas al establecer las formas de representación de este mundo, el cual en algún momento fue el propósito del arte; sugiere otros mundos alternativos. Luhmann  reconoce en esta función, el propósito  último del sistema del arte: encontrar nuevos mundos posibles.

El artista debe ser aquel explorador del sentido que  debe encontrar nuevos territorios no explorados por medio de la articulación de la operación del arte. Ya sea por medio de la pintura, de la narración o la música; el artista debe mostrar a su público nuevos mundos, así como nuevas formas de pensar y percibir aquel que percibimos.  Desde mi punto de vista,  hay pocos artistas que lograr este objetivo tan bien como Marcel Proust. Las formas evocadas por Proust, nos muestran mundos alternos, bajo tiempos distintos al de la conciencia; sus mundos y tiempos se empalman en dimensiones anacrónicas que únicamente el acto de la narración le da coherencia.

En la narración de Proust encontramos una forma comunicativa: la literatura y en general la estética vuelven todo  imagen, y dado que la imagen es construida para ser admirada, es pública y común. En la narración discurre el campo semántico a partir del cual experimentaremos en la interacción.   La imagen construida a partir de la narración es  ajena a la psicología del  creador y tiene que ser entendida en el marco de su propia lógica: la lógica del espacio público y de mundos públicos, por tanto es social y colectivo, parte del reino del sentido.  La obra de arte, incluida la narración, busca representar al mundo de una forma específica y abre nuevas alternativas para  observar al mundo de una manera distinta y deja sugeridas otras tantas.  Al ver una obra de arte no es que observemos el mundo a través de los ojos del artista, sino que observamos su mundo que  se ve marcado por los discursos y lenguajes del creador. Es así que la dimensión simbólica altera su referente empírico, si es que en realidad existe dicho referente.

Es así que la obra de arte genera las condiciones de su propia existencia y  su propio horizonte de posibilidades. El artista comparte sus percepciones, trata de externalizar los procesos de su conciencia, cuando pone sus percepciones en comunicación, sus propias experimentaciones bajo la operación del arte; abre nuevas posibilidades de percepción para su público. Nosotros, como público reinterpretamos su interpretación del mundo, abriendo otras experiencias perceptivas y otros mundos. En otras palabras, percibimos la representación de lo que el artista comunica, es un mirar el mirar de alguien más, una observación de segundo orden, logrando una condición recursiva de la percepción del artista.

Es así que nos encontramos en un vaivén entre el espacio marcado y el espacio no marcado por las formas, nosotros como publico,  realizaremos un input al  sistema del arte  por medio de nuestra interpretación de la obra, siempre subyugada a una semántica particular, es decir, a un discurso especializado. La clausura y solidificación de las barreras del sistema nos provoca volvernos especializados en el discurso del sistema del arte, el sistema mismo establece que es y que no es arte acudiendo al bagaje discursivo que el mismo enarbola.  LA especialización ha llegado a tal grado que prácticamente se debe conocer el discurso de cada obra y su eje programático. Al final, la obra es la que se autodetermina.

En  el libro de Proust  llamado En busca del tiempo perdido (2010) encontramos el proceso autopoietico de la obra en si misma es a partir de la narración y del establecimiento de sus propias condiciones de posibilidad.  La obra, la cual consta de siete novelas: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera, La fugitiva y El tiempo recobrado; cuenta la historia  de la memoria de Proust mismo, sus experiencias  hechas ficción.  El autor, toma como pretextos sus vivencias para reflexionar sobre temas como el tiempo, la individualidad, el arte y la memoria.

Proust logra concatenar una serie de imágenes que se autoreproducen por medio de la ilación de la narración. Imágenes, podríamos llamarles eternas, ganan dinamismo a partir de la percepción del personaje principal y es así que el lector puede disfrutar de una sucesión de eventos en la vida de un narrador cuya voz se confunde con la de Proust escritor, Proust como personaje de la narración e inclusive con la nuestra y es que recordemos, toda imagen, incluyendo la narración, esta concebida para observarse o en este caso, leerse. Por tanto, la obra de arte no está completa hasta que es percibida por un público.

La literatura crea su propio mundo con su propio tiempo y espacios, ambos son eternos en el espacio de la narración; confunden realidades, dislocando este mundo con  otro posible. Encontramos un relato dentro del relato, distinguiendo  tres dimensiones: el mundo “real”, el mundo del narrador y el relato mismo. Los tres se unen por una voz. Se empalman los tres mundos, los tiempos y los espacios. Se desdobla el autor como individuo: varios yos que tejen una serie de historias y que el lector termina inmerso.  Proust, o tal vez la narración misma,  por medio de esta ilación de espacios y tiempos, establece su propio horizonte de posibilidades: los tres mundos son parte de la obra y por tanto, sujeto al proceso comunicativo que es la narración.

El tema de la memoria resulta preponderante, la narración misma juega el papel de la memoria del autor, la cual ser parte “real” y parte “ficción” se disloca de su referente empírico, es un mundo aparte distinto al nuestro como público y distinto al mundo de Proust escritor. El autor experimenta por medio de la distinción si/no del lenguaje,  bajo esta polaridad el decide que va estar  referido a un referente empírico y que no. Se me podría señalar que en realidad no se trataría de experimentos en el plano de la interacción ya que sólo estamos lidiando con Proust; sin embargo,  el autor se desdobla en sujetos diferentes, esto le permite interactuar con representaciones específicas de sí mismo, las cuales terminan por  ser sujetos y voces distintos. La polaridad si/no del lenguaje permite a Proust crear memorias de mundos alternos, las imágenes creadas a partir de  su narración no son de este mundo, sino de uno a medio camino entre sus recuerdos y el que percibimos.

Desde mi punto de vista, Blanchot en El canto de las sirenas  (1969) habla de este proceso cuando se refiriere a Proust. No es que  observemos el mundo a través de unos lentes proustianos, sino que  cada narración del francés es una ventana a su mundo particular. Este mundo es desdoblamiento del que experimentamos a diario, la dimensión simbólica de la vida, entiéndase como cultura la dimensión cultural; nos permite alejarnos de nuestro entorno y crear nuevos mundos. El lenguaje, al darnos la posibilidad de invocar entes que no están presentes,  fue el primero que nos permitió abrir nuevos mundos; con el lenguaje existe la cosa como tal, el mundo al que corresponde la construcción lingüística y el mundo de nuestras conciencias donde se evoca una  imagen a raíz de los dos primeros.

La literatura de Proust hace lo anterior, crea un mundo lingüístico a partir de referentes  del mundo “real” para evocar en nuestras conciencias mundos idílicos creados a partir de nuestras propias experiencias.  Observamos que hay relatos dentro de relatos, o mundos si se quiere: el mundo “real”, el mundo de quien cuenta la historia y el relato mismo. Proust logra desdoblar mundos en dimensiones en las que interactúa la obra, ya que al fin y al cabo el hilo conductor que une a estas tres dimensiones es el acto de narrar;  pero también logra desdoblarse a sí mismo como ente “real”, narrador y personaje dentro de la obra (Blanchot, 1969). Proust echa andar un movimiento circular (Blanchot, 1969), comienza como escritor pero  la narración lo obliga a desdoblarse como personaje de ficción.  Lo mismo hace con su lector, nosotros, como público atenidos a la narración, con miras a completar el movimiento circular; tenemos que lograr desdoblarnos en aquel lector anónimo en el que piensa  Proust, de tal forma que debemos crear un yo simbólico o de “ficción” que logre interactuar con el Proust ficticio y sus mundos creados, los cuales, gracias al acto de narrar, terminan empalmados en una sola dimensión, todo se vuelve uno. En este momento ya no hay secuencias, tiempos y espacios son lo mismo, no hay diferenciación; el futuro precede al pasado, y todo para volver a comenzar:

“La experiencia del tiempo imaginado que hizo Proust no puede tener lugar sino un campo imaginado, convirtiendo a aquel que se expone a este  en un ser imaginario, una imagen errante siempre ahí, siempre ausente, fija y convulsa, como la belleza de la que habla Andre Breton. Como metamorfosis del tiempo, metamorfosea el presente en el que parece reproducirse atrayéndolo a  la profundidad  indefinida donde el “presente” da inicio de nuevo al “pasado” pero donde el pasado se abre al porvenir que repite para que  lo que viene siempre retorne, y así de nuevo, de nuevo. Ciertamente, la revelación  tiene lugar ahora, aquí, por primera vez, pero la imagen que, para nosotros, está aquí presente y por  vez primera, es presencia de un “ya otra vez” y de lo que nos revelan es que  “ahora” es un “antaño” y aquí…” (Blanchot, 1969)

Lo anterior, a mi parecer, es una interpretación hermenéutica; es decir, el análisis de un texto anclado en sí mismo y siempre entendiendo la experiencia estética como parte de una experiencia humana mayor.  El texto tiene que ser interpretado a partir de una experiencia ontológica (la experiencia perceptiva del espectador ante la obra o la narración), pero siempre con herramientas epistémicas (el lenguaje). La lectura  desde la percepción se vuelve efecto de comunicación y parte del bagaje de todos aquellos que se encuentren sujetos a su obra. Blanchot nos remite a entender a Proust de esta manera, como un proceso profundamente ontológico  a partir de la lectura de su narrativa por medio de herramientas epistémicas, que es el lenguaje, para  experimentar y crear nuevos mundos desde este diálogo entre Proust y sus lectores por medio de su narrativa.

Algo similar observamos en Wittgenstein (1997) y Saussure (2010) quienes eliminan el yugo de la lógica terrenal a las constructos como el arte y el lenguaje, cada uno con una lógica particular. Saussure (2010) reconoce en el lenguaje un mundo separado del “real”, inaugurando la dimensión simbólica, es decir, abre la posibilidad de la multiplicidad del mundo “real”. Con la capacidad del lenguaje de atraer algo que no estaba presente se abre un mundo separado del de las cosas materiales y que si bien primero estaba anclado en lo material, termina emancipándose completamente. De tal forma que hay conceptos sin referentes empíricos. A partir de los lenguajes, cada individuo podrá tener una experiencia simbólica distinta y crear nuevos mundos desde su percepción.  Wittgenstein (1997) termina de abrir nuevas posibilidades al establecer que hay sistemas con sus propias lógicas que pueden estar separados completamente de la experiencia empírica y material.

Esto es lo que produce la literatura y  el arte,  crean representación del mundo que abren nuevas posibilidades, las imágenes del mundo en realidad son mundos alternos. En efecto, la literatura y el arte vuelven todo  imagen, y dado que la imagen es construida para ser admirada, es pública y común. Es ajena a la psicología del  creador y tiene que ser entendida en el marco de su propia lógica, la lógica del espacio público y de mundos públicos, así como en el círculo de interpretación entre obra y espectador. Husserl (2002) va más lejos aún, estableciendo el tiempo de la conciencia: esta última experimenta el tiempo de manera particular;  pero le falta separar completamente a la conciencia de la narración, entendida en estos términos como comunicación; cosa que Luhmann (2005) termina de hacer atribuyéndole lógicas y tiempos  específicos tanto a la conciencia como a la comunicación, es decir, a la narración.

En todo esto vemos  la doble función de la literatura y el arte: primero, crear un nuevo mundo con su propio tiempo, espacio e imágenes; y  segundo, reconocer que el tiempo y espacio en el que vivimos tendría que ser producto de otra imaginación “divina” superior a nosotros con su propia lógica (Blanchot, 1969). No es el tiempo de la conciencia o siquiera de la comunicación es un mundo aparte construido desde la narración, con tiempos eternos. No es que una escena dure eternamente es que en realidad es atemporal, la sucesión de eventos narrativos  dado que ocurre en otra dimensión,  no podemos medirlo bajo la forma temporal de nuestro mundo. La secuencia de sucesos en la narración responde a la lógica únicamente de la voz narradora y a su percepción de la narración en donde está inmersa; podríamos concluir que es la narración  se mira a sí misma y es ella misma que marca su tiempo y espacio.  A la luz de la falta del tiempo, las cosas pierden su naturaleza y se transforman en una unida bajo una entidad narrativa en la que todo fluye en tanto sea narrado.

Proust, al retratar escenas eternas que se empalman con las escenas de la vida del lector, muestra el avance del tiempo real para tener una epifanía sobre mundos irreales.  Todo aquel que se introduce en este espacio y tiempo, y le es revelada dicha epifanía se vuelve un ser de “ficción”. Para entrar a estos mundos “ficticios” se tiene que compartir la misma condición ontológica, un ser que participe de los tiempos y formas del mundo “real” no puede entrar a los mundos de la narración. El lector tiene que abandonar formas, valores y tiempos propios si se quiere dejar envolver por la narración.

El lector, al ser atrapado por los relatos, es introducido a estas dimensiones, por tanto ya no es él mismo, sino una versión ficticia de sí.  El lector se vuelve un personaje más del relato agregándole una dimensión más  a la historia; ahora tenemos la narración, el narrador,  el lector y el mundo “real”. El narrador forzosamente tiene que contar su historia a alguien, ese alguien que escucha o lee la narración termina por volverse parte  de la historia misma. La literatura se considera entonces, como elemento de la comunicación ya que le habla a otro generalizado, que cuando lee la obra se cierra el círculo de la experiencia  ontológica a raíz de una forma estética.  No puede haber narración si no hay quien la lea, una historia sin ser contada no está completa.

Cuando  el lector ya se ha introducido en la obra, al menos una parte de él; y justo cuando el mundo de lo narrado y lo externo a la narración se empalman, el lector no puede mantenerse quieto ante el descubrimiento de los nuevos mundos que recién ha experimentado. La experiencia ha movido al espectador, logrando convertir una experiencia perceptiva en conocimiento. El relato al fin y al cabo, es una forma de revelación, muestra ese espacio sagrado inaugurado por el arte y la literatura (experiencia sagrada por medio de la estética) y lo contrapone con el mundo “real”. Permite ver nuevos mundos y nuevas posibilidades de mundo al tiempo que insinúa otros tantos.  Cuando el lector se vuelve parte del relato, tiempos y espacios cambian, los recuerdos se vuelven acontecimientos y los sueños se vuelven vigilia

Ahora bien, de acuerdo con Blanchot (1969), esto no lo observamos en toda la obra de Proust. Tuvo que pasar un proceso de dislocación del autor y su experiencia con el mundo “real”. Blanchot (1969) nos confirma esto al establecer que el Proust de Jean Santeuil (2007), obra que narra las vivencias de un joven escritor en el París de fines del siglo XIX; percibimos a un Proust  joven e idealista que se refleja en su personaje principal.  Aun no descubre la separación del relato en un mundo aparte por lo que las ideas de su juventud permean en la escritura. Él sólo quiere ser escritor y que se le reconozca como tal.  Escribe para satisfacer la inspiración, la cual se traduce en momentos breves, por lo que tiene que realizar descripciones exactas de instantes de felicidad plena en donde apenas esboza esos otros mundos que posteriormente llegará a conocer tan bien. Percibe a la obra producto de un don, de la inspiración, otorgada por los dioses. Él sería el canal de comunicación para dar el mensaje,  por lo que sus narraciones son semejantes a libros sagrados, no producto de un trabajo o profesión. El escritor debe ser una vocación y don, no trabajo y esfuerzo. Y es que el impuro discurso novelístico  tergiversa el retrato de los instantes perfectos

En la discontinuidad de los momentos de inspiración, en donde brilla lo intemporal,  se observan atisbos del tiempo puro, del espacio y mundo sin tiempo que nos enseña el relato (Blanchot, 1969). El relato es ventana a este mundo.  En realidad esos momentos perfectos, son cíclicos por tanto no es necesario retratarlos de manera pura, sino lo que importa es que se empalmen las dimensiones por medio del relato, que cuando se escriba de un suceso se identifique su empalme en el mundo del relato  con el mundo fuera de este. Que se identifique la reverberación y se observe el espacio y tiempo como un solo continuo (Blanchot, 1969). Los instantes privilegiados no son finitos ni pasados,  en realidad son puntos inmóviles eternos, en los que los mundos se hacen uno mismo gracias al acto de narrar. La narración no tiene que reflejar este mundo, sino abrir las puertas a otros tantos

Pero inclusive en esta época tan temprana, el joven Proust comienza a realizar sus experimentos metalinguisticos y metanarrativos. Por medio de sus elecciones semánticas y discursivas, Proust  nos deja pistas de lo que escribiría más adelante, de todo el proceso autopoietico que representa En busca del tiempo perdido. Y es que en las obras subsecuentes a Jean Santeuil se confirma a se confirma a sí mismo como horizonte de posibilidad de su obra: sus vivencias es lo narrado, por tanto en un principio la vida de Proust es el límite mismo para la producción autopoietica de esta obra en particular. Cuando logra involucrar al público como personaje de narración, Proust logra extender el horizonte de posibilidad de su obra. En Jean Santeuil  aun no logra involucrar al otro como publico, mucho menos confundir el mundo de la conciencia con el mundo de la comunicación. En los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, Proust logra empalmar estos dos registros de manera excepcional, nunca termina por fusionarlos y tampoco creo que haya sido su intención, a mi parecer, buscó confundir la individualidad de la conciencia con la colectividad de la narración para que su lector se convierta en parte de la obra. Jamás logra que conciencia y sentido se fundan en una misma operación pero por el hilo de su narración resulta complicado identificar la voz que nos cuenta la historia, si es Proust narrador, Proust escritor o nosotros mismos. Al volvernos parte de la narración, nosotros mismos nos convertimos en intemporales, en parte de la imagen estática de la memoria de la narración. Terminamos siendo parte del proceso autopoietico de la obra misma y por tanto, del sistema del arte.

Proust como productor de experimentos, no sólo recurre a su memoria sino al del sistema del arte. Regresa a ese bagaje semántico para guiar sus experimentaciones. El sistema recurre a su memoria para realizar el salto evolutivo y es que la narración Proustiana, en su concatenación entre el mundo de la conciencia por medio de las percepciones y el mundo de lo social  por medio de la comunicación; logra confundir un mundo con el otro. Desdobla sujetos que interactúan entre sí y es de las  primeras experiencias estéticas que reconocen al público como parte integral de la obra.  Sus experimentos terminaron por ensamblarse por los medios simbólicos del arte, logrando input al sistema. A partir de experiencias particulares, ya no únicamente las del escritor consigo mismo en un sujeto desdoblado; sino que  también nuestras experiencias a partir de la obra, quedan registradas como nuevos inputs al sistema, logrando así los saltos evolutivos para transformar al arte.  El trabajo de Proust involucra al público estableciendo esta relación como pauta para el arte contemporáneo, abriendo la posibilidad a una experiencia arraigada en la estética abriendo nuevos mundos con infinitas posibilidades, tantas como lectores haya.

El gran éxito de Proust es lograr generar herramientas epistémicas para generar nuevas operaciones del arte  por medio de experiencias particulares arraigadas en las percepciones. Las experimentaciones narrativas de Proust logran ampliar el marco de posibilidades de la obra misma,  el público añade interpretaciones y experiencias a la narración, logrando modificar el campo semántico a partir del intercambio de signos y significados. La narración es la que se observa así misma, autodeterminando cual interpretación y experiencia se sedimentará como parte del campo semántico. La estética como acontecimiento es parte del sistema del arte contemporáneo, pero Proust es quien permite este salto evolutivo al establecer la narración como acontecimiento anacrónico. Gracias a Proust ya no hablamos del arte enraizado en objetos sino al arte como experiencia arraigado en discursos que se terminan anclando en objetos. En este caso, Proust ancla su narración en él como narrador y en nosotros mismos como público, el arte se vuelve dinámico logrando que se transforme el sistema a partir de experiencias de la conciencia  externalizadas por medio de la comunicación. Las experiencias que puedan anclarse en medios simbólicos serán las que se admitirán como nuevas herramientas epistémicas para la representación de la “realidad” y la apertura a otros mundos posibles.

Bibliografía

Blanchot, M. (1969). El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila.

Husserl, E. (2002)  Lecciones de fenomenología de la conciencia interna del tiempo. Madrid: Trotta

Luhmann, N. (2005). El arte de la sociedad. México: Herder

Proust, M, (2010) En busca del tiempo perdido. México: De Bolsillo

Proust ,M, (2007). Jean Santeuil. Madrid: Valdemar.

Saussure, F. (2010). Curso de lingüística general. México, D.F.: Fontamara

Wittgenstein, L. (1997) Observaciones filosóficas. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Filosóficas

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