Allá a donde queremos ir

La Construcción Discursiva de la Democracia

democracia_real El propósito de este breve trabajo es el de  identificar dos construcciones discursivas del significante “democracia”, presentado por formas de interpretación encontradas, una arraigada en la forma tradicional de la modernidad y otra que rompe con el registro epistémico anterior y que reinterpreta dicho constructo. La primera interpretación se enarbola por la idea de la democracia procedimental mínima y la segunda, apenas se está formando a partir del entendimiento de lo que debe ser la democracia, partiendo de la interpretación de dos movimientos sociales: Occupy Wall Street e Indignados México. Antes  debo problematizar y establecer la naturaleza discursiva del término, objetivo que  trataré de hacer en la primera parte del ensayo, para después pasar a desarrollar ambas interpretaciones.

En Democratización: Teoría y Experiencia, Whitehead nos muestra los límites y alcances del significante “democracia”. Vemos  una suerte de dislocación entre lo presupuesto teóricamente por la democracia y sus asegunes originados de la experiencia empírica. Mediante  una perspectiva histórica y constructivista, Whiteahead nos hace ver lo que se ha negado por tanto tiempo: la democracia no es más que un discurso ideologizante que detenta ciertos valores políticos. Whitehead se defiende contra el relativismo, estableciendo ciertos límites estructurales, los cuales se anclan en el conocimiento práctico y en filtros deliberativos (2011). Podríamos llegar a considerar que lo que Whitehead hace como una suerte de hermenéutica del concepto democracia y como buen hermeneuta, el autor no se permite flotar a la deriva,  lejos del concepto del que parte. Es así, que mediante estos mínimos anclados en la experiencia práctica, la hermenéutica de Whitehead surte efecto al guiarse por la praxis. Lo anterior provoca que tanto el concepto democracia como la metodología de Whitehead sean profundamente contextuadas.  Si bien la democracia es contextuada e histórica, el grupo social dominante ha logrado que la ficción de la democracia como organización común a todos los hombres sea socializada e interiorizada, cuando en realidad cada tradición articulará un diseño institucional determinado.

Ahora bien, la clase dominante busca asegurar las condiciones para perpetuar su dominación, empezando por establecer el dominio como la portadora del fin de la historia. El objetivo es lograr que la dominación se vea ahistórica y ajena de transformaciones y percibida como proceso natural (Osorio, 2004).  En nuestro caso,  generar el presupuesto que la democracia es el único régimen viable o en dado caso, es el más deseable. En segundo término debe  crear las condiciones para mantener la reproducción de clases sociales en las que se ha organizado la sociedad históricamente. La democracia  se percibe entonces, como un constructo que siempre fue y será.  Los procesos de organización productiva son asegurados bajo un marco institucional cuyas modalidades, reproducen las visiones e interpretaciones del mundo de acuerdo con lo requerido por la dominación, es decir, se asegura la dominación bajo instituciones democráticas deseables.

Debemos considerar que cada patrón de reproducción del capital se traduce en un arreglo de dominación y de reproducción societal específico. El Estado se reacomoda según los requerimientos de la reproducción del capital y de la forma de dominación que se necesite (Osorio, 2004). Por tanto, la democracia es producto de la correlación de fuerzas específicas originadas en el nacimiento de la  modernidad

Sin embargo, desde esta perspectiva, el análisis está incompleto; mientras que si es importante distinguir las condiciones materiales para la reproducción, la postura marxista deja relegado el elemento ideológico-cultural, subordinándolo a las formas de producción; elemento que en mi opinión, le da un sentido y dirección a la producción material societal. Son precisamente las narrativas que le dan una intencionalidad a los modos de producción históricos. Mi intención no es decir que el nivel ideológico sea preponderante sobre el material, únicamente  pretendo señalar que la dominación material no sería efectiva sin un discurso que sustentará dicho modo de producción y que dicho discurso, no es producto del reacomodo de las fuerzas productivas, sino de un bagaje cultural más profundo que le da un sentido a estas fuerzas productivas. En este sentido, el constructo discursivo de la democracia, surge como valor moral que asegura que todos pueden ser partícipes de las instituciones políticas.

La dominación es socializada e interiorizada, el discurso dominante y sus valores son apropiados por cada miembro de la sociedad. Sin embargo, esto tendrá éxito en la medida en que el discurso sea identificado como propio. Es decir, la democracia tendrá éxito en tanto sea percibida como mecanismo que asegura mis propios intereses. La dominación más efectiva, es aquella en la que no se hace explicita, de esta forma, las entidades estatales puede que no intervengan de manera evidente en la vida de los ciudadanos, pero  no significa que haya baja capacidad estatal en términos de Tilly (2010). El Estado, como expresión administrativa del discurso dominante, no tiene por qué hacerse presente en tanto los ciudadanos hayan interiorizado la dominación. La democracia, sobrevivirá en tanto se perciba como la ficción del gobierno de las mayorías.

De esta forma, la democracia para perpetuar su ficción debe admitir discursos competidores en el mercado social, de tal forma, pareciera que es el único régimen que admite su propia contradicción, pero al mismo tiempo es lo que posibilita que permanezca como orden social establecido.  Sin embargo, si observamos con mayor detenimiento, la democracia, como discurso, no está admitiendo competición alguna y es que si bien, su presupuesto es enfrentar distintos construcciones discursivas como significantes de alguna colectividad[1]; para que puedan encontrarse en una discusión racional y pacífica, todas estas colectividades necesitan del acomodo de las instituciones democráticas para competir por el poder. Es decir, la democracia admite discursos para que compitan entre sí, pero no admite alguna reestructuración del marco institucional donde se da dicha competición. De tal forma podemos identificar dos niveles: aquel nivel discursivo inferior al marco institucional democrático y el nivel metanarrativo que presupone a dicho marco institucional para que exista la competencia entre discursos y grupos sociales. El marco institucional democrático ha perfeccionado candados para asegurar su autoreproducción, mientras crea una ficción de competencia por igual en un mercado donde se lanzan significantes y discursos para ser apropiados por los individuos que buscan pertenencia (Bauman, 2006).

En  Los patios traseros de la democracia, Lechner (1990) estipula  que  la herencia ideológica-cultural determinaran una forma entender, crear y hacer política.  Cada estado y cada región tendrán una forma particular de hacer política dependiendo directamente del contexto donde se desarrolle su juego político. Al mismo tiempo, encontramos pues que toda forma de hacer política está sujeta al devenir histórico y por ende transformable. Así como en momentos históricos anteriores, paradigmas han marcado la manera de hacer política;  las nuevas formas de hacer política, y la elaboración de nuevas concepciones de la política se insertan en un contexto internación que podría denominarse como cultura posmoderna. La pregunta que se hace Lechner es: ¿en qué medida la cultura posmoderna contribuye a generar una cultura política democrática que sea capaz de responder a los problemas históricos de nuestras sociedades? Habrá que considerar primero el clima ideológico-cultural: generalizado proceso de desencanto, surgimiento de una nueva sensibilidad, desvanecimiento de los afectos, enfriamiento de las emociones, énfasis en la subjetividad, entre otros elementos (Lechner, 1990). En un contexto donde rompen los registros epistémicos tradicionales y se reinterpretan formas (Foster et al, 2006); la democracia debe romper sus parámetros tradicionales y reinterpretarse a sí misma.

Lo anterior señala a una crisis de identidad, lo cual no refleja otra cosa que la falta de vacíos referenciales. Los grandes sistemas axiológicos comunes no sirven de referencia para todos, un gran número de hombres no se articulan en torno a los viejos sistemas de creencias. Esto provoca que muchos hombres no se articulen en comunidades, erosionando la vida social y fragmentando del tejido social. Para quienes no se hacen partícipes del discurso y de los signos dominantes,  la vida social ha quedado descentrada al no haber referentes comunes; ya no se sabe que es deseable y que no lo es, se necesitan nuevos referentes simbólicos, ya que de la elaboración de nuevos criterios sobre lo que es posible y deseable, lo legítimo y lo racional, dependerá nuestra forma de hacer política.

De esta forma, los ciudadanos  buscan activamente discursos con los que puedan identificarse. Es así que se transforman en público-consumidor de todas las ofertas discursivas que se presenten en un mercado global que inunda contextos locales (Lash y Urry, 1998). La interpretación va de acuerdo con la elección discursiva que los ciudadanos hagan, su experiencia individualizada de la democracia, así como de los intereses que pujen al interior de los mecanismos de representatividad, serán  originados a partir de su autoreferencia con respecto a una colectividad determinante. De tal forma que los valores de un ciudadano serán aquellos que extraiga este último, del vínculo discursivo con respecto de la colectividad con la que se identifique.

Para hacer frente a prácticas, instituciones y discursos, que no tienen ligámenes con los ciudadanos, las figuras de colectividades independientes del discurso oficialista. Encuentro a los movimientos sociales como un intento de articulación de nuevos signos para redituar en nuevos discursos, los cuales terminaran generando nuevas instituciones y prácticas, con las que los ciudadanos entablen una identificación directa por medio un significante que funcione como referente directo con la colectividad.

Esto no es nuevo, los partidos políticos que suponían la articulación de la sociedad entorno a intereses y a discursos específicos. Partidos políticos llegaron a solidificar instituciones y prácticas determinadas. Al respecto, debo mencionar que desde la perspectiva del neoinstitucionalismo sostiene que los actores políticos son individuos que reflejan los valores políticos provenientes de sus instituciones (Peters, 2003).  Desde esta perspectiva, las instituciones generan discurso, para March y Olsen, las instituciones son un “conjunto de normas, reglamentaciones, supuestos y rutinas” (1997), mientras que la institución  política es un “conjunto de reglas y rutinas interconectadas que definen las conductas las acciones correctas en términos de relaciones entre roles y situaciones”  (March y Olsen, 1997) Yo parto del presupuesto posestructural y proveniente del análisis del discurso, en el que el discurso crea a las instituciones (Laclau, 1998; Mouffe, 2003). De naturaleza más orgánica, el discurso surge a partir de la articulación de signos y símbolos que le brindan significación a un grupo determinado,   sin importar que sean tomados de manera voluntaria o involuntariamente. En caso de los partidos políticos tradicionales, surge el discurso que ha logrado solidificarse en términos de Bauman (2006), quien establece que una institución sólida se refiere a que puedan generar prácticas comunes, generales y reiteradas. La cuestión cambia cuando colectividades no tienen identificación alguna los discursos presentados por partidos políticos. Es así que la reideologización de los partidos políticos resultaría preponderante para representar distintos discursos, es decir, distintos grupos sociales.

Una colectividad lanza su discurso al mercado, en el cual ya no sólo se intercambian mercancías sino también significaciones, signos, ideas y valores (Lash y Urry, 1998); para que sea apropiado por otros individuos y así el grupo social crezca.  No quiero decir que el discurso lanzado al mercado tiene que representar cabalmente al grueso de la sociedad,   en tanto los individuos retomen dicho discurso como propio, independientemente si los representa en su totalidad; el discurso logrará articular prácticas de comportamiento regulares y generales. No es que todos nos sentamos representados por la sociedad burguesa, pero hemos abrazado dicho discurso y permitimos que intereses particulares pasen como generales.

Lo que observamos en este año (2011) en Medio Oriente, en España y Estados Unidos, no se refiere a una protesta únicamente; es la propagación de un discurso de una colectividad que no encuentra referencia alguna con las estructuras sociopolíticas, por tanto rompen con el registro anterior y se encuentran en pleno momento formativo de su propio discurso. Si el discurso logra solidificarse a tal grado, es posible que logren generar  prácticas institucionales generales, reconocidas no sólo al interior del grupo social, sino también al exterior. La propuesta de los movimientos sociales que han surgido durante este año, es una apuesta política por sensibilizar a la población y a su cognición, en términos de ruptura con los viejos registros y significaciones únicas. La democratización es un esfuerzo por propagar un discurso ideológico que presupone la universalización de los valores occidentales en un una época en la que las grandes narraciones están en entre dicho; en cambio, estos movimientos promueven una reinterpretación de la democracia construida a partir de sus propios referentes.

Los movimientos Occupy Wall Street y los autodenominados Indignados México, son articulaciones bajo una comprensión distinta de la interpretación oficialista de lo que en sus localidades comprenden por democracia. De manera somera establezco lo siguiente: tanto en Estados Unidos como en México existe una democracia procedimental pero no de manera sustantiva.  En ambos contextos podemos considerar estructuras de rendición de cuentas y prácticas democráticas de representación como las elecciones. El debate entre democracia procedimental y democracia sustantiva tiene como uno de sus ejes de discusión, si acaso la democracia debe preocuparse por las felicidades de los gobernados  (Quiroga, 2000). La primera postura no establece responsabilidad alguna, la receta correcta no obliga a resultados correctos, mientras que la segunda  no hago a la democracia en su procedimiento sino que la extrapola en una responsabilidad de bienestar social para con sus ciudadanos (Quiroga, 2000).

Las concepciones de ambos movimientos sociales se encuentran más cercanas a la concepción de la democracia sustantiva. Occupy Wall Street pugna por una democracia que salga de los procedimientos (Declaration of the Occupation of New York City, 2011) y se acerque a lo que Shiva llama como “democracia vivía”, término que define como “aquella en la que la gente puede tomar decisiones sobre sus vidas e influir sobre las condiciones en las que vive” (2006). En el caso de Indignados México, movimiento que además se percibe a sí mismo como un movimiento global cohesionado a partir de ciertos valores y significantes exportados a contextos locales[2];  reconoce procedimientos políticos pero que no necesariamente indiquen una democracia real[3].

Debo mencionar que la relación entre democracia sustantiva y la democracia viva se presenta como una extrapolación de las condiciones de la primeras, inundando cada esfera de vida de los ciudadanos. No solamente que se pretende que haya mínimas condiciones de vidas, sino que procure mecanismos para la transformación de las instituciones y prácticas en tanto sean deseadas u observadas como necesarias. La democratización excede la política abarcando cada dimensión de la vida social (Shiva, 2006).

Observamos que existen dos referentes que pugnan por la hegemonía del significante “democracia”, uno enteramente procedimental y otro de contenidos. Si bien esta pugna no es nueva, lo que si s nuevo es que en la experiencia empírica, ha articulado dos colectividades: aquellos grupos dominantes tradicionales que enarbolan el valor de la democracia como validación de su dominio; y otro que apenas emerge que no distingue las prácticas democráticas como propias.

La democracia procedimental mínima se arraiga en la articulación de  individuos separados unos de otros (Castoriadis, 2007). Esta surge a partir de  las formas tradicionales de la modernidad, en la que un voto puede hacer la diferencia. La individualización del hombre surge a partir de la modernidad y provoca la ruptura de la comunidad (Quiroga, 2000). No es de extrañar que los procedimientos democráticos modernos surjan a partir del presupuesto de la actividad individual y no perciben la articulación de colectividades; aunque pretenden enarbolar valores  comunes. Es por que el referente tradicional de democracia no conciba más que el aseguramiento de los procedimientos de participación individual. La democracia procedimental pugna por un bien común individualizado, que comprende una forma particular a cada individuo de lo que significa ser feliz.

Por el contrario, el modelo de democracia viva pugna por un nuevo referente, una forma posmoderna, es decir una forma que rompe el referente tradicional de democracia y admite una nueva interpretación; que nace de la democracia fundamentada en el contenido y no únicamente en su forma. La democracia viva es una democracia sustantiva en la que se pueda juzgar los resultados como moralmente “buenos”. Observamos que se retoma una teleología de la democracia (Whitehead, 2010); que bajo el paradigma de la democracia  procedimental había sido rechazada  por considerarse a la democracia como mecanismos para alcanzar fines últimos y no que esta fuera el fin en sí mismo (Pzeworski, 2010). El referente ulterior es la moralidad, la valorización de lo democráticos, la interpretación de quienes no se sienten identificados con los valores de individualización se hace presente al incorporar el significante un bien común. Sin embargo, esta  moralización no está exenta de politización, ya que si bien el discurso es crear prácticas e instituciones horizontales, lo que está en juego es la pugna por la hegemonía de la interpretación de lo que es democrático y no.

La complejidad de una concepción surge a partir del constructo del “bien común”, algo que  dificulta entablar ligámenes con un referente empírico. Mientras que la democracia procedimental ancla su fundamento en el bienestar individualizado, la nueva  la democracia de estos movimientos, presupone un consenso colectivo de lo que significa el bien común.  En efecto observamos cierta concordancia en los ejes programáticos entre  los movimientos mencionados, resulta altamente complicado indicar que es el bien común para tantos ciudadanos.  A mi parecer, esta concordancia surge a partir del apego a ciertas formas occidentales encarnadas en valores como igualdad y justicia social. Aun así, es muy complicado extrapolar cada valor generalizado a los contextos locales.

La presuposición de que alguna colectividad pueda articular una verdad última, es prácticamente una falacia (Pzeworski, 2010). Es así que nacen los discursos institucionalizados, como verdades oficiales  a las que los hombres puedan acceder. La institucionalización surge a partir del problema de concepciones particulares, es una necesidad para cohesionar a grupos sociales. En el supuesto de que ambos movimientos puedan lograr hegemonía de sus concepciones de la democracia, necesitarán institucionalización de dichas concepciones. Inclusive ahora, ya han generado prácticas generales y comunes para el buen funcionamiento de sus colectividades[4]. Cualquier definición dada compite en el mercado social por ganar adeptos, esto no indica que  se proponga una definición acabada y completa, por el contrario, es una definición que nace a partir la correlación de fuerzas específica. Una vez que la definición logre solidificarse, nuevas interpretaciones articuladas por grupos que no se sienten identificados con el discurso dominante buscarán generar la propia. Es así que la democracia es un constructo discursivo sujeto a  un proceso dialéctico entre interpretaciones y discursos.

Sin embargo, para reconocer este proceso dialéctico en la construcción discursiva de la democracia, tendría que incorporar los movimientos sociales como parte integrante de la democracia. Al respecto, tanto Bobbio (2006) como Habermas (1999), reconocen la disidencia al pensar en  una democracia sustantiva con derecho a desobediencia civil.  En el discurso, la democracia viva de los indignados y de los ocupantes de Wall Street, reconocerían el derecho a la disidencia de su interpretación discursiva; dado que sus prácticas y discurso surge precisamente de la disidencia. Pero aseverar lo anterior sería considerar que los miembros de dichos movimientos reconocen el conflicto de contrarios como constitutivo del proceso democrático.

Si se admite un proceso dialéctico de la democracia, supondría multiplicidades de interpretaciones y múltiples colectividades. La diferencia con la democracia procedimental, es que esta última trabaja sobre la individualización de la sociedad. La segunda se basa en las colectividades humanas. En este sentido, Arato y Cohen (2000) consideran que los movimientos sociales constituyen el elemento  dinámico en procesos que podrían convertir en realidad laos potenciales positivos de las sociedades civiles modernas. Por tanto, existiría una relación entre democracia y movimientos sociales en la democracia viva. De acuerdo con Arato y Cohen (2000), se da una  defensa  de proyectos discursivos y una democratización de la sociedad civil que aceptan la diferenciación estructural y reconocen la integridad de los sistemas políticos y económicos. Los diseños estructurales también cambian bajo proyecto y entendimiento de los discursos. Al mismo tiempo, en esta óptica de la democracia se recupera  lo que vale la pena ser recuperado en las instituciones, normas y  culturas políticas de las sociedades civiles contemporáneas y ligarlas con nuevas identidades, formas de organización y escenarios de conflicto (Arato y Cohen, 2000).

Ahora bien, el escenario de la discusión y del conflicto entre interpretaciones es necesariamente el espacio público (Quiroga, 2000). El mercado del cual elegirán los ciudadanos las opciones discursivas es la esfera de lo público. La democracia   procedimental  individualizada hace diferenciación entre espacio público y privado, el bienestar social se ubica en el primero, mientras que la felicidad se encuentra en el privado (Castoriadis, 2007). Las decisiones en lo público, en el proceso democrático, no deben ser afectadas por las consideraciones públicas (Quiroga, 2000).

Pero bajo el presupuesto comunitario de la democracia viva, la cual, si recordamos que inunda cada esfera vital, se borran los límites entre lo público y lo privado. El  constructo colectivo del bien común presupone la adición de la felicidad particular de los hombres. Los ciudadanos se comprenden a sí mismos como parte integrante de un grupo, la participación no es a partir de individuos separados, sino como partes integrantes de una colectividad; observamos claramente  tanto los integrantes de Occupy Wall Street como de Indignados México, se comprenden como elementos de algo mayor (Declaration of the Occupation of New York City, 2011; Propuesta Indignados México, 2011).

De acuerdo a la tradición democrática liberal, el poder se obtiene y pierde en la arena pública (Quiroga, 2000); pero lo privado al convertirse en público, se asegura lo antes mencionado sobre la socialización del discurso. De la generación de mecanismos  que pretenden mayor democratización en la participación en las estructuras sociopolíticas y en la capacidad de transformación en las mismas, puede surgir incapacidad de hacerlo al interiorizar la dominación.

De nuevo, hay que considerar que abrir una nueva significación sobre la democracia, no presupone la mejora de esta. Simplemente abre nuevos horizontes interpretativos. Esposito (1996) nos menciona esto al indicar la naturaleza mítica de la democracia arraiga en la percepción de la democracia como valor. Al atribuirle valor y normatividad moral a la democracia, el discurso se consagra a nivel de mito, existe una profunda transformación epistémica con respecto a  su esencia (Esposito, 1996). De ser un ordenamiento social, ahora es un deber moral, el peligro surge al no cuestionar  ni la sustancialidad ni los procedimientos de un orden democrático determinado; ya no se puede cuestionar a la democracia presente en un contexto, se vuelve amoral. Encontramos entonces que la moralidad de la democracia puede  desembocar en una tiranía democrática desde los valores enarbolados por el discurso.

Es así que una nueva interpretación de los valores democráticos no supondría una mejora en la calidad de las instituciones de representación y de ordenamiento social.  Únicamente nos enfrentamos a una nueva definición de la democracia. Por otra parte, la institucionalización de un discurso, sin importar que sea un nuevo horizonte interpretativo, forzosamente indica el establecimiento de procedimientos determinados; de tal forma, la forma presupone un contenido y contenido no puede existir sin forma (Morlino, 2005). Sea cual sea la interpretación y  la  producción simbólica de la democracia,  esta presenta sus asegunes.  Lo que observamos con los nuevos discursos democráticos tanto en Occupy Wall Street como en  Indignados México, es un nuevo entendimiento de  instituciones y prácticas originadas en la modernidad. Si bien, no es algo enteramente nuevo, si  reinterpretan algunos viejos presupuestos modernos rompiendo un viejo registro, una forma posmoderna si se quiere.

Ahora bien, debemos identificar que el metadiscurso de la democracia como marco referencial no se pone en duda, son los procedimientos específicos relacionados a un contexto es lo que se pone en duda. Por más que se incluyan nuevas interpretaciones  en el mercado social, no se pone en duda el marco referencial democrático; se sigue percibiendo que la democracia es el mejor ordenamiento social. Pero al mismo tiempo, aquí encontramos una posibilidad democratizadora para la misma democracia, a partir de la apertura de nuevos horizontes interpretativos y la recombinación de los discursos; esto podría generar nuevas formas democráticas e inclusive llegar a problematizar la naturaleza democrática del mismo marco referencial. La posibilidad yace con la hermenéutica contextualizada de Whitehead, que si bien la recombinación de entendimientos del constructo; los horizontes de interpretación para los discursos deben surgir a partir de las experiencias empíricas y de los referentes sociales correspondientes a las colectividades que intentan representas.

Mi intención aquí no es la de discernir categóricamente que concepción sobre la democracia es mejor, únicamente he pretendido establecer la naturaleza discursiva del término y la manera en que se transforma el término a partir de una definición determinada; el discurso ideológico nace en la definición misma. Al mismo tiempo he querido demostrar que  ninguna definición está exenta de vicios y que ambas percepciones no son neutrales y por el contrario, responden a intereses políticos determinados. Mi propósito aquí es presentar la problemática y establecer la naturaleza profundamente ideológica de la democracia, reconociendo que todo lo que creemos del concepto nace a partir del triunfo de un proyecto determinado.

Finalmente, tampoco he pretendido agotar los presupuestos escondidos detrás de las definiciones de la democracia, sólo es una aproximación somera a concepciones mutuamente excluyentes más representativas a mi parecer; para discernir todo lo presupuesto por ambas interpretaciones haría falta todo un trabajo de tesis de posgrado, por lo que sólo he querido  presentar la lucha entre dos concepciones del deber ser democrático y por tanto de la sociedad.

Bibliografía

BARRA, Israel (2001, 15 de octubre). ”Un grupo de ‘indignados’ en México se suma al movimiento internacional” En CNN México. Recuperado el 16 de noviembre de 2011, en http://mexico.cnn.com/

BAUMAN, Zygmunt. (2006). Vida Líquida. México: Paidos.

BOBBIO, Norberto. (2006). Liberalismo y democracia. México: FCE.

CASTORIADIS, Cornelius. (2007). Democracia y Relativismo. Madrid: Trotta.

COHEN, Jean y ARATO, Andrew. (2000). Sociedad Civil y Teoría Política. México: FCE.

ESPOSITO, Roberto. (1996). Confines de lo político. Nuevo pensamiento sobre política. Madrid: Trotta.

FOSTER, Hal. (Edit). (2006) La Posmodernidad. Madrid: Kairós

HABERMAS, Jurgen. (1999). La Inclusión del otro: estudios de teoría política. México: Paidos.

INDIGNADOS MÉXICO. (2011, Octubre 20). Propuesta. Recuperado el 13 de noviembre de 2011, de http://es-es.facebook.com/note.php?note_id=278275872205992

LACLAU, Ernesto. (Edit.) (1998). Debates políticos contemporáneos: en los márgenes de la modernidad. México: Plaza y Valdés.

LASH, Scott. y URRY, John. (1998). Economía de signos y espacio. Madrid: Amorrortu.

LECHNER, Norberto. (1990) Los patios interiores de la democracia. México: FCE.

MASH, James y OLSEN, James. (1997). El redescubrimiento de las instituciones: la base organizativa de la política. México: FCE


[1] De esta forma comprendo la relación entre colectividades que compiten por el poder y sus discursos institucionales. Al respecto podemos identificar desde partidos políticos,  sindicatos, organizaciones civiles o grupo sociales menos cohesionados como estudiantes o clase media.

[2] Al respecto véase la Propuesta del sitio de Facebook de Indignados México.

[3] El órgano rector coordinante que se manifestó en el Monumento a la Revolución se autodenomina como “México toma la calle, democracia Real, ¡YA!”

[4] Véase Human Microphone en Occupy Wall Street.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s