Allá a donde queremos ir

El peso del mundo

¿Has sentido el peso del mundo en tus hombros? Creo que yo sí. No  estoy del todo seguro. No sé si se trataba del mundo o de la rutina de ejercicio que  apenas había terminado hace una hora. Me gusta pensar que en aquella noche me  di cuenta de lo que se cierne sobre nosotros: el mundo  y la vida, el peso de nuestras decisiones.

Sin importar lo que fuera, me provocaba un malestar generalizado en el cuerpo  y en el alma. Se me dificultaba manejar. Las calles del fraccionamiento  parecían  que fueran parte de algún circuito a campo traviesa.  Girar el volante  quemaba los músculos y unas pocas de lluvia chisporroteaban por el marco de la ventanilla. Mi mano izquierda sostenía un cigarro y la derecha hacía lo posible por mantener el curso.  Todo  estaba tranquilo cerca de la medianoche.  Aquella historia que hace poco conocí, me revoloteaba por la mente.

Por alguna extraña razón pensé que el mundo había caído sobre mí. Como si la quietud de la que era testigo fuera  culpa mía.  Me pareció entonces,  en dado caso de que estuviera sosteniendo al mundo, no  hacía un buen trabajo. Instantes anteriores el mundo giraba y ahora,  que recaía en mí la responsabilidad de sostenerlo, se había detenido. Llegué a la conclusión que como sustituto de Atlas no servía. Una tarea más  que se sumaba a la larguísima lista de cosas para las que soy inútil. Tanta responsabilidad en tan angosta espalda, ¡la mía! Parece burla pero alguien había decidido que yo cargara al mundo esa noche.  De fondo sonaba Whatever de Oasis pero Liam Gallagher mentía esa noche, yo no era libre para cantar lo que quisiera.

¿Qué es el mundo si no  la suma de nuestras decisiones? Algo así como la materialización de decisiones, experiencias, sentimientos e ideas. El mundo somos nosotros hecho vida y presente. ¿Qué significa cargar el mundo? No sé, tal vez hacerse responsable de sus actos, aunque esa idea me parece demasiado cursi.  Tal vez y sólo tal vez, cargar el mundo quiere decir que uno se reconoce como parte de algo mayor, de un entramado inmundo de sortilegios y engaños que podemos contener como parte de nuestra experiencia.  Tal vez era el dolor muscular de la actividad física. Nunca lo supe.

Todo  eso pasaba por mi cabeza  cuando tomé Calzada de los Jinetes y di una vuelta a la derecha. A los pocos metros llegué a un pequeño bar. Era el único establecimiento abierto en lo que antes era una exclusiva zona residencial. La avenida poco a poco se convertía en zona comercial con locales altamente codiciados. Casas dejaban de serlo para convertirse en restaurantes, oficinas y plazas comerciales.  El letrero neón indicaba la entrada de lugar.  Se veía pequeño y solitario, unos cuantos coches en la entrada indicaban que había algo de gente pero en realidad no parecía ser gran cosa.

En mi camino a la puerta me detuve un momento,  terminé de fumar el último cigarro de la cajetilla y lo pisé.  La entrada sólo era un marco de cristal sin mucho adorno y  nadie que te recibiera oficialmente.  Se percibía claramente que el lugar antes había sido una casa. Reconocí la disposición de los espacios y algunos detalles de la decoración eras testimonio de la naturaleza previa de la construcción.  Adentro unas pocas mesas  con gente hablando en voz baja y a media luz. Me dirigí a la barra y me di cuenta que el bar continuaba en dirección de la izquierda. El antiguo  jardín de la casa había sido convertido en la terraza de los fumadores y en una de aquellas mesas un amigo y su novia me esperaban.  Con cerveza y cigarro en mano me saludaron, me acerqué e hice lo propio.

Cervezas extranjeras y de autor, eran los productos que se vendían en aquel bar, nada de Corona, Indio o León.  Opté por una cerveza Delirium Tremens, me parece que es belga aunque no soy experto en esas cosas, como cualquier cosa que me gusta , las cervezas las decido por mis circunstancias del presente y una cerveza con nombre Delirium Tremens me pareció perfecta para la ocasión.  No sé si alguien más decida como yo y tampoco es que vaya por la vida cambiando mis gustos dependiendo de mi humor pero si hay algo que me compele en cierta dirección determinado por el ahora. Creo que así es la vida, ¿no?  Hay cosas relativamente fijas a las que uno se aferra y dependiendo de su presente va eligiendo unas sobre otras.  Puede ser que sea mucho filosofar para elegir una cerveza. El caso es que elegí la Tremens. Era fuerte, espesa y con un cierto sabor a café. Una buena cerveza amarga para una noche amarga. A mi espalda caían algunas gotas de lluvia.

La plática con mis amigos fluyó sobre todo y nada. A veces lanzaba miradas a los demás parroquianos y otras veía las pantallas con videos musicales. Pedí otra cerveza, en esta ocasión una mexicana, de esas cervezas no comerciales y que muy presuntuosamente les llaman de autor. Se llamaba Calavera, ya la había probado y encontraba su sabor agradable. El humo, la cerveza, la lluvia continuaron y la plática continuaron;  cada una a su propio ritmo y es que tienes que saber que no puedes apresurar a ninguna de esas cosas.

Un poco después de las dos de la mañana nos marchamos.  Fuimos los últimos en irnos y  tanto meseros como barman, esperaban nuestra partida. Hasta me sentí algo importante. Después de compartir un último cigarro con mi amigo y su novia, subí a mi coche y me dirigí a mi casa. Las calles solas y mojadas, parecidas a mi vida amorosa. Encontré un último cigarro y me lo fumé mientras escuchaba a Liam Gallagher mentir. Llegué a mi casa y me acosté

Seguía sintiendo el peso del mundo, esta vez en mi pecho. Me aplastaba  y no podía moverme. Fue difícil y aun no sé como lo logré. Sólo esperaba que alguien se diera cuenta de que no servía para Atlas y me relevara de mi cargo. Si aun no tomo decisiones importantes, ¿cómo iba  a sostener las decisiones de los demás? Espero que alguien se dé cuenta de eso y corrigiera lo que a todas luces fue un error.  Por fin me pude dormir.

Este escrito, tal y como esa visita al bar, no tuvo sentido alguno.

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