Allá a donde queremos ir

Un grito desesperado o Destellos de simpleza.

Dicen los que saben que la generación Grunge y la generación de los Poetas Malditos, no deben ser reconocidas sobre la base de sus méritos estilísticos en sus disciplinas, sino que en realidad se les debe reconocer como señales de transformaciones sociales. Estas doctas opiniones nos dicen que los méritos de ambas generaciones son muy pocos o casi nulos, al menos en cuanto a la estética se refiere. Casi todos los grandes críticos nos dicen que tenemos que rescatar ambos movimientos como un fenómeno social y no tanto como corriente estética.

Siguiendo esta línea de pensamiento,  la gran victoria de estas generaciones se encuentra en lo social: dieron voz a quienes no la tenían. Y no es que hayan sido defensores de derechos sociales o hubieran encabezado movimientos por el reconocimiento de minorías; en realidad estos músicos y escritores lograron reflejar la podredumbre de una sociedad hipócrita. Cuándo la gran sociedad estadounidense pretendía dar su mejor cara al mundo, primero mediante el American Way of Life y después con el optimismo de finales de los ochentas; llegaron dos grupos de jóvenes para recordarles que Washington tenía cimientos fundados en la mierda. Tanto Charles Bukowski como Andrew Wood le escupieron a todo aquello que era políticamente correcto; los hermanos Kirkwood y Burroughs, lograron en momentos distintos, sacar al ojo público todo aquello que se quería esconder bajo la alfombra.

No es casualidad que Kerouac, Bukowski y compañía gocen del mote de Malditos. Ellos mismos son los maldecidos. Son la basura blanca, inmigrante y de escalas sociales bajas que busca desesperadamente por unas migajas de la opulencia americana. Hablan desde la simpleza de vivir en un motel de unos cuantos dólares la noche con las cucarachas como compañía; sus experiencias se basan en el alcohol y  en el arraigo a cualquier vicio que los escritores hayan tenido; sus artilugios se basan en encontrar cualquier trabajo que pueda solventar la fiesta de la noche en turno y sus grandes amoríos pueden cambiarlos por un vaso de whisky barato. Estas son las voces de vagabundos, desertores, alcohólicos, apostadores y viciosos; la mejor clase de estadounidense, al menos la más sincera. Son malditos porque le recuerdan a la cultura americana desde donde proviene y cuáles son sus herencias; el American Way of  Life no puede negar su cuna. Los Malditos hacen todo esto, siempre desde la simpleza de la escena cotidiana y Estados Unidos siempre los recuerda por esto.

La generación grunge de finales de los ochenta y principios de los noventa surge en un momento de desolación. Hay cierto optimismo en el aire pero toda esperanza es desmentida. Desde Chernobyl hasta la Caída del Muro de Berlín, todo indica que no hay nada en que creer. Crisis económicas a finales de los setenta, el desastre del Challenger, la Primera Guerra del Golfo, la propagación del SIDA y altos índices de desempleo; hacen que estos jóvenes  crezcan con cinismo y descrédito de todas las grandes ficciones que les han querido vender. El grito es de desesperación, por encontrar el camino donde ya no hay veredas. Por medio de la música tratan de olvidar cualquier tipo de grandilocuencia para encontrar espacios comunes de relación. No importa el espectáculo de la música de los ochenta, el gran estadio se cambia por un garaje de un vecindario suburbano, escenario donde el tedio sólo hace que la pesadumbre sea aún menos insoportable. Regresan a lo básico de tres acordes y una batería que acompaña los ritmos. El estruendo de la simpleza se hace presente y siempre podemos ubicar una melancolía por encontrar alguna señal que guíe a este grupo de muchachos perdidos.

Efectivamente, ninguno de estos personajes fueron grandes maestros de la técnica, ni se apegaba a las formas clásicas.  Pero creo que era esté el punto de todo esto. El repudio a lo políticamente correcto empezó en las artes. La cultura nos habla de su sociedad,  generaciones desesperadas nos dan arte desesperado. No importa que sea en el estridentismo del grunge o en la blasfemia literaria de droga y decadencia de Keruac. Ambas formas nos muestran lo vertiginoso que puede ser un impulso desenfrenado cuando se tiene el ímpetu te romper formas. Es el grito de la búsqueda de la libertad, grito mismo que dicen los estadounidenses que le dio forma a su país, irónicamente es lo que quisieron acallar.

Formas repulsivas, lenguajes ofensivos, blasfemias, ruido, adicciones y cualquier cosa que se pudiera encontrar en los pequeños caminos polvorientos de los pueblos estadounidenses olvidados por las grandes urbes; eso es lo que encontraremos tanto en los libros de la generación maldita como en la música del grunge. Se ríen del American Way of Life al tratar de no ser parte de ellos. Después, cuando el sistema los aceptó, el mismo Way of Life los buscó; ellos lo rechazaron y los amaron por ellos. El chiste es aún más triste. Las formas de putrefacción fueron parte de lo cool  y la alta cultura. No tuvieron otra alternativa que el suicidio, ahogarse en su propio vómito o un destino peor: saberse convencional. De cualquier forma, puede que sí, que estas expresiones hayan tenido que ver más con un fondo social que artístico y puede que efectivamente, no hayan sido los grandes maestros de la técnica. Pero no podemos negar que el grito de desesperanza de dos generaciones, marcó el camino de la cultura estadounidense. Habría que pensar si todo movimiento de vanguardia estética proviene de la nada o de un grito en lo social

Pues bien, esto sólo fue un pequeño comentario sobre una idea que tenía en la cabeza, ¿hay una relación entre la generación Beat y la generación Grunge? En los últimos días leí las cartas entre Burroughs y diversos músicos. Bukowski también intercambió correspondencia con muchas figuras de la música. Los músicos grunge no fueron los únicos que le escribieron a los beats. Personajes de la talla de Jim Morrison, Ian Curtis, Lou Reed, Roger Water y Tom Waits, intercambiaron correspondencia con el escritor. Sin embargo, encontré  un hilo conductor entre beat y grunge. Algo así como una resonancia del mismo eco a través de los años, uno y otro, creo entonces surgen de lo mismo, un grito desesperado o una búsqueda de la simpleza.

Claro está, ustedes me pueden rebatir y creo que no estaré en posición de discutirle. Me podrán echar en cara que el punk de los setenta o inclusive el jazz en su momento, fueron gritos impulsados por demandas sociales en forma de expresiones musicales. Las formas de los vanguardistas en la pintura, desde los expresionistas alemanes hasta el arte callejero de Banksy y de Os Gemeos. Tienen razón, pero por algo encuentro las mismas condiciones y  expresiones parecidas en las formas beat y grunge. Discúlpenme por favor, no estoy en capacidad de rebatir nada aquí, esto es sólo la exploración de una idea  que tuve. Es merecedora de un libro entero o al menos una disertación académica. Por lo pronto,  sólo busco poner mis pensamientos en papel.

Esto es un pequeño comentario sobre mis propios gustos. Perdonen si hablo de mis obsesiones pero no puedo negar que beat y grunge me han marcado profundamente. Sus motivos son lugares comunes en mis narraciones y gran parte de mi imaginería proviene de su tradición. Las referencias grunges y beats realmente me hablaron sobre cosas que creo que conocí. Puede ser que cuando crecí no hubo gritos desesperados o que no pude conectarme profundamente con nada.  Las referencias que ubiqué semejantes a las mías, fueron de personas diez, quince o veinte años mayores que yo; así como de sujetos que hablaban de tiempos que ya no existían. En su momento, sentí mayor conexión entre ellos y mi pequeña vida suburbana. No sé si existan formas que quieran rescatar la simpleza o que busquen escupirle a la cara a todo lo que sea políticamente correcto,  espero que las haya; mientras, seguiré buscando esos destellos que me hablen de los lugares en los que crecí.

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