Allá a donde queremos ir

De musas y promesas.

Porque soy estudiante

caminante de esta gran ciudad

“Estudiante Caminante”,

La Banderville

De musas  y promesas, de relatos y funerales. Es lo que te pasa por la mente cuando la pluma, cual navaja filosa que es, desgarra los silencios de la hoja en blanco y abre nuevas puertas a mundos insospechados. La tinta y la sangre corren. Todo brota, bien lo has de saber. Antes fuimos uno y ahora, nos separamos en varios. De musas y altercados, de profundidades y corazones negros. Así somos por medio de la escritura.

Mi historia comienza una tarde de diciembre, de esas cuando todo está en silencio y se siente el invierno cerca. No hay un alma en las calles y pareciera que todos se han metido a sus casas a reflexionar. Hemos sido invento de mentiras que atraviesan nuestros cuerpos.  Nuestros pensamientos, fugaces criaturas de mentes inciertas, nos arropan en momentos de ausencia. Así es la soledad cuando uno escribe.

Aun recuerdo el momento en el que todo ocurrió. Eran las cinco de la tarde. Yo vestía un abrigo azul para cubrirme del frío y tú, llevabas mi soledad en un estuchito que colgaba del cuello. Estábamos en la universidad. Sí, ese lugar que tanto tiempo nos vio ir y venir, recorriendo sus incógnitos pasillos. Burlándose de nosotros. Cada pared, cada ladrillo nos señalaba a escondidas. De reojo, furtivo, el futuro nos miraba. Nosotros hacíamos lo mejor por ignorarlos. Caminábamos de la mano, nos mirábamos y sólo nuestra piel tocaba el viento. No importaba nada más, sólo el atardecer en esos días.

Pero el otoño vendría, las hojas, marchitas, caerían sobre el suelo. La cama de cadáveres serviría como alfombra para nuestra desgracia. Y tú, siempre impávida, me recordaste las promesas rotas a mi madre. Fue algo que nunca te perdoné, aunque siempre te seguiré queriendo.

¡Maldito los días de inocencia!, te dije alguna vez, ¿por qué no podremos seguir para toda la vida, encerrarnos en esta estructura de hormigón y guarecernos del tiempo? Porque el tiempo es eterno y esta humilde universidad, me contestaste, no es sino una triste memoria pasada. Y así era, aquello había quedado en el olvido, al parecer, solo yo he podido recordar los matices de la luz dorada que se confundía con tu cabello.

Bella universidad, hermoso lugar construido por la ignorancia y la esperanza que sólo un joven puede tener. Se amontonan sueños y visiones, uno llora para volver a reír. Así es una casa de estudios. Un lugar para aprender y amar. La diferencia es que yo amé y nunca salí de ahí. Esa es la verdad. Aun ahora, que te recuerdo, sigo vagando por los pasillos interminables. A mi paso aparecen aulas interminables donde anécdotas se estrellan contra las paredes. Compañeros juran lealtades sin fin. Maestros se levantan sobre escritorios e instan a sus pupilos a ver el mundo de manera diferente. Y yo paso desapercibido. A mí nadie me mira. Voltean la mirada. Ni siquiera se dan cuenta de lo que hacen. No hay testigo de mi andar. Solo soy yo y mi pesar.

Lo que dijiste ese día me sigue atravesando el pecho. No podía creer lo que me decías. ¿Cómo fuiste capaz de pronunciar semejantes atrocidades? Me quedé quieto. Nada en mi cuerpo se movió por un milisegundo. El universo fue testigo de mi desdicha. De maldiciones y muertes, así eran mis sentimientos. Nunca más hubo claridad. El cielo diáfano sobre nosotros se entristeció y nunca más volvió a dar la cara. Justo como un dictamen de muerte para el mundo. Tu sola lo hiciste.

Regresé a mi casa. No me percaté que había echado andar hasta que abría la puerta de mi cuarto. Mis pies sangraban. Al parecer, había caminado descalzo. No recordaba haber dejado mis zapatos. Mis manos estaban sucias y sudaba. Mi abrigo azul, también había desaparecido. Mi corazón latía agitado y a destiempo, mientras que mi respiración, enrarecida, soltaba un vaho tóxico que hizo caer a una mosca. Por poco, me la como. El cielo ya estaba nublado y tú nunca volviste aparecer.

No fue sino hasta el otro día que el escándalo llegó a mis oídos. Alguien te había asesinado. Algún salvaje inmundo, había tomado una navaja y había terminado con tu vida asestando varios golpes en la espalda. ¡Qué manera tan íntima de asesinar! Penetrando tu carne, violando tu intimidad. Algo ajeno había entrado en ti y había irrumpido tu tranquilidad. Justo como yo lo había hecho durante cinco años. No pude más, me desvanecí en la plaza dónde siempre nos encontrábamos, siempre al atardecer, cuando nuestras clases terminaban.

Entre sueños escuché, ¿quién había podido hacer esto?, silencio decía otro, ya está despertando. ¿Cómo estabas? me preguntaban cuando abría un ojo. Poco a poco, recobraba la compostura. Las náuseas me asaltaron y no pude contener las arcadas. Mi vómito ensució el suelo. Nadie reclamó, todos entendieron, o al menos eso dijeron. Alguien comentó que seguro era el hedor a sangre que llenaba la zona, además, había algunos adoquines salpicados de rojos. Seguramente era eso lo que me había afectado. No seas idiota, contestaron, claro que estará mal, fue su novia. Tenían razón, eras mi novia, en pasado. El tiempo, te había arrebatado de mí.

Así siguieron mis días y comenzó mi deambular en la escuela. Hasta que un día, unos tipos de azul, llegaron y me tomaron a la fuerza. Entraron a la universidad y me buscaron. Al fin me encontraron y dijeron que te había asesinado. En un arranque de celos y de ira, me había cegado la venganza, te amordacé y penetré con un cuchillo. Dicen, que así había sido.

Yo no recuerdo nada de eso. Recuerdo haber visto tu espalda y tu cabello dorado al aire. Recuerdo un te amo soltado a la distancia. Recuerdo tu saco para el frío y tus botas. Tu sonrisa que iluminaba el día más nublado. Pero lo que más recuerdo y siempre atesoré, fue el cielo diáfano y azul del que llegaste.

Después de un tiempo me encerraron en una pequeña jaula en la que no cabía acostado; para dormir, debía recoger mis piernas y la mayoría del tiempo, lo pasaba de pie, mirando hacia la nada. Crecí y me volví a hacer pequeño. Me tambaleaba mucho y ya no podía enfocar. A la distancia, no podía ver nada con claridad. Poco a poco me fui desvaneciendo. Seguía sin recordad nada de lo que decían que había hecho.

A diario soñaba contigo. Me acordaba de los viajes que hicimos juntos y cuando caminábamos por la universidad tomados de la mano en la mañana. A veces, no sé por qué, mi mano estaba roja. Otros días,  en la oscuridad, escuchaba gritos. Poco tiempo después, ya no escuché nada. Todo era negro y soledad. Hasta que vi una luz. Era la puerta de la universidad, la luz era el sol que despuntaba con el alba. Mi corazón se enterneció. Era mi querida alma mater. Ese hermoso lugar donde te conocí y nos enamoramos. ¿Lo recuerdas? Estudiantes, con hambre, poco más que adolescentes con el mundo a nuestros pies.

Caminé de nuevo por los pasillos, recorrí las aulas y me senté al pie de la estatua en la plaza. Ahí nos vi. Era el primer día de clases y nosotros, con una sonrisa dibujada en la cara, nos encontrábamos por primera vez. Nuestro primer día de universidad y ya nos encontrábamos. ¡Tesoro más preciado no pude tener! Y todo, en el primer día del resto de nuestras vidas. El cielo esplendorosamente azul brillaba sobre nuestras cabezas. Éramos estudiantes y nada más.

Desde ese día vago por estos lugares. Hay quienes se asustan al verme y otros tantos, repiten nuestra historia de amor. ¿Sabes que un tipo asesinó a su novia cuando ésta lo dejó? Sí, responden, la historia se cuenta desde que mi papá estudió aquí. ¡Qué triste! Dicen, que si te quedas en las noches de invierno ves al novio pasar, siempre descalzo y con las manos llenas de sangre.

De musas y poetas, eso siempre quisimos ser. Tú eras la mía y yo te escribía.

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