Allá a donde queremos ir

De perros y gallinas

Alguna vez una amiga de ascendencia española me comentaba: “Un perro, aunque criado en un gallinero, sigue siendo un perro”. Ella se refería a sí misma, aunque mi amiga había sido criada en México, proclamaba que toda su formación y cultura era española.  Este es uno del os hilos conductores que guían nuestra relación, ella defendiendo su herencia española y abjurando la mexicana y yo queriéndole hacer ver que también es mexicana. Y no me malinterpreten,  no es por un nacionalismo mal infundado arraigado en el tan celebre: “pinches españoles, nos vinieron a conquistar”. Reconozco  las herencias indígena y occidental en la conformación de nuestro México, pero sobretodo, reconozco que nuestra identidad nacional no es ni española, ni indígena; somos cosa aparte y debemos reconocernos como tal.  Lo mexicano poco tiene que ver con lo español y lo prehispánico;  como toda identidad en el mundo, somos producto de la mezcla.

Mi mayor problema con mi amiga, es en la lógica de su argumento y en los presupuestos en  los que se fundamentan. Observemos el argumento de cerca: “Un perro, aunque criado en un gallinero, sigue siendo un perro”.  La frase nos remite a una especie de trascendencia de las características raciales de dos especies: perro y gallina;  dicho de otra forma, la comparación es a base de los rasgos raciales de dos especies.  Perro y gallina no pertenecen a la misma especie y por tanto su crianza no tendría que ver con su identidad, claro, si los animales se preocuparan por estas nimiedades. Al utilizar un argumento semejante  para referirse a nacionalidades nos indica que nacionalidad es igual a raza; encontraríamos pues, una suerte de trascendencia de los rasgos de la identidad nacionales. Aquellos elementos identirarios a todos los connacionales de un país  serían intrínsecos a sus miembros  como condición biológica equiparable a color de piel, altura o color de ojos.

No podemos comparar los rasgos  culturales no pueden ser comparados como rasgos físicos. Estos rasgos son construcciones sociales e históricas. Son artificiales, construidas a partir de comprensiones del mundo determinadas. El mito de la nacionalidad nos trata de convencer de una suerte de perpetuidad de la nación y por tanto, de los rasgos de la identidad nacional. Ser mexicano, español o estadounidense no es condición biológica pero producto de experiencias sociales y culturales específicas.  Los rasgos propios de una nacionalidad se generan a partir de memorias construidas y vivencias interpretadas a partir de marcos referenciales llamados “valores”, “identidad nacional” y “cultura”. Por tanto, las interpretaciones del mundo cambiarán si se modifican estos marcos referenciales.

A diario nos enfrentamos con preguntas como  ¿Qué significa ser mexicano? ¿Cómo nos enfrentamos a un escenario global con las herramientas que nos da la identidad  nacional? ¿Cómo darle sentido a elementos y contextos ajenos a nosotros? Estas respuestas las buscamos a diario con nuestras acciones, buscamos darle sentido al mundo desde nuestro marco cultural.  Nuestra identidad arraigada en una cultura nacional, no es más que la colección de herramientas y habilidades para comprender el mundo, pero a diario agregamos herramientas emitidas de otras latitudes. Ser mexicano va cambiando a diario y es una experiencia profundamente personal.

La comparación entre perros y gallinas no es lo mismo comparar entre españoles y mexicanos. Ser español y ser mexicano tiene más que ver con el estilo de crianza que con los rasgos raciales.  Pensar en que la nacionalidad es igual a raza y que rasgos identitarios son elementos fijos, es guiñar el ojo a aquellas ideas de la diferencia de razas, ideas que no sólo son retrogradas, sino que carecen de lógica argumentativa.  Bajo una  revisión somera y rápida, observamos que de ninguna forma, la identidad nacional puede ser equiparada como rasgo racial. La raza no conlleva a formas elementales de percibir el mundo, por el contrario, las formas de ver el mundo crean categorías de referencias. Es ilógico pensar que por ser de una raza determinada se observará al mundo de tal forma, no hay ningún tipo de memoria genética que herede las cogniciones sobre el mundo previo a las experiencias sociales. El mundo es interpretado de tal forma porque previamente hubo  una socialización que introduce a los individuos a un marco de referencia específico.  La cultura se comunica por medio de la socialización, no es previa a la experiencia social.

Un perro no se puede convertir en gallina aunque crezca en un gallinero, pero no cabe tal comparación entre españoles y mexicanos. Lo único que nos separa entre uno y otro, son las herramientas interpretativas para comprender el mundo. Claro, estas interpretaciones son diametralmente distintas, pero son diferencias culturales no arraigadas en las diferencias biológicas. Españoles y mexicanos no son dos razas distintas, son dos categorías construidas artificialmente a partir de consideraciones igual de míticas que la nacionalidad. Las fronteras no son más que líneas imaginarias arbitrarias en un mapa y poco a poco se construyeron mitos para sustentar estos límites. Si pensamos que las nacionalidades son raza, elevamos estos mitos a verdades incuestionables y es de aquí que nacen los nacionalismos y fundamentalismos.

Es así que las diferencias nacionales son dudosas, artificiales e inclusive ficticias, pero se han querido hacer pasar como diferencias preponderantes e intrínsecas a la existencia de los individuos. En dado caso, los hijos de inmigrantes serían completamente ajenos al marco referencial del país donde habitan, lo cual no es cierto; el hijo de mexicanos adquiere ambas herramientas, las de los padres y las del lugar donde habita.  Este proceso es lo que sucede con cada una de las comunidades de inmigrantes alrededor del mundo, que si bien si tratan de conservar su marco de interpretación intacto, pero es inevitable el diálogo y la transformación de marcos referenciales. Esto es lo que enriquece y transforma las culturales alrededor del mundo. La cultura no es fija, acontece y se transforma.

No hablamos de diferencias genéticas,  todos los hombres compartimos ADN, sólo son diferencias de comportamiento. No podemos seguir pensando acríticamente que somos diferentes razas, cualquier persona en este mundo puede adquirir cualquier marco de referencia, todo depende en el lugar donde crezca. La comparación entre perros y gallinas sólo es útil entre miembros de diferentes razas, no es pertinente entre hombres de diferentes nacionalidades. La comparación sería válida si comparáramos a hombres con elefantes, caso en el cual, efectivamente por más que el elefante fuera tratado como hombre no lograría convertirse en uno. En cambio un hombre puede convertirse en español o mexicano, si adquiere las referencias necesarias

 

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