Allá a donde queremos ir

Los límites del lenguaje en la narrativa de Proust

Abro este ensayo exponiendo la capacidad de posibilidad del autor a tratar, en este caso será Proust, quien abre la posibilidad de sentido de la narración y del lenguaje. ¿A qué me refiero? A que en la narración tanto de Proust observamos hasta donde puede llegar el sentido y la significación de algo. En sus letras, el autor nos enseña hasta donde llega el lenguaje como vehículo de sentido, y cómo el lenguaje es distendido a través de sus narraciones. Por medio de su narración, terminan involucrando al lector como parte integra de la obra; la narración envuelve al lector logrando una interlocución entre escritor, personajes y lector. La experiencia estética se convierte en una experiencia perceptiva e intelectual, alude a los tanto a los sentidos como a la cognición. Podemos crear conocimiento a partir de experiencias sensibles.

Para poder explorar la dinámica de la narración de Proust, debo puntualizar algunas cosas primero.  Ya he mencionado que el autor a tratar extiende el lenguaje hasta sus últimas consecuencias, ¿Esto qué significa? Pues la respuesta es sencilla, quiere decir que Proust usa el lenguaje de tal manera que su relación estructural entre significado y significante ha cambiado. Dicho en otras palabras, la forma en que se usa el lenguaje puede modificar  la relación entre idea e imagen acústica; al realizar esto, la palabra se une a otros significados, abrimos nuevas posibilidades para entender una idea o una palabra.  Ahora, esto no es nuevo, Ricoeur (1999) ya nos hablaba de esta capacidad cuando hablaba del origen de la metáfora, la relación entre significado y significante es repensada para dar nuevas formas de sentido, además que Ricoeur (1999) establece que la metáfora en sí misma es un discurso, es decir, el acomodo específico de una frase y palabra marca una enunciación específica de valores e ideas. Proust realiza esto, pero a lo largo de su obra podemos observar que en su método de usar el lenguaje realiza nuevas conexiones entre significado y significante, por tanto logra una serie de metáforas, por lo cual no sería aventurado pensar que terminan dándole vida a una gran metáfora llamado relato, una forma específica de representar un mundo.

Claro, podemos ubicar que cada narrador realiza esto, quien cuenta una historia realiza una metáfora de su mundo y de su tiempo, y si bien cada metáfora, en tanto discurso; es una enunciación, la diferencia entre todos los demás es que Proust ha sido capaz de involucrar activamente a su lector en un tejido de relatos, volviendo a la narración el hilo conductor que conecta a todos los mundos, al tiempo en que insinúa otros.

Ahora bien, lo anterior me lleva a recordar una discusión de corte estructuralista: la estructura como entidad rígida en la cual sólo se pueden modificar contenidos en contraposición de la estructura como algo flexible en la cual la estructura misma puede ser modificada. Esto no sindicaría que el ordenamiento estructural y no únicamente su contenido, está sujeto a un condicionamiento ideológico. Al respecto, Derrida (2009) observa la posibilidad de recomponer los límites estructurales  y darle nuevos cimientos a las formas de pensamiento, la deconstrucción derridiana  sería una herramienta lógica para observar las nuevas conexiones semánticas que produciría la narración de Proust y Duras. De tal forma que Derrida (2009) reconoce la volatilidad del signo, del sema, y lo ubica como producto de la interacción de un significado específico  y significante específico.

De nuevo, esta aseveración no es nueva, Saussure (2010) ya la había señalado pero se observa claramente en  En busca del tiempo perdido. Si el signo, el sema; es producto de una relación entre un significado en particular y un significante específico, podremos pensar que las novelas mencionadas cuentan con sus signos particulares y propios, deconstruyendo la narración podremos desentrañar a estos signos particulares.

Tomemos la noción de  tiempo en la novela antes mencionada. Para Proust, el tiempo en su obra difiere de la experiencia del tiempo que nosotros denominaríamos como real. En Proust el tiempo se asemeja más a un reflejo de la existencia del relato mismo, con esto quiero decir que el tiempo se mueve a partir de la narración: el tiempo avanza a medida de que se lee la obra. Las escenas relatadas son eternas, Blanchot (1969) nos dice que para Proust “ya no es recuerdo, son hechos”.  La forma en que narra las experiencias en Cambray, obligan establecer nuevas relaciones entre los significados y significantes. No importa si sucedieron o no, en estos momentos nos movemos en el mundo del sentido, en un mundo originado por y para el lenguaje. En este mundo, la narración se vuelve en una imagen simbólica, no es una fotografía que retrata un suceso sino que detrás de la escena narrada esconde nuevos significados.  Ricoeur (1999) diría que nos encontramos frente a una metáfora viva, una metáfora que cuando es narrada cobra vida y que por ella discurre el tiempo.

Al respecto observamos que el tiempo se detiene y camina, puede ser recuerdo y hecho, e inclusive real e irreal. La forma de narrar el tiempo de Proust, revienta la categoría tradicional  de lo que entendemos por tiempo, llegando afectar categorías como presente y memoria. Blanchot (1969) al respecto dirá: “Sin significación pero reclamando la profundidad de todo sentido posible; irrevelada y sin embargo manifiesta con esa presencia-ausencia que constituye el atractivo”, Proust cambia la significación, pareciera que encontramos a un signo vació, pero no, lo que encontramos en realidad es a un signo producto de otro significado y otro significante, distintos a los que tradicionalmente se consideraban parte de la categoría en cuestión.

Algo similar sucede cuando Proust narra que Swann escucha a Vinteuil. Primero debemos reconocer a la música como discurso propio, como enunciación de una forma ideológica. Por tanto, también  puede utilizar formas retóricas. Es así que la música pasa a ser una expresión estética para el goce de los sentidos para convertirse en metáfora. La música de Vinteuil esconde algo:

“Pero en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar un nombre a lo que le agradaba, seducido de golpe, quiso coger una frase o una armonía –no sabía exactamente lo que era- que al pasar le ensanchó el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosa que rondan por la húmeda atmósfera de la noche tienen la virtud de dilatarnos la nariz. Quizá por no saber música le fue posible sentir una impresión tan confusa, una impresión de esas que acaso son las únicas puramente musicales, concentradas absolutamente originales e irreductibles a otro orden cualquiera de impresiones. Y una de estas impresiones del instante es, por decirlo así, sine materia. ”  (Proust, 1998)

Observamos pues, que la música  se convierte en significante de algo, su significado está encerrado en lo más profundo de la armonía. Aun así, se vuelve discurso y por tanto metáfora. La música es repensada como discurso generado a partir de una experiencia estética. Encontramos que a partir de  una experiencia sensitiva, primordialmente ontológica y por medio de herramientas epistemológicas (notas, ritmos, escalas); se da un descubrimiento. El descubrimiento es que la música en tanto discurso, significa algo; dado que la relación entre significado y significante está ligada con lo material Swann no lo descubre, pero  una vez que él mismo distienda la relación entre uno y otro, podrá dilucidar aquello que se esconde.

Sin embargo, esta forma narrativa generada necesita un asidero epistémico.  La movilidad de signos y relación con su referente empírico, el mundo real; necesita una forma de pensar que admita nuevas relaciones de identidad. Desde mi punto de vista, para comprender las dinámicas narrativas de Proust, necesitamos una forma de pensar distinta a la lógica aristotélica; y es que la lógica aristotélica establece una relación unívoca en donde una identidad sólo puede ser algo y no otra cosa. Esto no es la estructura narrativa de Proust, nuestro autor rompe cualquier forma  narrativa  producida y establece nuevos horizontes de posibilidades.

Es así que propongo pensar a Proust bajo el modelo de pensamiento rizomático de Deleuze y Guattari. Proust escribe de manera rizomática, crea conexiones insospechadas rompiendo formas tradicionales. Deleuze y Guattari proponen modificar el eje focal del análisis, ya no enfocarse en Edipo sino en la esquizofrenia. Si esto es correcto, este análisis permite repensar las relaciones de identidad entre significado y significante. El problema que a mi parecer ubican Deleuze y Guattari es que buscan romper la relación uno a uno entre significado y significante. Edipo, está basado en esta relación unívoca y en una sola dirección; el esquizoanálisis rompe la relación en una sola dirección y le da una calidad volátil. Edipo establece una relación de identidad, particularmente de identidad sexual, podríamos pensar en términos de lógica aristotélica, en donde A es A y no puede ser No-A. Con el esquizoanálisis podríamos pensar en que A sea A y No-A al mismo tiempo.  No es que Deleuze y Guattari eliminen al significante, o a Edipo; sino que buscan eliminar esta relación tiránica con una única interpretación.  Los autores abren la posibilidad a que un significado tenga varios significantes, así que se podría  ser edipico y anedipico también. Esto le daría mucha flexibilidad y dinamismo a una relación que siempre se ha percibido como fija.

Debo mencionar que la tradición neo-kantiana ya había incluido la negación en la estructura de pensamiento. El método de dialéctico considera a la negación como  parte activa del pensamiento. Pero el modelo rizomático no es precisamente el modelo dialéctico tradicional. Mientras los neokantianos consideran que hay estadios de la argumentación (tesis, antítesis y síntesis), el rizoma considera la multiplicidad de identidades, es decir, la dialéctica no admite  que algo sea y no sea, aunque si admite la negación, un argumento no puede ser negación y afirmación. Guattari y Deleuze si admiten tan posibilidad, algo es y no es al mismo tiempo.

No podemos negar la tradición neokantiana de Guattari y Deleuze, existe un  profundo reflejo de la Escuela de Frankfurt, específicamente hablando de la producción del deseo. Podemos observar la mecanización de la vida cotidiana e inclusive la producción de las acciones, registros y sentimientos. Sin embargo, en Deleuze y Guattari no se observa  el pesimismo y desesperanza que los textos frankfurtianos como  La Dialéctica Negativa de Adorno. Deleuze y Guattari nos dejan esperanza en la emancipación en la estructura del pensamiento del esquizofrénico. No nos indican que nos volvamos esquizos para salvarnos de la mecanización de las industrias culturales, pero creo que la respuesta a la emancipación está en la estructura no lineal del pensamiento esquizofrénico.  Esta idea es desarrollada bajo la categoría de rizoma, con la cual denotan una estructura de pensamiento dinámica y multilineal, rompiendo cualquier forma de pensamiento producida por la modernidad.  La respuesta a la mecanización es encontrar conexiones insospechadas entre formas, esto en teoría reventaría moldes epistémicos abriendo nuevas posibilidades. Esta es la propuesta de Deleuze y Guattari para romper con una mecanización de producción de deseo. Pero al fin y al cabo la producción de deseos, es en gran medida, la base del sistema social. Existe otra lectura: aprovechar las producciones  de registros, formas y contenidos, sacarlas de su linealidad artificial e introducirlas a estructuras rizomáticas para repensarlas desde nuevos lugares. Al fin y al cabo, las industrias culturales son parte de nuestro aparato simbólico contemporáneo.

Ya he presentado una propuesta de metodología, la deconstrucción; y un modelo epistémico para la narrativa proustiana. Debo señalar que ambas propuestas no están exentas de problemas. Veamos en primer término el problema con la deconstrucción. Frank (2011)  nos dice que Lacan “cuestiona el sujeto de la reflexión, al exigir otro sujeto que no esté concebido  él mismo según el modelo de la reflexión”.  Lacan busca eliminar a un sujeto constituido desde un discurso específico que utiliza un método para llegar a una verdad.  Lacan ve esto como  autocomplaciente, un sujeto producido desde un método  específico que utiliza el mismo método para encontrar la razón. Esto es una falacia del argumento lógico, además de que se categoriza la razón por encima de la naturaleza y del mundo, logrando que el  hombre se escinda de sí mismo y de su entorno. El hombre separado es una máquina, ya no es el sujeto quien habla sino un “ello” y es así que Lacan recurre a la metáfora de la máquina, de quien Guattari y Deleuze la toman. Al respecto Frank nos dice:

“Lacan recurre a la metáfora de la máquina sin sujeto, en el cual se graban reflexiones, pero las cuales ya no son las reflexiones de nadie: relaciones entre estados de cosas sin un sujeto al cual[1] pertenecería… la crítica de Lacan al modelo de la subjetividad como reflexión, desemboca en un modelo de reflexividad sin sujeto”

Lo que nos dice Frank a propósito de la crítica lacaniana a la razón y a su método reflexivo, es que Lacan no propone ningún sujeto capaz de construirse a sí mismo. El sujeto deja de reflexionar y sólo registra reflexiones sin sujeto, encontramos a un sujeto vació de sentido pero si con reflexiones. Se comprende al sujeto como proceso de procesos y únicamente consume aquellas reflexiones otorgadas por las industrias culturales.  Y si bien, es un diagnostico exacto de la sociedad industrializada, corremos el riesgo de negar al sujeto.  La deconstrucción como proceso de formación del individuo puede terminar negando al individuo. En el reacomodo de las partes planteado por Derrida (2009) podemos quedar sin sujeto.

Debo señalar que el diagnóstico lacaniano por exacto que sea, habla de la sociedad industrializada. Nuestra sociedad, no está basada  en la producción industrial, sino en la información y articulación de conocimiento. Las industrias culturales no crean necesariamente registros mecanizados del deseo e inclusive nosotros, ya no somos victimas de la producción del deseo; ahora nos conformamos como consumidores reflexivos que interpretan los registros otorgados.  Los textos, entendidos como cualquier material con capacidad de ser leído o interpretado;  involucran más profundamente al espectador/consumidor, la experiencia estética reside ya en el dialogo entre obra  y público. La obra no está completa hasta ser observada. Lo  mismo sucede con la narrativa de Proust, por manejo del lenguaje involucra al lector, convirtiéndolo en un personaje más. No quiero decir que todo sujeto sea auto-reflexivo y crítico, ni que todo aquello diseñado desde las industrias culturales tenga un bagaje discursivo para ser interpretado; pero en gran medida nos enfrentamos a públicos inteligentes capaces de interpretar lo otorgado. Proust fue uno de los pioneros en lograr el involucramiento de los individuos en su obra.

Para resolver la negación del sujeto por el método de la deconstrucción necesitamos repensarnos a nosotros mismos. Dejar de observarnos como entidades acabadas y considerarnos como procesos que siempre se modifican. El papel del sujeto es repensarse a partir de los moldes interpretativos que las industrias culturales otorgan, así podríamos deconstruir nuestras propias nociones pero no nos negaríamos como seres reflexivos. En la sociedad industrializada parecía imposible que alguien se construyera desarmando sus propios discursos, en la sociedad posindustrial no sólo es posible, sino que es necesario reacomodar los cimientos de nuestros discursos. La cantidad de registros que se envían  al mercado global obligan a realizar una discriminación de ideas y valores, así como una suerte de traducción para ser apropiados, todos desmantelamos discursos e ideologías y tomamos los elementos que consideremos adecuados a nuestros fines.

En este ambiente, es donde se desarrolla mejor la literatura de Proust, en el cual encontremos un lector reflexivo capaz de reinterpretar el relato desde su propio bagaje.  Produciendo así conocimiento a partir de experiencias ontológicas individuales, tal y como lo dice Deleuze (2010): “el escritor como vidente y oyente, meta de la literatura: el paso de la vida al lenguaje es lo que constituye las ideas” .Es así, que cada interpretación, cada experimentación llevada a cabo en el nivel subjetivo, puede  transformarse en conocimiento, siempre y cuando se acoplen a las industrias culturales y a los medios simbólicos generalizados que estas producen.

Frank también asesta golpes críticos y puntuales a la tesis de Deleuze y Guattari. Menciona que los autores son productos de la irritabilidad en el sistema social, algo así como una moda que busca eliminar la filosofía académica seria. La volatilidad iracunda que el modelo de Deleuze y Guattari se mueve, es considerada como inaccesible, no se puede asir y por tanto no puede construir conocimiento. Frank nos deja entrever que el éxito del rizoma se puede intuir por las sentencias escandalosas a la filosofía seria. El modelo rizomático no se toma en serio como modelo epistemológico, sino como síntoma de “un malestar cultural que  se está extendiendo en la atmósfera anímica contemporánea” (Frank, 2011).

Dejando de lado la desestimación de Frank por el modelo rizomático, lo que es cierto es la complicación de encontrar asideros para un modelo tan volátil. Sin embargo, esa es la problemática con las categorías unívocas  tradicionales, si conceptualizamos categorías móviles basados no en una relación única entre significado y significante, sino en modelos  donde estos pueden inclusive invertirse y moverse libremente; nos daremos cuenta que la construcción de conocimiento es posible si en las mismas categorías que encierran el sentido,  incluyen su propia contradicción.

Tal y como lo hace la literatura proustiana, el autor en su narración admite la posibilidad de que sea o no sea lo que está narrando. Al mismo tiempo, la deconstrucción  no representa amenaza para la narración proustiana, su ejecución permite la recomposición de sus cimientos. La narración de Proust, al gozar de esta condición de multiplicidades, no será negada porque admite muchos significados simultáneos. Al deconstruir el  relato desde sus bases no desaparecería, sino que cambiaría de significado y de forma de enunciación; el relato, como metáfora de un mundo distinto de la realidad narrativa, no  sufre de la distención del lenguaje ni de la relación entre significado y significante.

El sujeto de la narración, no Proust escritor, su versión ficticia como narrador del libro no puede ser negado por la deconstrucción. Podríamos separar los elementos del relato, podríamos identificar a Combray,  a Proust, a Odette, a Swann o a la tía Leoncia; a su vez, podríamos separar los elementos de cada uno de los elementos mencionados, podríamos identificarlos como hombres, mujeres, familiares, amantes o lugares, y llevaríamos el desmantelamiento conceptual hasta que despojáramos de cualquier atributo a cualquier elemento importante del relato (incluyéndonos a nosotros) hasta que no tuviéramos más que entes en un plano. Aun en este grado, la deconstrucción no negaría al sujeto de la narración. El sujeto del relato en tanto fijo,  puede ser negado, así como nosotros podemos ser negados si es que nos entendemos como entidades fijas; por el contrario,  esto no pasará si pensamos en sujetos cambiantes.

En Jean Santeuil observamos a un Proust joven con conceptos y categorías fijas;  en este momento Proust aun no descubría la dislocación de los dos mundos: el del relato y el mundo empírico. La lógica narrativa responde a una estructura rígida y a una relación unívoca de identidad. Si quisiéramos llegar a deconstruir a Jean Santeuil, probablemente las categorías que sirven de fundamente, probablemente no aguantarían el estrés que significa la distención de la relación entre significado y significante,  surgida a partir de la recomposición de sus elementos, por tanto terminarían perdiendo el sentido que la obra encierra. Por el contrario en, En busca del tiempo perdido, la obra es repensada e interpretada y no pierde sentido, por el contrario, se pueden encontrar nuevas conexiones siempre justificadas desde el propio texto.

Me parece prudente señalar que si bien Proust extiende al lenguaje en todas sus posibilidades, al mismo tiempo nos señala los propios límites del lenguaje. Proust, si bien abre nuevos horizontes interpretativos a partir de su propia narración,  con aquello que no está dicho, indica lo que no puede ser revelado por el lenguaje. Luhmann (2005) indicaría  lo no dicho como un espacio sin marcar (unmarked space), una zona donde no  hay más formas que los espacios negativos insinuados por las zonas marcadas. Por cada mundo delineado por una narración se nos insinúan otros. El arte señala aquel secreto, lo rodea, induce pero nunca revela, es trabajo del artista señalar esos mundos no señalados para que alguien más logre cartografiarlos, abriendo nuevos horizontes de sentidos y distendiendo de formas insospechadas las relaciones entre mundo empírico, significado, significantes, relato y lector.  Esto fue lo que nos enseñó Marcerl Proust.

Bibliografía

Blanchot, M. (1969). El libro que vendrá. Caracas: Monte Ávila.

Derrida, J. (2009). La deconstrucción es una cascara de nuez. Buenos Aires: Prometeo Libros

Deleuze, G., y Guattari, F. () Mil mesetas

Frank, M. ¿Qué es el neoestructuralismo? México: Fondo de Cultura Económica

Luhmann, N. (2005). El arte de la sociedad. México: Herder

Proust, M. (1998). En busca del tiempo perdido. Madrid: Alianza

Ricoeur, P. (1999). La metáfora viva. Madrid: Trotta

Saussure, F. (2010). Curso de lingüística general. México, D.F.: Fontamara


[1] El destacado es propio del autor

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