Allá a donde queremos ir

Fragmentos y Experimento II: Vidas Encontradas.

¿Has notado la manera en que los animales se transforman en árboles? Toman formas caprichosas a la hora de morir y poco a poco, su cuerpo se transforma en corteza. A sabiendas de la gesticulación efímera del momento de la muerte, los animales deciden tomar un lugar en el universo como plantas. La piel se vuelve madera, la sangre  se transforma en sábila y sus ojos se pierden en un cielo azul esplendoroso, el último que pueden ver. Es así que su muerte se convierte en belleza. Una bella muerte. ¿Qué más se puede pedir? Si vives bien, seguramente tendrás una muerte semejante.  Los animales, que no tienen una gota de maldad en sus almas, pueden lograr esto y siguen alimentando a la tierra de sí mismos. Sus espíritus se vuelven el azul del cielo.

Hasta el momento he visto tres en Valle Dorado. El primero lo veía a diario cuando era niño. Había sido un tricératops cuyo cuerpo terminó siendo un árbol caído. Todavía se le podían ver los cuernos salientes y desafiantes que partían el aire y el vacío. Gracias por haber vivido, siempre le decía en silencio. Ahora, era uno de tantos juegos que teníamos cuando íbamos al jardín de niños. Nos subíamos en el, nos arrojábamos al pasto y el sonriente,  nos vigilaba. Era un buen amigo. Aunque no podía  hablar, sabíamos que su intención era buena. Siempre nos cuidaba. Al parecer, cuando la colonia fue un  valle rodeado de ríos, el pastaba feliz hasta que la catástrofe vino y decidió quedarse ahí hasta la eternidad.

El otro que vi, había sido una enorme ave, de unos cinco metros de altura, la envergadura, seguramente, medía más del doble. Ahora, con sus alas extendidas, volteaba a ver las estrellas en las noches de viento. Siempre impasible en medio del camellón frente a mi casa. Era algo sorprendente. Sus plumas ya no eran plumas, ahora eran hojas verdes. Caían hasta sus pies y formaban pequeños túneles donde uno se podía esconder. A ese lo reconocí un poco más grande. Era el principio de mi adolescencia cuando por fin lo identifiqué como tal, un pájaro que resguardaba mi casa. En las noches calladas de verano, cuando no hay nadie ahí afuera, puedes escuchar su graznido y el mecer de  sus hojas. Estoy seguro que algún día se cansará de estar de pie, simulando batir sus alas y en ese momento, levantará el vuelo y dejará caer su tronco. La única forma de verlo será en el cielo.

El último animal-árbol  que encontré en mi camino fue un pulpo. Sus raíces lo delataban, las tenía llenas de ventosas y capaces de estrangular a cualquier criatura de los abismos. Sin duda, un ser temible. Se habría arrastrado a la superficie para encontrar dónde morir. Habría salido del río y encontrado un páramo olvidado en las arenas del valle. Ahí, extendiendo sus tentáculos, se aferró a la tierra y creció hacía arriba. El sol habría secado su cuerpo y poco a poco se agrietó hasta llegar a ser alto como una torre. Desde arriba nos observa, dando aire y aferrándose al alma del pueblo. Tristemente, sus raíces cada vez se parecen a sí mismas. Ahora son más madera que piel y sus ojos se han perdido. Me hubiera gustado verlo arrastrándose por ahí en el fondo del agua. Ahora,  ya nunca sabré lo que un pulpo puede pensar.

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