Allá a donde queremos ir

La administración e industria cultural

Ya lo ha dicho Bauman (2006),  la cultura  entendido como término y discurso civilizatorio, se divide en  gestores y gestionados, en administradores y administrados. Es claro que quien administra busca reproducir sus propios términos administrativos.  La imposición se hace evidente: un grupo de individuos marcan lo que es civilizado y lo que no, lo que es útil  y lo que no.  Lo que consideramos como natural, propio y único de una colectividad, resulta que fue la decisión de un grupo dominante.  Esto es desolador, todo lo que consideramos como propio y endógeno de a nuestra propia identidad nacional, resulta que fue producto de una construcción  cuidadosamente armada para  asegurar  un estatus quo (Bauman, 2006). 

Los administradores culturales controlan desde la producción cultural hasta el consumo. Si bien los productores culturales, pueden ser ajenos a la administración cultural;  son despojados de su producto e inmersos en la maquinaria de distribución cultural. Vemos pues que ya no importa quién hizo el bien cultural, sino qué papel juega en la industria cultural. Una respuesta puede encontrarse en los productores culturales, cuando buscan abrir el consumo y eliminar al intermediario;  que se establezca una relación uno a uno entre el bien cultural y el consumidor., eliminar  interpretaciones oficialistas administrativas que establezcan que es y que no es cultura.

Sin embargo, nos enfrentamos a la otra parte de la industria y administración cultural,  el consumo controlado. En la sociedad burocrática de consumo controlado la lógica dictaminadora de las relaciones sociales es el consumo. La relación entre gestores culturales y gestionados, no se da desde una lógica política: la dominación de un grupo sobre otro; sino se concibe desde la lógica del mercado: el consumo de un grupo sobre los bienes dictaminados por otro grupo. Al tiempo en que las producciones simbólicas, realizadas para apropiarse del mundo (Gliezer Salzman, 1997) son introducidas a la línea de producción industrial; lo mismo sucede con los consumidores, quienes son formados  bajo una educación modelando la línea de producción (Robinson, 2009). Los mismos consumidores también son maquilados y producidos para que funcionen en un consumo vertiginoso, donde lo único que importa es usar y tirar los productos consumidos Bauman, 2006).

La estandarización llega a lo más íntimo de la vida del hombre. La misa reproducción simbólica,  cultura, se encuentra estandarizada. Adorno y Horkheimer  (1979)  identifican esta condición, o mediante la división de trabajo a la producción cultural y un mercado cultural masificado. Vemos pues que es condición (pos) moderna que  la producción de contenidos simbólicos, de contenidos culturales;  se realiza desde una profunda estandarización del trabajo. Nos enfrentamos a la maquila de símbolos.

Pero no hay que olvidar este  ritmo vertiginoso de  producción y consumo de  cultura, no es más que el producto de la condición líquida de la vida societal (Bauman, 2006). Para que las producciones simbólicas pudieran sobrevivir en la modernidad líquida, tuvieron que volverse desechables. Y dado que la cultura no se concibe en términos de acumulación  (Thompson, 1990), sin en términos de Zallo (2009) como:

“un conjunto de ramas, segmentos y actividades auxiliares industriales productoras y distribuidoras de mercancías con contenidos simbólico, concebidas por un trabajo creativo, organizadas por un capital que se valoriza y destinadas finalmente a los mercados de consumo con una función de reproducción ideológica y social”

En la modernidad líquida, la cultura da un giro cualitativo  muy importante: se trata de la producción simbólica y desde la sociedad burocrática de consumo controlado, en la definición se admite que el consumo es igual de importante que la producción. Pero visto desde los ojos de los administradores culturales, no se podría admitir multiplicidad de interpretaciones; si cada interpretación es válida, todos nos volveríamos gestores, cada uno de nosotros tendríamos la capacidad autónoma de decidir qué es y que no es cultura. Si bien la razón ya no es dictaminada por la lógica política, existen intereses políticos: preservar un orden establecido; la competición por el monopolio de las formas institucionales de presentación se abre a cualquier grupo y a cualquier discurso. La gestión simbólica tiene intereses políticos, quien controla la administración controlará la producción y el consumo. La competencia por la institucionalización de los discursos es la competencia por la gestión de la interpretación del mundo de vida.

Bauman (2006) nos dice que la cultura contemporánea, es una “cultura de desvinculación, de discontinuidad y olvido”. Un arraigo efímero crece entre la producción simbólica como formas de autorepresentación.  Condición necesaria para sobrevivir la modernidad líquida. Pero aunque tengamos que volvernos más volátiles para podernos mover en una sociedad líquida y si consideramos que lo líquido sigue siendo forma y estructura, nuestros arraigos son discontinuos desde un paradigma específico, el de la fijación moderna; pero podrían ser igual de fuertes desde otra forma de ver el mundo. Consideremos la hibridación, sino el arraigo no fuera si quiera algo fuerte, los procesos de reinterpretación y apropiación no existirían; por el contrario, sujetos en contextos locales simplemente abandonarían sus viejas formas simbólicas y adquirirían nuevas. Esto no es así, observaremos claramente que no se olvidan las viejas formas, ni se asumen completamente otras nuevas; sino que hay una combinación en una suerte de permeabilidad entre simbolismos culturales que se ponen en contacto. Esto  podría ser resultado de una forma de arraigo que de primera mano parece discontinuo, pero que en realidad es igual de fuerte pero permeable.

Desde una forma tradicional de la modernidad, de Kooning (1992) estaría en lo cierto al indicar que “el contenido es una visión fugaz”, en concordancia con lo que establece Michaud (2003) cuando dictamina que el mundo contemporáneo “está vaciado y vacío” de obras de arte. Pero en una sociedad volcada a la estética, a la forma y no en el fondo; lo que parece vacío de sentido es lo más simbólico, lo más lleno de significados (Bauman, 2006). Recordemos que la forma es fondo, es una elección retórica discursiva y que cuando un  objeto, pareciera que se vacía de contenido, se convierte en signo, por tanto, el objeto se vuelve en una representación simbólica de sí mismo: al ser signo,  se llena de contenido.

Encontramos entonces que nos enfrentamos a un mundo profundamente simbólico. Pareciera que nada de lo que observamos y consumimos es lo que dice ser. Todo tiene un lenguaje escondido y todo es susceptible a interpretación. Para ser capaces de interpretar y dilucidar cada significado escondido y poder apropiarnos del mundo, es necesario hacer frente a la complejidad mediante  una hermenéutica de las formas culturales, preparada para hacerle frente a la liquidad de la sociedad. Las condiciones de una hermenéutica así son aquellas de la misma sociedad y cultura que buscan interpretar. En este sentido, la hermenéutica tiene que ser flexible, volátil y permeable por múltiples sentidos, una hermenéutica líquida basada en las interconexiones realizadas a partir de los arraigos permeables entre discursos y sus formas simbólicas, al mismo tiempo forma y fondo.

Esta hermenéutica rompería barreras de estandarización, especialización y de estancias industriales. Acercaría a los gestionados a la gestión cultural y rompería el monopolio de aquellos que gestionan y administran. Todas las interpretaciones de las formas simbólicas serían admitidas. Esto es utópico como problemático. Desde la forma de la institucionalización contemporánea, para que los consumidores incurrieran en la hermenéutica necesaria, tendrían que tener acceso a discursos, lenguajes, códigos, signos y significados específicos; cuestión que ya he tratado en este mismo capítulo. Como ya lo he dicho, la posibilidad de ruptura se da en la salida de los bienes culturales al mundo de vida. Pero además existe otra complicación, si llegase a democratizar la administración de la cultura, cada colectividad podría buscar un nicho de gestión; un sinfín de grupos y discursos tendrían control específico sobre una parte de la maquinaria administrativa cultural y lo que esto supone: producción y consumo de la cultura. Intereses y competición desmedida por las formas oficiales de producción y de autorepresentación. Recordemos que el aparato simbólico funciona para dar cohesión y significación a los grupos sociales (Geertz, 1992; Cassirer, 1968); en un mundo en donde cada colectividad, tan específica como se quiera, sea capaz de articularse como grupo único en sí mismo sin comprenderse dentro de algo mayor, podría desarticular nuestra ya altamente conflictiva sociedad. No me atrevo a realizar un diagnóstico de lo que pueda suceder.

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