Allá a donde queremos ir

El consumo simbólico de lo pop

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Afterpop Fernandez & Fernandez spectáculo de spoken word a cargo de Agustín Fernández Mallo y Eloy Fernández Porta

A propósito del ensayo de Eco (1965) Apocalípticos e Integrados, en donde  distingue dos códigos culturales: el de la alta cultura, necesariamente elitista, y la baja cultura, producto de las industrias culturales para un público popular y basada en el consumismo sin freno.  Eco nos explica dos percepciones, dos horizontes interpretativos, de la cultura de masas;  una negativa y otra positiva. La primera indicaría una aproximación desde el pesimismo frankfurtiano, (Adorno y Horkheimer, 1979)  postulación que consideraría lo “popular”, lo masivo, como espacio de dominación y aletargamiento de la sociedad industrializada moderna; el público no es más que receptáculo de las formas culturales formadas desde las industrias mecanizadas provenientes de Occidente. La segunda perspectiva  haría referencia a espacio de democratización y accesibilidad a las nuevas formas de producción de contenido simbólico (McLuhan, 2000).

La problemática de la cultura de lo masivo, es que tiene  una doble cara: reproduce y critica modelos culturales consumistas. Desde la Escuela de Frankfurt hasta ahora, lo popular se ha reconvertido hasta alcanzar la alta cultura. En un paradigma  bastante confuso tendremos que pensar la distinción propia de la cultura masiva de nuestros tiempos.

Fernandez Porta (2010)  identifica tres ejes de la cultura de masas o pop, como él le llama; de la cultura post-industrial.  Primero le otorga cierta reflexividad al público-consumidor, una cierta capacidad de interpretación y de elección con respecto a lo simbólico producido por las industrias culturales; inclusive puede ser visto como un público-consumidor, políticamente (in)correcto, se hace pasar como parte de la masa irreflexiva y autocomplaciente, pero en el fondo, sabe que es algo distinto. Como lo he mencionado, el público-consumidor, se ha vuelto  hiperespecializado, sabe lo que quiere y le da un peso simbólico a su gusto. La burocratización de la sociedad llega hasta el fondo del espíritu. Podríamos llegar a considerar que existe un habitus del consumo, una suerte de mediación entre estructura y agencia por medio del acto de consumir cultura;  hay una mediación entre los impulsos otorgados por las estructuras necesariamente flexibles y la agencia reflexiva. El consumo cultural se puede interpretar como la interpretación e interiorización, simbólica y fáctica, de las estructuras flexibles (pos) modernas.

En un segundo término, Fernández Porta (2010) identifica una segunda transformación cualitativa entre  el pop tradicional y su afterpop. El objeto pop antes considerado como vacío de sentido únicamente manteniendo una forma estética agradable de consumir, ahora se complejiza integrando expresiones postmodernas, diferentes códigos culturales, expresiones subversivas, contraculturales y hasta formas  culturales ya en desuso (Fernández Porta, 2010).  Me permito invocar a aquella estructura flexible que Eco (1982) y Barthes (2000) consideran que las obras de arte deben tener en el fondo de sí mismas; esa obra abierta, es el objeto pop contemporáneo, o mejor debo decir, el objeto afterpop. Ahora los objetos se complejizan y pueden comprenderse desde una manera literal o como símbolos de algo más,

La tercera condición que identifica Fernández Porta (2010) es la naturaleza de los medios de comunicación. Si en un inicio, Adorno y Horkheimer (1979) distinguieron el poder de los medios de comunicación como articuladores de públicos consumistas irreflexivos y sin capacidad de decisión; los medios en un contexto líquido y globalizado, se han obligado a repensar su papel como productores simbólicos.  En un sentido podemos identificar claramente la reproducción de la dominación de Occidente, pero la reflexividad de un público especializado, la cual debemos pensar que es producto de la optimización del consumo, un público cada vez más especializado en su propio consumo para mejorar la línea de producción; ha obligado a complejizar los productos culturales, además de la permeabilidad entre discursos provenientes de diferentes contextos; ha construido un arsenal simbólico tan basto que las recombinaciones son insospechadas. Al mismo tiempo, el avance tecnológico ha logrado abrir las puertas para la disposición y edición de información. El público-consumidor reflexivo puede crear sus propios contenidos, ellos mismos se vuelven tanto gestor como gestionados. El monopolio de las formas se ha roto, aunque en su mayoría muchas de estas formas[1] no han logrado la mayor capacidad institucional, es decir, no han logrado desplazar a los medios tradicionales de sus puestos de poder. Aun así, la oferta simbólica ha desbordado la demanda.

En términos de Eco, los integrados, benevolentes e irreflexivos, es el público-consumidor contingente de esta época. Una casta cultural generada por la preocupación del bagaje simbólico, lo que los lleva fuera de sí mismos, elevándolos por encima de la masa, pero al mismo tiempo reconociéndose como parte de lo popular. Son consumidores que se comprenden como tal y desde la perspectiva   de su lugar en la sociedad, hacen la crítica de esta misma. (Fernández Porta, 2010). Argumento que este tipo de público-consumidor tiene mayor posibilidad de originarse en la clase media, debido a la especialización de  los campos culturales y sus discursos, por tanto, a medida de que se tenga mayor acceso a esta especialización gracias a  códigos culturales específicos como una educación determinada; se estará en mayor capacidad de interpretar las formas simbólicas dadas por los gestores y administradores de la cultura, mismos que se encuentran en posesión de los modos de producción. (Díaz y Palacios, 2010).

Sin otorgarle un carácter virginal a este  público-consumidor, también debemos recordar que sus formas de interpretación, simbólicas y discursivas, de las que hagan uso, no son más que las formas institucionalizadas por otros grupos anteriormente. Las expresiones posmodernas del afterpop, no son más que las  formas simbólicas originadas desde los grupos que no tienen el poder, por tanto no administran ni gestan nada.  Las formas de la alta cultura institucionalizada, son las formas populares de los grupos que han adquirido el poder (Fernández Porta, 2010). Además que debemos identificar los intereses políticos de cada grupo: cuando los marginados obtengan el poder, serán dueños de los modos productivos, económicos y simbólicos, de la sociedad, institucionalizando sus discursos.

El público-consumidor se debe reconocer sin ningún problema como parte del sistema capitalista postindustrial que origina una sociedad burocrática de consumo  controlado (Lowe, 1999; Fernández Porta, 2010). La tragedia, o la naturaleza de nuestra época, es que la reflexividad para interpretar la institucionalización y sus formas, es originada por aquello que mantiene las intrincadas formas de dominación. Tratar de destruir  nuestro medio sería contradecirnos como hombres capaces de repensarnos a nosotros mismos. La revolución no es la solución, sino repensar y deconstruir nuestra realidad en términos de Derrida (2003).


[1] Redes sociales, blogosfera, tv por internet, fanzines, radio por internet, podcasts, etc. 

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