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Hikikomori y sintoísmo: vivir y no explicar.

Hikikomori_,_Hiasuki,_2004 En otro lado[1] he argumentado que los acontecimientos políticos que Tilly llamaría política contenciosa[2],  responden en gran medida al metarrelato que la sociedad en cuestión ha construido de sí misma.  Al respecto, no es igual la contención entre el Occidente dividido,  la tradición latina y la tradición anglosajona;  mucho más distanciadas serán las formas de expresión de las contenciones orientales y occidentales.  Sin embargo, me detendré aquí un momento.  He dicho que la contención depende del metarrelato social.  Es claro el relato ideológico que Occidente sigue. La razón  sumergida en cada aspecto de la vida. ¿Cuál es, entonces, el relato oriental?  Si bien identificamos un Occidente dividido en dos grandes tradiciones, Oriente resulta más complejo. Por un lado encontramos la tradición islámica cuya correspondencia con la identidad árabe ha sido profunda pero no del complementaria. Es decir, no todo árabe es musulmán ni todo musulmán es árabe.  Luego encontramos las tradiciones budistas ubicadas en  la  India, el sureste asiático, China y Japón , esto sin olvidar con las tradiciones culturales del sintoísmo en la isla del sol naciente y el hinduismo en el subcontinente indio.  El elemento nacional suma complejidad a las identidades ya mencionadas, de tal forma que es más complejo delimitar ramas de identificación cultural definidas.

Mientras el hinduismo, el Islam y el Budismo cuentan con cuerpos textuales sagrados,  una encarnación del discurso sagrado, el sintoísmo carece de lo que podríamos denominar como textos sagrados. El aislamiento de Japón hasta el siglo VI,  permitió la propagación más o menos fácil de un cuerpo de creencias espirituales  al que conocemos como sintoísmo. En gran medida, el sintoísmo  ha sido la base de la construcción identitaria de Japón. Recordemos que Japón se encontró aislado de influencia externo hasta el siglo VIII cuando el budismo llegó a la isla. Fue en este momento que el sintoísmo tuvo por primera vez otro sistema de creencias que pudiera constituirse como competidor.

Debo mencionar que la sociedad japonesa no es homogénea. Tenemos diversos grupos étnicos como los yamato, que constituyen el grupo étnico mayoritario, los ryukyu, nivkh, ainu y oroks,  además de minorías taiwaneses, chinas y coreana. Muchas de estos grupos no fueron parte de la nación japonesa hasta mediados del siglo XIX  e inclusive, hay grupos que no se consideran parte de Japón. Sin embargo, comparten la cosmovisión del sintoísmo primero, y en un segundo momento, del budismo.  Fue así que el pueblo, o pueblos japoneses, tuvieron conciencia de sí mismos y de su personalidad.

Pero acerquémonos un poco a  al sintoísmo.  Como sistema de creencias, las enseñanzas sintoístas se transmitían oralmente. No fue hasta la llegada del budismo en el siglo VIII, que se vio la necesidad de registrar las enseñanzas y prácticas.  Similar al budismo, el sintoísmo puede ser entendido, no como una religión, sino como un sistema filosófico que marca la cosmovisión y por ende, la vida del japonés. El sintoísmo se enfoca más en la ritualidad que en la creencia sí misma. De tal forma que una nación sintoísta tendrá que ser una nación profundamente ritualística, justo como lo es Japón,  cuya devoción al rito se palpa en cada una de las esferas de la vida. Es de destacar que los libros sagrados o lo que podríamos llamar como tal, son en realidad, un poco más que manuales para los rituales, cuidados de los templos y oraciones. La parte de los míticos  e historias, pasan a ser un poco más que prólogos para contextualizar la verdadera razón del sintoísmo: el rito. Es decir,  podríamos llegar a la exageración de declarar que en el sintoísmo no importa tanto a quién se rece, sino que se rece de manera adecuada.

Como ya lo mencioné en líneas arriba, el sintoísmo termina por inundar cada aspecto. La ética del ritual se propaga a cada parte de la vida japonesa. En ese sentido, el japonés termina siendo profundamente espiritual pero es una espiritualidad encaminada a la práctica. A la perfección de la forma,  en una especie de medicación al alcanzar la forma ideal. No en la divagación esotérica de constructos etéreos.   En otras palabras, el sintoísmo compele al japonés a hacer  y no a pensar.  El pensamiento se enfoca a alcanzar la forma más pura del sintoísmo, no pensar y sólo hacer, dicho de otra forma, a volcarse por completo en la experiencia del ritual. En aquello que Durkheim y Turner dirían, reproduce la totalidad de la sociedad.

En ese sentido, ¿cómo ocurre una  contención en una sociedad con un relato del ritual, o mejor dicho, sin relato y con acción?  Pues me parece que la búsqueda, así como el sintoísmo, termina siendo una experiencia individualizada. Es de señalar que el sintoísmo, como vida de lo ritualístico, se enclava en las experiencias locales. Importa más la comunidad que la vida nacional por encontrar que en este microcosmos se arraiga la experiencia personal del ritual. Entonces, la contención deberá guardar estas dos condiciones: la ritualidad y lo individual.

Los últimos catorce años, la sociedad japonesa ha visto un nuevo fenómeno. Son jóvenes, en su mayoría hombres  de entre quince y treinta años, sin descartar un creciente número de casos entre adolescentes.  Los sujetos terminan por aislarse  se aíslan por completo de la experiencia social.  A estos jóvenes se les ha llamado hikikomori, literalmente  “estar recluido” . Por alguna razón, abandonan  la experiencia social y deciden no salir de sus habitaciones, dependiendo enteramente de sus padres en casos extremos. Otros, todavía interesados en cierta interacción social, estudian y trabajan desde los confines de sus cuartos.  Ahora bien, el Ministerio de Salud japonés ha identificado seis síntomas de los hikikomorí:  estar confinado  la mayor parte del tiempo en casa, evitar interacciones sociales, que el confinamiento del sujeto entorpezca su funcionamiento social, laboral y/o académico; que el confinamiento se perciba como egosintónico[3]; el confinamiento debe ser mayor a seis meses y finalmente, el confinamiento no debe ser resultado de alguna otra condición psicológica o fisiológica.

Por lo general,  el hikikomori inicia su reclusión debido a una experiencia límite. En la mayoría de los casos, el rechazo a alguna institución de educación superior ha sido suficiente para enviar a la reclusión a la mayoría de los casos registrados en el periodo de 2004 a 2009. Por tal motivo, se ha relacionado al hikikomori como una forma de desorden postraumático. Sin embargo, la pregunta sigue, ¿por qué los jóvenes japoneses reaccionan de esta manera a una experiencia traumática?

Me gustaría  dar una posible respuesta. Y es precisamente en la naturaleza ritualística de la sociedad japonesa.  Desde mi punto de vista,  la mayor diferencia entre Occidente y Japón reside en los acentos en sus formas identitarias. Mientras Occidente ha tenido una construcción discursiva e ideológica fuerte que ha buscado ser llevada al pie de la letra,  Japón focaliza sus esfuerzos hacia la acción  perfecta. No buscan interpretar o entender, al menos no cuando se construyó la identidad protojaponesa. En aquellos momentos preponderantes de la formación de Japón,  se enfocaron en el hacer y no en el pensar.

¿Qué es el estrés postraumático si la ruptura del yo ante una experiencia limítrofe? Una inhabilidad de entenderse a sí mismo y el rol que se debería interpretar  a partir de una experiencia que rompe con la narración primordial en la que se creía. El proceso psíquico no encuentra maneras de expresar lo que está viviendo. De tal forma el yo, al ser incapaz de descargar tal  excitación, colapsa. Digamos, un caso brutal de no encontrar las palabras adecuadas, de una limitación del lenguaje ante tantos significados que rompen la codificación de lo que sabemos.  No hay otra consecuencia lógica que la ruptura psíquica.

Sin embargo, la ruptura se vuelve agresiva en tanto el cuerpo de creencias no nos da respuesta. La mente, al estar imbricada en un sistema de significados y significantes, no encuentra relación entre lo que está viviendo y lo que quiere expresar y termina por manifestar la experiencia con significantes sin significados, con símbolos vacíos. Aquel que sufre estrés postraumático busca inventar su lenguaje a ver, si de casualidad, alguien lo entiende. Es trabajo del psicólogo interpretar la semiótica de la mente rota.

¿Qué sucede cuando una mente no está conectada en un sistema de signos establecidos? Mejor dicho, cuando la mente se ha volcado en la significación del ritual. En lugar de referirse en un sistema de ideas, que al menos para él o ella, ha sido concluyente, tal como es la religión propiamente dicho o la ciencia; el japonés tiene que encontrar respuesta a su falta de significación en una experiencia propiamente personal. El mundo del japonés es altamente ritualistico, enfocado más en el significante y no en el significado. Al momento en que la mente busca expresar la ruptura,  genera un proceso psíquico profundamente relacionado con la interpretación del mundo desde la experiencia personal. Y es que eso es lo que le ha enseñado el ritual. La experiencia del ritual es primordialmente, al menos en Japón, un código ético individualizado.  El ritual, finalmente, es responsabilidad de quien lo hace.

En Occidente, alguien, la explicación, falló. La contención se expresa de manera violenta para romper las formas caducas que no sirven para representar a nuevas generaciones. El molde se rompe y se crean nuevas formas de representación bajo el auspicio de nuevos metarrelatos

En Japón no. Por el contrario, dado que el sintoísmo, base de la construcción cultural japonesa, nunca constituyó un sistema de creencias definido y en realidad sí se enfocó a enseñanzas sobre los rituales. La experiencia cosmogónica se originó en casa, en la manera en que se vivía el ritual.

En el país del sol naciente, cada experiencia es individualizada o al menos, es particular a un grupo específico. El individuo se entiende a partir de la vida comunitaria específica y pierde sentido al nivel nacional. Es lógica, la construcción nacional japonesa arranca en el tardío del siglo XIX en la Restauración Meiji, cuando Japón abre sus puertas a Occidente. Ahí cobra sentido la identidad nacional.  Entretanto,  el sujeto, al no tener necesidad de voltear más allá de su vecino,  se relaciona con su entorno inmediato con unas directrices orales que indican cómo  se debe rezar y no a quién.  Inclusive,  en la muerte, no se despersonifica al difunto; el familiar o amigo pasa a ser parte del conjunto de espíritus que habitan el mundo y termina siendo parte del rito.

De esta forma, el sintoísmo ha marcado una experiencia fuertemente individual. En el fracaso o en la inhabilidad de interpretar una experiencia traumática, el sujeto debe encontrar una respuesta por medio de un nuevo ritual que será capaz de asimilar, no explicar, no lo que sucedió.  Y digo no explicar debido a que el sintoísmo nunca ha pretendido explicar el mundo, sino marcar una forma de relacionarse con el mundo. A diferencia con las tradiciones abrahámicas que pretenden explicar al hombre la causa última del mundo, Dios, el sintoísmo asegura una convivencia adecuada con lo que existe. Es por eso que es más un código filosófico y ético -de conducta- que una religión.

El hikikomori, así como el sufriente del síndrome de estrés postraumático, experimenta una falta de asimilación e identificación detonada por el acontecimiento traumático. Es así que otras experiencias ritualísticas no pueden ser aplicadas porque no han sido pensadas para convivir con lo que acaba de suceder. El hikikomori se ve obligado a crear una forma de relacionarse con aquello que lo victimizó.  Al aislarse, el hikikomori  encarna una nueva  práctica en la que tiene que callar al mundo para ser capaz de interpretar lo que está sucediendo. Finalmente, presenciamos una falta de identificación con todo rol social y ritual. Es así, que el hikikomori termina por construir un parámetro de identificación e interpretación particular basado en la convivencia adecuada con el mundo. Me atrevo a decir que el  joven aislado no busca entender, sino vivir con lo que sucedió.

Pareciera que evoco a los hikikomori como una suerte de reclusos a voluntad, de héroes que ponto emergerán con la nueva representación de la sociedad japonesa. Nada es más alejado que la realidad. Debemos entender que los jóvenes sufren. El proceso psíquico, entendido con una ruptura brutal del yo, los obliga a retraerse de toda experiencia social. Ellos quieren involucrarse con su entorno pero no pueden. Es esta incapacidad de hacer las paces con el suceso traumático que los ha llevado a aislarse. Es un proceso tanto psicológico como un proceso social. En todo caso corresponde a la dimensión simbólica, el puente entre el yo y la cultura, que debe ser atendido. Los hikikomori viven una tragedia de nuestros tiempos, son el síntoma y las víctimas de una sociedad incapaz de brindarles herramientas a sus jóvenes para vivir con lo que sea que les haya ocurrido.

 

 

[1] En mi tesis de maestría titulada La Arqueología de la Hibridación.

[2] Aquellos acontecimientos de lo político que trasgreden las formas institucionales de la política para abrir nuevos parámetros de acción e involucran a nuevos actores. . La política contenciosa por excelencia son movimientos sociales.

[3] Se refiere a toda acción que vaya encaminada a satisfacer las necesidades del yo, así como a la construcción de un yo ideal.

 

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