Allá a donde queremos ir

Mijail Bajtin (Fragmento)

En este  breve comentario bajtiniano, espero que mi lector me disculpe por abrir un brevísimo paréntesis, en el cual me alejaré un poco de la tónica seria que permea cada eslabón de un trabajo de investigación. Si se me permitiré abandonaré el aire solemne que emana de cada una de las páginas de este humilde trabajo y me moveré a vientos más cálidos y así encontrarme con el pensamiento del ruso Mijail Bajtin.  Y es que el pensamiento del ruso, es un tanto más juguetón, si se me permite la palabra; busca los recovemos para esconderse, se infiltra en esas pequeñas hondonadas que nadie ve y se anida en las sombras más insignificantes de las estructuras de la sociedad occidental.

Debemos entender que las estructuras culturales, para el ruso, no se encuentran en las grandes instituciones que gobiernan la vida social; por el contrario, las observamos en el día a día, en la interacción cotidiana y en lo más íntimo de las relaciones humanas. La cotidianeidad es  el espacio en el que se constituye las estructuras de la vida social y cultural de los hombres; únicamente aquí es en donde podemos observar las verdaderas transformaciones culturales. Pareciera que el virus bajtiniano infecta desde adentro a cada estructura de pensamiento concebido y sometiéndola a una gran tensión, termina por destruyéndolas. No podemos concebir a Bajtin estático, sino en carne viva en los lenguajes y discursos de los hombres, es ahí donde encontramos el pensamiento del ruso, listo para romper las formas antiguas de pensar proponiendo nuevos espacios de interpretar el mundo.

Si lo pensamos detenidamente, la estructura socio-cultural más íntima que puede existir es el lenguaje. Se infiltra en nosotros hasta lo más profundo de nuestro ser y logra exteriorizar nuestros más profundos anhelos, ideas y sentimientos. El lenguaje es el puente para tocar  a nuestros semejantes por medio de la exposición, no siempre sincera, de lo que tenemos en nuestro interior. Es lógico pensar que en el uso del lenguaje donde observaremos las transformaciones culturales más profundas. El lenguaje es la representación de la interpretación del mundo, es la verbalización de nuestra cosmovisión, es discurso en sí mismo, no hay lenguaje que no presuponga una visión específica del mundo. Si hay transformación en el lenguaje, equivaldría a una transformación en la ideología misma del grupo que usa el lenguaje en cuestión. Es aquí que observamos que para Bajtin el híbrido es una categoría lingüística y discursiva, que se en el habla y es una transformación de la representación ideológica del mundo.

Si  asumimos que el lenguaje y por tanto, los individuos se pueden transformar, estamos pensando en individuos y culturas dinámicas capaces de incorporar elementos a partir del contacto con otros lenguajes. Por lo que  las transformaciones del lenguaje estarán íntimamente relacionadas con las dinámicas sociales, es decir, sólo un grupo en interacción social puede echar andar la transformación del lenguaje. La ideología se transformará en la medida en que haya contacto con otros discursos. Lo anterior, nos lleva a una segunda consideración, el discurso y los individuos, son producto directo de su tiempo y espacio, es un sujeto social contextualizado e histórico, generado a partir de  coyunturas (Perus, 1995).  La interpretación y la representación que un grupo le dé a su discurso dominante, estará imbricado  por su contexto y los intercambios discursivos que lleve a cabo. Más aún, el contacto entre otros grupos sociales ajenos al propio, indicaría que el individuo modifique su interpretación a partir del establecimiento de un diálogo.

El individuo en plena interacción social es el que único que podrá tejer signos y símbolos –crear textos- en discursos lo suficientemente fuertes para guiar a un grupo socio-cultural y es que los signos cobran sentido a partir de su relación con sus partes, un fonema no tiene sentido en sí mismo, cobra significado a partir de la relación de sus congéneres. Lo mismo sucede con los discursos, cobran sentido a partir de un contexto y su socialización. Pero entonces, no nos enfrentamos a una voz individualizada, por el contrario, la voz de los individuos sociales, son los ecos de la voz colectiva del grupo social, arraigada en el discurso dominante del grupo, encontramos una “polifonía discursiva” (Bajtin).

El proceso de  diálogo entre discursos y lenguajes, no es meramente un intercambio lingüístico, sino que atraviesa desde las formas ideológicas más sutiles hasta las expresiones masivas de la sociedad, tales como las instituciones que sustentan la vida en grupo. El diálogo presupone el intercambio profundamente ideológico y axiológico. Es así que llegamos a lo que Bajtin llamó como “Dialogismo”, el cual se refiere al encuentro de diferentes voces discursivas que interactúan entre sí en el enunciado. Como dice De Grandis: “esto se traduce en una modificación del estatuto del discurso, del texto, del autor y del lector que se va a reflejar en toda la línea crítica” (1995). A la condición polisémica en la que un enunciado tiene do o más voces discursivas, Bajtin le llama Heteroglosia.

En este sentido, la hibridación  es un principio discursivo, entendido como el encuentro de dos lenguas socializadas dentro de un solo acto del habla, es decir, dentro de una sola enunciación. Las múltiples voces terminan comprimidas sobre una misma expresión lingüística, lo cual indica que las dimensiones ideológicas-discursivas se funden en una misma expresión social, generando nuestras estructuras socio-ideológicas. La presunción sería la fusión de diversas voces en una para luego estimular la recombinación de diferentes voces en diferentes enunciaciones. Lo único que se percibe desde afuera de la enunciación, sería lo social, es decir, todas las  nuevas formas lingüísticas que se generarían.

Hay que resaltas que si bien todo lo anterior se da en un plano  lingüístico como producto de procesos sociales, el campo que por excelencia permite la multiplicidad de voces, es el texto literario. Las narraciones literarias, presuponen el rompimiento de una voz generalizada, la del autor, en diversas voces particulares, personajes. La construcción discursiva, a partir de esta fragmentación, dialoga con sí misma; obligando a nuevas recombinaciones y enunciados. El autor no puede escapar de su proceso de socialización, pero sus personajes generan el dialogismo dándole la voz a otro ausente pero discurso definido. La novela genera una hibridación a partir de la fragmentación de un mismo discurso incorporando a otro tácito, más bien presente como un fantasma, el cual no se ve pero se siente su presencia.

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