Allá a donde queremos ir

Cultura Democrática.

En Democratización: Teoría y Experiencia, Whitehead nos muestra los límites y alcances del significante “democracia”. Vemos  una suerte de dislocación entre lo presupuesto teóricamente por la democracia y sus asegunes originados de la experiencia empírica. Mediante  una perspectiva histórica y constructivista, Whiteahead nos hace ver lo que se ha negado por tanto tiempo: la democracia no es más que un discurso ideologizante que detenta ciertos valores políticos. Whitehead se defiende contra el relativismo, estableciendo ciertos límites estructurales, los cuales se anclan en el conocimiento práctico y en filtros deliberativos (2011). Podríamos llegar a considerar que lo que Whitehead hace como una suerte de hermenéutica del concepto democracia y como buen hermeneuta, el autor no se permite flotar a la deriva,  lejos del concepto del que parte.

 

Es así, que mediante estos mínimos anclados en la experiencia práctica, la hermenéutica de Whitehead surte efecto al guiarse por la praxis. Lo anterior provoca que tanto el concepto democracia como la metodología de Whitehead sean profundamente contextuadas.  Si bien la democracia es contextuada e histórica, el grupo social dominante ha logrado que la ficción de la democracia como organización común a todos los hombres sea socializada e interiorizada, cuando en realidad cada tradición articulará un diseño institucional determinado.

Ahora bien, la clase dominante busca asegurar las condiciones para perpetuar su dominación, empezando por establecer el dominio como la portadora del fin de la historia. El objetivo es lograr que la dominación se vea ahistórica y ajena de transformaciones y percibida como proceso natural (Osorio, 2004).  En nuestro caso,  generar el presupuesto que la democracia es el único régimen viable o en dado caso, es el más deseable. En segundo término debe  crear las condiciones para mantener la reproducción de clases sociales en las que se ha organizado la sociedad históricamente. La democracia  se percibe entonces, como un constructo que siempre fue y será.  Los procesos de organización productiva son asegurados bajo un marco institucional cuyas modalidades, reproducen las visiones e interpretaciones del mundo de acuerdo con lo requerido por la dominación, es decir, se asegura la dominación bajo instituciones democráticas deseables.

 Debemos considerar que cada patrón de reproducción del capital se traduce en un arreglo de dominación y de reproducción societal específico. El Estado se reacomoda según los requerimientos de la reproducción del capital y de la forma de dominación que se necesite (Osorio, 2004). Por tanto, la democracia es producto de la correlación de fuerzas específicas originadas en el nacimiento de la  modernidadn

Sin embargo, desde esta perspectiva, el análisis está incompleto; mientras que si es importante distinguir las condiciones materiales para la reproducción, la postura marxista deja relegado el elemento ideológico-cultural, subordinándolo a las formas de producción; elemento que en mi opinión, le da un sentido y dirección a la producción material societal. Son precisamente las narrativas que le dan una intencionalidad a los modos de producción históricos. Mi intención no es decir que el nivel ideológico sea preponderante sobre el material, únicamente  pretendo señalar que la dominación material no sería efectiva sin un discurso que sustentará dicho modo de producción y que dicho discurso, no es producto del reacomodo de las fuerzas productivas, sino de un bagaje cultural más profundo que le da un sentido a estas fuerzas productivas. En este sentido, el constructo discursivo de la democracia, surge como valor moral que asegura que todos pueden ser partícipes de las instituciones políticas.

La dominación es socializada e interiorizada, el discurso dominante y sus valores son apropiados por cada miembro de la sociedad. Sin embargo, esto tendrá éxito en la medida en que el discurso sea identificado como propio. Es decir, la democracia tendrá éxito en tanto sea percibida como mecanismo que asegura mis propios intereses. La dominación más efectiva, es aquella en la que no se hace explicita, de esta forma, las entidades estatales puede que no intervengan de manera evidente en la vida de los ciudadanos, pero  no significa que haya baja capacidad estatal en términos de Tilly (2010). El Estado, como expresión administrativa del discurso dominante, no tiene por qué hacerse presente en tanto los ciudadanos hayan interiorizado la dominación. La democracia, sobrevivirá en tanto se perciba como la ficción del gobierno de las mayorías.

De esta forma, la democracia para perpetuar su ficción debe admitir discursos competidores en el mercado social, de tal forma, pareciera que es el único régimen que admite su propia contradicción, pero al mismo tiempo es lo que posibilita que permanezca como orden social establecido.  Sin embargo, si observamos con mayor detenimiento, la democracia, como discurso, no está admitiendo competición alguna y es que si bien, su presupuesto es enfrentar distintos construcciones discursivas como significantes de alguna colectividad[1]; para que puedan encontrarse en una discusión racional y pacífica, todas estas colectividades necesitan del acomodo de las instituciones democráticas para competir por el poder. Es decir, la democracia admite discursos para que compitan entre sí, pero no admite alguna reestructuración del marco institucional donde se da dicha competición. De tal forma podemos identificar dos niveles: aquel nivel discursivo inferior al marco institucional democrático y el nivel metanarrativo que presupone a dicho marco institucional para que exista la competencia entre discursos y grupos sociales. El marco institucional democrático ha perfeccionado candados para asegurar su autoreproducción, mientras crea una ficción de competencia por igual en un mercado donde se lanzan significantes y discursos para ser apropiados por los individuos que buscan pertenencia (Bauman, 2006).

En  Los patios traseros de la democracia, Lechner estipula  que  la herencia ideológica-cultural determinaran una forma entender, crear y hacer política.  Cada estado y cada región tendrán una forma particular de hacer política dependiendo directamente del contexto donde se desarrolle su juego político. Al mismo tiempo, encontramos pues que toda forma de hacer política está sujeta al devenir histórico y por ende transformable. Así como en momentos históricos anteriores, paradigmas han marcado la manera de hacer política;  las nuevas formas de hacer política, y la elaboración de nuevas concepciones de la política se insertan en un contexto internación que podría denominarse como cultura posmoderna. La pregunta que se hace Lechner es: ¿en qué medida la cultura posmoderna contribuye a generar una cultura política democrática que sea capaz de responder a los problemas históricos de nuestras sociedades? Habrá que considerar primero el clima ideológico-cultural: generalizado proceso de desencanto, surgimiento de una nueva sensibilidad, desvanecimiento de los afectos, enfriamiento de las emociones, énfasis en la subjetividad, entre otros elementos (Lechner). En un contexto donde rompen los registros epistémicos tradicionales y se reinterpretan formas (Foster et al, 2006); la democracia debe romper sus parámetros tradicionales y reinterpretarse a sí misma.

Lo anterior señala a una crisis de identidad, lo cual no refleja otra cosa que la falta de vacíos referenciales. Los grandes sistemas axiológicos comunes no sirven de referencia para todos, un gran número de hombres no se articulan en torno a los viejos sistemas de creencias. Esto provoca que muchos hombres no se articulen en comunidades, erosionando la vida social y fragmentando del tejido social. Para quienes no se hacen partícipes del discurso y de los signos dominantes,  la vida social ha quedado descentrada al no haber referentes comunes; ya no se sabe que es deseable y que no lo es, se necesitan nuevos referentes simbólicos, ya que de la elaboración de nuevos criterios sobre lo que es posible y deseable, lo legítimo y lo racional, dependerá nuestra forma de hacer política.

De esta forma, los ciudadanos  buscan activamente discursos con los que puedan identificarse. Es así que se transforman en público-consumidor de todas las ofertas discursivas que se presenten en un mercado global que inunda contextos locales (Lash y Urry, 1998). La interpretación va de acuerdo con la elección discursiva que los ciudadanos hagan, su experiencia individualizada de la democracia, así como de los intereses que pujen al interior de los mecanismos de representatividad, serán  originados a partir de su autoreferencia con respecto a una colectividad determinante. De tal forma que los valores de un ciudadano serán aquellos que extraiga este último, del vínculo discursivo con respecto de la colectividad con la que se identifique.

Para hacer frente a prácticas, instituciones y discursos, que no tienen ligámenes con los ciudadanos, las figuras de colectividades independientes del discurso oficialista. Encuentro a los movimientos sociales como un intento de articulación de nuevos signos para redituar en nuevos discursos, los cuales terminaran generando nuevas instituciones y prácticas, con las que los ciudadanos entablen una identificación directa por medio un significante que funcione como referente directo con la colectividad. 

Esto no es nuevo, los partidos políticos que suponían la articulación de la sociedad entorno a intereses y a discursos específicos. Partidos políticos llegaron a solidificar instituciones y prácticas determinadas. Al respecto, debo mencionar que desde la perspectiva del neoinstitucionalismo sostiene que los actores políticos son individuos que reflejan los valores políticos provenientes de sus instituciones (Pieters, 2010).  Desde esta perspectiva, las instituciones generan discurso, para March y Olsen, las instituciones son un “conjunto de normas, reglamentaciones, supuestos y rutinas” (), mientras que la institución  política es un “conjunto de reglas y rutinas interconectadas que definen las conductas las acciones correctas en términos de relaciones entre roles y situaciones”  (March y Olsen) Yo parto del presupuesto posestructural y proveniente del análisis del discurso, en el que el discurso crea a las instituciones (Laclau; Mouffe). De naturaleza más orgánica, el discurso surge a partir de la articulación de signos y símbolos que le brindan significación a un grupo determinado,   sin importar que sean tomados de manera voluntaria o involuntariamente. En caso de los partidos políticos tradicionales, surge el discurso que ha logrado solidificarse en términos de Bauman, quien establece que una institución sólida se refiere a que puedan generar prácticas comunes, generales y reiteradas (2006). La cuestión cambia cuando colectividades no tienen identificación alguna los discursos presentados por partidos políticos. Es así que la reideologización de los partidos políticos resultaría preponderante para representar distintos discursos, es decir, distintos grupos sociales.

Una colectividad lanza su discurso al mercado, en el cual ya no sólo se intercambian mercancías sino también significaciones, signos, ideas y valores (Lash y Urry, 1998); para que sea apropiado por otros individuos y así el grupo social crezca.  No quiero decir que el discurso lanzado al mercado tiene que representar cabalmente al grueso de la sociedad,   en tanto los individuos retomen dicho discurso como propio, independientemente si los representa en su totalidad; el discurso logrará articular prácticas de comportamiento regulares y generales. No es que todos nos sentamos representados por la sociedad burguesa, pero hemos abrazado dicho discurso y permitimos que intereses particulares pasen como generales.

Lo que observamos en este año (2011) con las protestas en Medio Oriente, en España y Estados Unidos, no se refiere a una protesta únicamente; es la propagación de un discurso de una colectividad que no encuentra referencia alguna con las estructuras sociopolíticas, por tanto rompen con el registro anterior y se encuentran en pleno momento formativo de su propio discurso. Si el discurso logra solidificarse a tal grado, es posible que logren generar  prácticas institucionales generales, reconocidas no sólo al interior del grupo social, sino también al exterior. La propuesta de los movimientos sociales que han surgido durante este año, es una apuesta política por sensibilizar a la población y a su cognición, en términos de ruptura con los viejos registros y significaciones únicas. La democratización es un esfuerzo por propagar un discurso ideológico que presupone la universalización de los valores occidentales en un una época en la que las grandes narraciones están en entre dicho; en cambio, estos movimientos promueven una reinterpretación de la democracia construida a partir de sus propios referentes.

 


[1] De esta forma comprendo la relación entre colectividades que compiten por el poder y sus discursos institucionales. Al respecto podemos identificar desde partidos políticos,  sindicatos, organizaciones civiles o grupo sociales menos cohesionados como estudiantes o clase media. 

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