Allá a donde queremos ir

Verano

ImageDesde hace unos meses he tenido cierto sentimiento de nostalgia. Cómo si algo se me hubiera perdido y por más que busco en mi cabeza no recuerdo que pueda ser. La melancolía me invade  y lo único que logro es ponerme más triste. Así se me van los días del presente verano. ¡Qué mala época para estar triste! En verano revive la esperanza de lo que no ha sido, es la época cuando los niños juegan y todo reverdece. Para los estudiantes las posibilidades son infinitas y para quienes enseñamos hay un respiro de nuestra vocación. En general, podríamos decir que en verano el mundo se ve bajo otra luz. Eso es lo que vuelve triste mi situación. De alguna forma he convertido al escenario del porvenir en teatro de lo que ya pasó.

Noté mi depresión por primera vez hace unas semanas.  Estaba caminado por las calles de Valle Dorado con un sol resplandeciente que no llegaba a quemar del todo pero el aire caliente llegaba a los pulmones. El mundo se volvía lento pero bello. La luz tocaba cada elemento del escenario suburbano. Caminaba el kilómetro que separa mi hogar de la Comercial Mexicana. En las tardes resplandecientes me gusta caminar y perderme por las calles de mi colonia; siempre me ha parecido un recorrido muy lindo. Todo quieto sin saber que pasa dentro de las casas. Creo que es algo más cercano a una terapia. De cualquier forma trato de hacerlo frecuentemente, aunque la tentación en forma de automóvil me termina convenciendo en la mayoría de ocasiones. Pues bien, esta vez no fue así y caminé bajo el sol de Julio.

Sudaba como de costumbre, siempre sudo y siempre es molesto; no paro de limpiarme la nuca y tratar de orearme la cabeza. Nunca lo logro. Aceptando el sudor que mojaba mi cabello, prendí un cigarro y comencé la caminata. Era medio día y debido a la hora había pocos coches en las calles, además, siempre elijo las vías menos transitadas. Perros, niños, señoras comprando, tiendas, parques y uno que otro restaurante, son los paisajes que conforman las calles en las que crecí. A estas alturas y a mitad de camino, me senté en uno de los tantos parques de la zona. Recostado sobre la banca y viendo las hojas de los árboles recortadas frente un cielo azul, pensé  en mi humor tan desarraigado.  Tal vez había sido el rechazo de las becas para estudiar el doctorado en el extranjero o puede que haya sido el inesperado rechazo de una chica que resultó ser lesbiana o inclusive mis bajas expectativas salariales. Todos estos eventos podrían desanimar a cualquiera pero no los veía con la suficiente fuerza para causar depresión.  Después de una breve introspección que duró dos cigarros, llegué a la conclusión que estas situaciones únicamente abrieron la caja de Pandora. Algo me sucedió  que terminó detonado por el triple evento.

El resto continuó como cualquier otro. Terminé mi viaje a la plaza comercial que se encuentra en la entrada de Valle Dorado y cargado con una agua de La Michoacana, regresé a mi casa. El resto del día fue inundado por un estupor que entraba por la ventana y por la puerta trasera. A medida que avanzaba la tarde me sentía más pesado. Algo cargaba en la espalda. El sentimiento se acentuaba a medida que la calle se teñía de tonos ocres y rojizos. Estaba atardeciendo y el silencio, tanto de la calle como del interior de la casa, no ayudaba en mis pequeñas reflexiones clasemedieras. De nuevo, comencé a sudar.

Ni siquiera fui a las clases del ejercicio de moda llamado crossfit.  Me senté a esperar la noche,  la cual, sin fallas, llegó. El hecho de que todavía hubiera cosas en las que podemos confiar, como la llegada de la noche, me hizo sentir un poco tranquilo pero el tedio y la pesadumbre seguían. El sonido de las aves que anidan en el árbol frente a mi ventana había sido reemplazado por grillos y uno que otro maullido. El viento de la noche refrescó pero nunca se llevó consigo al tedio. A mí tampoco.

Fue cuando recordé algo de golpe. La voz de mi madre llamando a su esposo, a mi padre. Todavía  puedo encontrar el amor en la voz de mi madre cuando mi padre sale de viaje. Los ojos enternecidos por el bienestar de mi progenitor fue algo que me  recordaba que vivíamos compartidos, los unos a los otros. Después me di cuenta que el amor esconde rencores y engaños. ¿Qué se necesita para tener una devoción como la de mi madre? Ciertamente a mí me hace falta.  No logro del todo ubicar la esperanza de un amor posible e incondicional. ¿Será que nunca lo he conocido? y surge la duda: ¿a estas alturas del partido, será posible encontrarlo? Tal vez la falta de amor sea lo que ocasiona el tedio. ¿Una vida sin amor es tediosa? Entonces una vida llena de amor debería ser emocionante. No conozco ni uno ni otro, nunca he amado profundamente y apenas entro al mundo del tedio. No importa, el humo del cigarro se arremolina sobre la taza de café barato.

Así son mis noches veraniegas. Inciertas, calientes y con olor a cigarro. Últimamente no he salido. Me quedo en casa, en mi cuarto para ser más exacto, y salgo por lo necesario. Alguna junta de trabajo irrumpe mi rutina o cualquier amigo llamando para ir por unas cervezas. Enjuáguese y repítase.  Hay algo reconfortante el rutina y en el tedio. Es completamente seguro y no tienes que pensar en otras cosas más que en la tarea a continuación. Nimiedades como el futuro o planes que uno mismo ha trazado pasan a segundo plano. Uno termina enfocándose en lo importante como lo que hay para comer, un poco de ejercicio, videos inútiles que entretienen, reseñas de películas más o menos interesantes, ver la mentada película y  dormir. Enjuáguese y repítase. Eso es lo que da la vida de rutina: seguridad y estabilidad. No es algo emocionante ni la vida que alguna vez pensamos tener, al menos yo no; pero he llegado a la conclusión que en la carrera frenética  de la vida diaria, es lo que todos  terminamos por desear.

Afuera de mi ventana la vida y el mundo siguen quietos. Pareciera que el tedio se hubiera propagado cual enfermedad por el mundo. Tal vez fue al revés, la inutilidad del mundo por fin encontró hueco en mi pequeño espacio de ilusión. No importa, ya hice las paces con la rutina. Cuando uno está desahuciado, lo de menos es la enfermedad. Bienvenida seas, querida hermana.

Cuando llega el verano todo se pone verde. Se palpa la vida. Valle Dorado no es la excepción. Los bulevares se convierten en pasillos enmarcados por la transposición de las ramas de los arboles. Las calles se convierten en bóvedas naturales conformadas por ramas y hojas. De ellas, pequeños animales como ardillas y aves brincan de los arcos de las bóvedas. Como si fueran gárgolas de carne, cuidan el andar del que pasa. Inclusive la lluvia que aparece cuando el calor es inclemente, suena con un ritmo tamborilero, como si fuera una música proveniente de muy lejos que tocara para los habitantes del valle.  Pero bajo la belleza,  encuentro la desesperación de lo que nunca fue, de posibilidades muertas y cosas que nunca aparecieron.  Creo que lo muerto me obliga a buscar algo seguro  para no servir de abono a las plantas. Para evitar mi putrefacción encuentro la rutina como salvamento. Es lo agridulce del verano,  hay vida pero algo tiene que alimentarla y creo que  estoy cada vez más cerca de ser fertilizante, mientras me sostengo de dónde puedo.

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