Allá a donde queremos ir

Fragmentos y Experimentos III: En un rincón cerca del cielo

He  nacido y crecido en este pequeño rinconcito suburbano del norte de la ciudad. He visto sus atardeceres y la brisa de verano ha mecido mi cabello. He sentido somnolencia viendo el cielo azul. Y en  sus parques florecientes,  he leído  en alguna banca perdida. En mi pequeño terruño, los árboles parecen pájaros. Se yerguen orgullosos recortando siluetas que brillan en el cielo otoñal. Es hermoso, sin duda, imaginar sus  hojas transformadas en plumas  y levantar vuelo. Hay uno, en particular, justo al frente de la entrada de mi casa. Es enorme y si en verdad fuera un ave, sería un águila extendiendo las alas. Desde mi ventana, disfruto desde niño, imaginar aquella criatura enorme  surcando el cielo y yo, entre sus alas.

Frecuentemente, en el suburbio, los animales se convierten en madera. Cerca de la primera escuela a la que acudí, había un  tronco abatido por el tiempo. Sin ramas y desencajado del suelo. Cuando la niñera me llevaba a la escuela,  le juraba que  había sido un animal prehistórico, un dinosaurio sin duda. Su esqueleto se había convertido en madera al pasar de las épocas. Ella, con toda la bondad del mundo  me contestaba, sí gordo, tienes toda la razón. Ella era el mundo, hasta que murió.

Su muerte, como todo en mi vida, ha sido transitoria. Lo único que permanece han  sido los árboles, el viento y el cielo. Aun puedo confiar en ellos. Hasta el día de hoy, si volteo hacia arriba en un día soleado, como hoy, una sonrisa aparecerá en mi rostro. Sí, sin duda aparecerá. Mi vida, ha sido hasta ahora, un cúmulo de situaciones que tratado de enmarcar con el escenario de lo posible. Sí, un cielo brillante me tranquiliza el corazón.  Llega a mi cabeza una canción que no quiero compartir.  Es mía y de nadie más, tal vez, si  alguien me escucha de cerca, reconocerá la tonada. Eso no importa, porque de mi boca no saldrá el secreto que enternece a las personas o al menos, a mí. Así son las cosas cuando uno escribe con la ventana abierta y el viento pasa a saludar. El mundo entra por la ventana y  por más que uno quiera, no puede sacarlo. Es ese mundo lleno de recuerdos y anécdotas,  él que me obliga a continuar. Hay algo, allá afuera que me obliga a escribir. La plática con alguien ausente. Por eso escribo, para hablar con quiénes me dejaron. Los que se fueron.

Tal vez y sólo tal vez, conseguí un trabajo como el que tengo. Un mísero redactor de una pequeña revista de turismo. No es nada literario, glamoroso o de valor. Simplemente me da gusto ser capaz de escribir. No representa gran desafío, ni debes ser un gran prócer de las letras. Simplemente debes ser capaz de ordenar palabra tras palabra para comunicar ideas sobre lugares lejanos a los que nunca iré.  Me imagino visitando ciudades árabes enclavadas en el  desierto,  calentándome en alguna cabaña perdida entre los Alpes, nadando en exóticas aguas del Pacífico sur  o enamorándome de alguna turista extranjera que haya coincidido en un camión destartalado en un camino rural africano.  Pero esos sueños corresponden a la vida de alguien más. A mí, sólo me toca escribir de eso. Claro, como si estuviera ahí,  lleno de formulas prefabricadas y clichés baratos para tratar de embelesar al lector casual.

Con todo, me agrada imaginar que una persona insospechada, abre la revista y hojeándola, lee mis palabras con cuidado. Justo como se acaricia a la novia. Con un suspiro, lee sobre la belleza  de un punto inhóspito del mundo. Con suerte mis palabras lo animan a visitar el lugar. En el peor de lo casos, le hace pasar el tiempo en el consultorio del dentista. Quién sabe a dónde vayan a parar mis palabras, pero al menos,  alguien las lee o al menos eso quiero creer.

 No  puedo ser exigente, trabajo a unas cuadras de mi casa y disfruto el recorrido. No sufro el  tráfico del que la mayoría de las personas son víctimas  e inclusive puedo regresar a mi hogar a comer. Un camino  corto, un hermoso paisaje, un cigarro y si tengo suerte, puedo pasar por un café. El trabajo no será mucho pero el viaje es lo que cuenta. Seguramente si escribiera en la revista de turismo sobre un pequeño pueblo a unos kilómetros de la Ciudad de México y tomara unas cuantas fotos, podría vender mi terruño como una humilde visita turística. No importara que fuera un suburbio, aun así, el visitante le encontrara encanto  al lugar.

La oficina, si es que se le puede llamar así, no es más que la casa del dueño y creador de la revista. Pareciera algo poco profesional pero ha funcionado  de esta manera por los últimos cuarenta años. Sus clientes principales son gobiernos estatales, municipales y embajadas, aunque alguna que otra universidad también paga por la publicidad y las  pleitesías que le rinde la revista.  El hombre, de unos setenta años de edad, tiene que ir por todo el país persiguiendo y cobrando a funcionarios públicos. Mi trabajo se resume a escribir cada uno de los artículos de la revista. En otro punto de la ciudad, hay otra persona que se encarga de diseñar la revista. Organiza mis palabras, mete fotos y escoge colores para la impresión. Y así, una operación de unas tres personas mantiene a flote a una publicación que da de comer a un puñado de personas. Siendo yo, una de ellas.

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