Allá a donde queremos ir

Logos y mito

En La Nariz de Nicolai Gogol,  el barbero Iván Yakovlievich, tras cortar su desayuno, encuentra  una nariz. La reconoce de inmediato, es propiedad del  mayor Kovalev. El infortunio une a tres voluntades: la del barbero, la del mayor y la de la nariz. En efecto, las tres buscan su propia libertad. No es más que una lección de libertades truncas a partir de la propiedad y el estatus. En la sociedad rusa del siglo XIX, el estatus perdido por la desaparición de una nariz, resulta ser algo impropio de un caballero e insólito para la mente racional.  En el cuento de Gogol, nos sorprendemos al encontrarnos a una nariz con mayor posición social que la de su antiguo dueño, distinguido y digno, lo observamos rezando en la catedral de Kazán. Ante  el desconocimiento de la nariz por su dueño, Kovalev y nosotros, nos quedamos perplejos por la seguridad con la que el distinguido señor, la nariz, niega todo conocimiento de las aseveraciones de Kovalev: Señor, usted es mi nariz. Kovalev pierde de vista al caballero-nariz y sale descorazonado. La siguiente vez que encontramos a la nariz, es entregada por un policía a casa del mayor pero ante la incapacidad de pegársela al rostro, el mayor sigue en desdicha. Inclusive un doctor sentencia: mejor déjelo así, de lo contrario, podría ser peor. No es hasta el 7 de abril que una nariz aparece sin más en el rostro del mayor Kovalev, quien recobra el goce de la vida. El deseo se ha cumplido y Kovalev se deja ver en todos los lugares propios de la alta sociedad peterburguésa.

En las últimas líneas del cuento, Gogol duda de su propio relato, se deslinda de la autoría y se pregunta cómo es posible semejante cosa:

Y he aquí la historia que sucedió en la capital septentrional de nuestro gran imperio. Sólo ahora, después de reflexionar sobre todo esto, vemos que hay mucho de inverosímil. Sin hablar de lo extraño de la desaparición sobrenatural de la nariz y su aparición en diferentes lugares, bajo la figura de consejero de Estado…, ¿cómo pudo Kovalev no comprender que era imposible buscar la nariz por medio de un aviso en el diario? No me refiero a que el precio sea elevado; simplemente me parece algo indecoroso, inconveniente y que no está bien.

 

Y además, ¿cómo fue a parar la nariz al pan cocido, y cómo el mismo Iván Yakovlievich…? ¡No, no lo comprendo! Pero lo más extraño, lo más incomprensible es que los autores puedan elegir semejantes argumentos. Reconozco que esto es completamente inconcebible. Es nada menos que… ¡No, no! ¡No comprendo nada en absoluto! En primer lugar, no es nada provechoso para la patria; en segundo lugar… Pero si ni aun en segundo lugar le encuentro utilidad. Sencillamente no sé qué significa esto…

 

No obstante, a pesar de todo, aunque admitamos lo uno y lo otro y lo tercero, puede incluso que… Pero ¿en dónde no existen cosas absurdas? Y, sin embargo, si reflexionamos sobre todo lo sucedido, veremos que, en efecto, hay algo. Digan lo que quieran, en el mundo se dan semejantes sucesos… aunque raras veces, pero suceden

 

La certidumbre mínima que cualquier otro relato nos tiene acostumbrado se rompe. Si Gogol duda de lo que acaba de narrar o al menos, es lo que pensábamos como lectores; nos deja caer de cualquier certidumbre, tal y como Iván Yakovlievich deja caer al río Neva la nariz que acaba de encontrar en un pan, la diferencia es que Iván  es atrapado por la policía y a nosotros nos deja nadar en esas aguas frías sin dirección. ¿Qué pretende Gogol con estas líneas? El autor, al final del relato lo dice claramente: cosas así suceden en el mundo, no muy a menudo pero suceden.

Hay relatos  y cosas en el mundo que rompen nuestra realidad. No es que sean falsas, sino que suceden en otros mundos, ajenos y vemos, a partir de ventanas literarias; lo que sucede en ellos. La nariz, en tanto caballero, ha llevado una vida digna e ilustre, muy alejada del mayor Kovalev. ¿Será un mundo distinto en dónde la voluntad de la nariz se haga presente y le de vida como caballero de alta alcurnia y otra en el que Kovalev  tenga nariz? No lo sabría contestar, pero en definitiva, la posibilidad se abre. Tal vez Gogol nos muestra el absurdo desde nuestra realidad para luego desvincularse de toda posibilidad de estos mundos alternos y la capacidad de pensar en otros lugares se hace presente. El absurdo puede ser la regla del mundo, un mundo en el que una nariz se convierte en un oficial del estado mayor ruso. .

Cosa semejante aparece en la doble presencia del mundo en 1Q84 de Haruki Murakami. En la novela Tengo ayuda a escribir un relato que muestra alteridades que rompen, en efecto, su propia realidad. Al mismo tiempo, Aomame, baja por las escaleras de servicio de una autopista y sale por otra realidad, la que llama 1Q84 y no su  1984. En puertas y puntos difusos se encuentra y pretenden regresar a 1984, su mundo real, a saber, no es el nuestro: pero los sucesos a lo largo de la narración, en el que el acto de escribir se presenta como  ventana a otros mundos se hacen presentes; deja a los personajes en una realidad incierta. Ellos mismos no saben si regresaron a 1984 o están en otro lugar.

En suma, la  literatura, en particular, aquella con bosquejos de fantasía; construye alteridades que llamo mundos otros. La elección de otro, no es de ninguna manera aleatoria y estoy pensando específicamente en Martin Buber y Emanuel Levinas. No pretendo realizar un tratado  sobre filosofía en estas líneas, basta con decir que una realidad se construye a partir de lo que no es. ¿Qué no es en nuestro mundo? Muy sencillo: todo lo  que concebimos como imposible. En los mundos narrados, narices se pueden volver caballeros o en el caso de 1Q84, entidades llamadas little people construyen capullos de aire para  formar réplicas de niñas que dan a conocer su libertad.

Lo que discurre, aquello que se dice, debe permitir lo inverosímil para unos y lo verosímil para otros. Es una vieja dicotomía presente en lo otro y en lo mismo, nosotros y ellos, escritor y lector, personajes de ficción  y de realidad. Se hace presente en uno, en palabras de Calvino hay una identificación absoluta entre el universo y el relato. Pero la multiplicidad de relatos nos  obliga a pensar en muchos universos. Si cada relato amarrado a un libro y como dice Calvino referente a los clásicos: son aquellos que logran una identificación absoluta entre el universo y el relato. Calvino nos sugiere que un libro, en este caso relato, es clásico en tanto todo se identifique con él. Vida y obra se hagan uno mismo. ¿Es menos clásico Dickens que Shakespeare o Proust?  No y entonces, si hay múltiples clásicos, hay múltiples universos con que la totalidad de la obra se funde y encontramos en torno a una simulación de la vida desde la literatura o si se me permite, una simulación de la literatura venida desde la vida misma.

Relato y vida o mejor dicho, el relato de una vida, son eternos en tanto haya formas de (re) leer la narración. Entonces debemos, necesariamente, reconocer una naturaleza contextuada, histórica y social del acto de leer.  Se lee bajo coordenadas específicas. ¿Qué es leer? Encarnar la palabra, propagarla por medio de alegorías de símbolos e imágenes. ¿Qué se dice? Ahí está el truco, cada sociedad, cada tiempo y cada hombre se para sobre los hombros de los gigantes. El significado cambiará en tanto cambie los horizontes de significado del lector. Hay una declaratoria social, política y social en la manera de leer y en la manera de interpretar.  ¿Qué nos dice? Valdría más la pena preguntarnos quiénes somos. El decir está  ubicado en la-forma-de-ser-del-lector. ¿Qué nos dice? Dependerá de quiénes seamos. Una forma de leer corresponde a una forma de ver el mundo y la escritura no es más que el mapa para cartografiar los mundos inhóspitos. Es así que entiendo leer-escribir como un mismo acto pero en momentos pasivos y activos. En uno se muestra y en otro se percibe.

Mallarmé nos habla de este carácter de la escritura cuando nos dice:

EL MAESTRO

 

 

                                               sugiere  

 

de esa conflagración   

que sucede    

que se

 

 

 

como se amenaza

 

Aprovechando la dimensión visual en Un tiro de dados,  me parece pertinente rescatar el segmento anterior. Inicia Mallarmé con El Maestro que siguiere y conflagra, una amenaza velada detrás del consejo, ¿quién este maestro? Desde mi perspectiva se refiere al autor que enseña y demuestra, conspira para mostrar nuevos mundos pero el tirano, bajo amenaza, cierra la ventana a esos horizontes, Un reto es lanzado: ¿Puedes navegar la terrible tormenta de la escritura?

Espíritu 

                  para arrojarlo  

                                             en la tempestad  

                                    replegando la escuadra y pasar altanero 

 

 del secreto que detenta   

 

 

El Maestro detenta el secreto para navegar en la tempestad, no lo comparte con los pupilos, Son ellos mismos, quiénes deben arriesgarse y lanzarse a la mar. A descubrir nuevos horizontes, y al mismo secreto que esconde la literatura. Es trabajo del autor tratar de perforar el secreto pero las palabras no alcanzas significados y terminan por no ser descubiertos.

Cayó

             la pluma   

                             rítmica suspendida en lo siniestro   

                                                                                                                se sumerge   

                                                                                        en las espumas originales

                                                         donde no ha mucho crecía su delirio hasta una cima     

                                                                                                  asolada   

                                                                   por la neutralidad idéntica del abismo

 

Para terminar con Mallarmé, mucho se podría decir de Un tiro de dados,  sin embargo, lo reduzco al mapeo de mundos insospechados. En las líneas citadas, la pluma bajo ritmo embrujado rodea lo que no se conoce, se  sumerge en lo anterior, en las espumas originales, en aquellas narraciones que no sabemos si es mito, cuento o historia. En la medida que escribimos-leemos, ahora entendiéndolo como un mismo acto; nos sumergimos en narraciones antiguas y eternas que remiten a tiempos y sociedades pasadas. Cuando leemos a Homero nos sumergimos en las aguas griegas  y en sus dinámicas desaparecidas de este mundo y de otra forma, inaccesibles para nosotros. Escribir es mirar el abismo, movemos la pluma y no sabemos dónde terminaremos.

Lo anterior no es cosa fácil. Saber dónde estamos parados, eso es lo complicado de la literatura y el pensamiento, establecerse como espectador-actor, ¿de qué? De mundos superados y alejados del que participamos. Me parece pertinente traer a colación a  Samuel Taylor Coldrige le llamó la suspensión de la incredulidad, capacidad del lector por suspender la condición inverosímil del relato en tanto toque fibras  de la condición humano. Para leer-escribir, construir ventanas y mirar por ellas, debemos admitir dos cosas: posibilidades infinitas de mundos múltiples y la unívoca certeza de las reglas de este mundo como única posibilidad de existencia. ¿A caso no es dicha suspensión  de la incredulidad una voluntariosa capacidad creer en cosas alternas que no hemos vivido? ¿Qué mayor alteridad u Otro  que aquello que no existe en nuestro plano?

Es aquí que me atrevo a decir que nace una creencia poética o al menos, literaria,  semejante a las tradiciones de creencia de los griegos contemporáneos a Homero. Dirá Alegría Morán que el pensamiento griego será mítico y poético. En otras palabras, se busca dirección moral, religiosa, social y política en Homero y en obras que consideramos eminentemente ficciones. Sin embargo, en tiempos de Homero, las respuestas están en la declaración del mito. Aunque claro, el mito y nuestro mundo se conciben como uno mismo. El distanciamiento entre los mundos, los narrados –vistos- y el nuestro –experimentado- nace con la noción de logos, conocimiento sistematizado y estructurado para encontrar la verdad En tanto el mito es creencia, el logos es descubrimiento; dos operaciones distintas que, en teoría, democratizan al conocimiento. En tanto el primero sólo se accede por medio de los dioses y los elegidos por ellos, el segundo puede ser alcanzado por todos.

Pero, ¿qué significa esto para literatura? ¿La literatura es mito o es logos? Es un poco de ambas, estructuración  y sistematización de algo dado en lo que se debe creer  y encontrar.

 Alguna vez un amigo me dijo: Si no crees en el tarot, no crees en la literatura. Más allá de mi animadversión por la idea de destino, o el influjo de los astros en nuestras vidas, que dicho sea de paso, me parece nulo;   tal declaración resume la estructura vivencial y de creencia de la literatura.  Se debe creer para que viva la literatura.  ¿A qué me refiero con creer en la literatura? Me refiero al sentido más laxo del término: tener algo por cierto sin conocerlo de manera directa o sin que esté comprobado o demostrado. En otras palabras, creer es un acto de fe. Así como creo en Dios o en el tarot, creo en la literatura.  Cuando alguien abre un libro y toma por cierto, aunque sea de manera momentánea, lo que se lee, se está creyendo en la literatura. De nuevo, esto es la suspensión de la incredulidad. La creencia mueve al relato,  si, de lo contrario, nos mantuviéramos enganchados a esta realidad, la relación entre el lector y lo que se lee, no existiría. Yo me conmuevo con las palabras de Rosario Castellanos en Balún Canán, me maravillo ante los poemas homéricos o siento la tragedia de Otelo. Todo esto es posible por mi creencia en estos relatos. La creencia da movilidad, enciende y da movimiento a lo que se lee, ¿De qué otro modo podríamos permitirnos pensar en otras alternativas de existencia?  La creencia permite la suspensión de la incredulidad y la paradójica contemplación del que lee: se participa y activa del relato cuando se lee. Regreso a esta aseveración: leer es escribir y  viceversa. El relato sin creyente o dicho de otra forma, lector, no existe, no se activa y muere.

¿No es esto una forma de comunión con algo mayor? ¿No es acaso igual al momento en que un rito religioso tiene lugar en el seno de los creyentes? ¿Leer-escribir, en tanto percibir-mostrar, no es semejante a la consumación del creyente con lo divino  en un impulso en que el universo se funde en uno mismo?  Recordemos a Calvino y a la identificación absoluta con el relato y el universo. Parece entonces que la literatura recuerda cuando fue mito, ciertamente mucho antes de ser logos; y hereda dinámicas de su antecesor. En su código epistemológico se encuentra encarnada la creencia para activar la vida misma.  Al mismo tiempo, la influencia de su otro pariente, el logos, lo arranca del comportamiento mítico y busca establecer una literatura lógica que no busque creer sino encontrar la verdad.

De ninguna manera me parece que estos esfuerzos se oponen, al contrario, creo que podrían ser descritos como complementarios: debemos encontrar la verdad por medio de la creencia. De nuevo, la resonancia religiosa es profunda. Pero la  literatura contemporánea ha perdido la dimensión mística y se ha construido en nociones demasiado racionales. La literatura ya no sigue la pasión, se construye sobre las bases de palabras sesudas y argumentaciones de críticos que buscan al nuevo nobel.  Necesitamos a un ejército de expertos que nos expliquen  lo que los autores quisieron decir. ¿Por qué necesitamos que alguien nos explique lo que debemos creer? La creencia es asunto del corazón, de pasiones perdidas y certezas que no se ven. La argumentación teórica es del logos y nos aleja de las pasiones que la creencia hace arder.  Inclusive llegamos a más allá: no nos atrevemos a buscar la verdad y únicamente autorizamos a los nuevos mesías, críticos, que nos digan qué opinar, qué pensar y qué sentir. Ni siquiera seguimos el impulso democratizador original del logos que nos dicta encontrar la verdad por nosotros mismos.

Al respecto encuentro una grave escisión entre ambos aspectos de lo que considero un universo, el uno que versa, la unidad que dice. S escribe o se lee, se piensa o se siente,  se es crítico o escritor, nunca  las dos cosas. Hemos propagado la idea de que la literatura y la ciencia, encarnación moderna del logos; son dos operaciones distintas. Jamás se debe mezclar el corazón y el cerebro. El mal escritor tiene exceso de pensamiento y es mejor que se convierta en buen crítico. Triste aseveración para alguien como yo que busca desarrollarse en la escritura-lectura científica y literaria. Es más, no debería asumir tal diferencia. No importa lo que se escriba-lea, siempre se muestran nuevos mundos y nuevas alternativas.

Para terminar, me gustaría proponer un par de soluciones al lector si es que quiere creer y  crear su verdad, dicho de otra forma, para volver a unir lo que alguna vez fue separado. Estas dos soluciones llevan por nombre Ezra Pound y Marcel Proust, siendo los únicos autores que, a mi parecer, han logrado resarcir la separación entre mitos y logos. Ambos vuelven a reestructurar la creencia en la literatura. El intento de Pound es hacer un cantar,  en el sentido de cantar de gestas, de una historia oral; de la totalidad de la humanidad. Se envuelven en el decir figuras como Aquiles y Cristo. Son partícipes de la construcción de una misma narración, la humana. En esta nueva dimensión, se abren mundos del entrecruce de todos los mitos, religiones y acontecimientos históricos que podamos pensar.  Un verdadero mito vivo que se va alimentando de nuevas  narraciones y que al mismo tiempo se tuvieron que sumergir en las profundidades de los relatos antiguos para reinventar alegorías ya planteadas, actualizarlas y hacerlas hablar a un público distinto.  Mientras Pound hace dialogar a Aquiles con Cristo  y por medio de la palabra, los hace participes del otro y lo mismo; Proust retuerce y trastoca el tiempo. Hace reverberar el pasado y futuro en el momento en el que alguien come una magdalena. El sencillo acto de comer es el punto de referencia para encontrar  horizontes nuevos atemporales. El tiempo se distiendo en el que todos los  hombres que han vivido y vivirán, parten el pan. Ambos plantean relatos que abren paréntesis en tiempo y espacio, a la manera de un rito religioso, reproducen la totalidad de la vida social y se mueven bajo otros tiempos. Un tiempo en que el mito se hace presente y los héroes no son menos reales que los participantes. Una suerte de eucarística concebida como laica pero vista desde las más profundas religiosidades de  todo ser humano. En mi poco tiempo de vida, no he encontrado autores más salvajes que estos dos. Regresan a un espíritu místico que me hace pensar en momentos en la que la oscuridad se cernía sobre el hombre. Una suerte de pasado remoto en el que la luna era diosa y madre, en el que no pretendíamos conocer al mundo entero sino únicamente vivir en el.  Observábamos al cielo, al mar y al bosque y ellos, nos devolvían la mirada, y de esta relación nace el mito como manera de entender lo que nos rodea.  Sucede pues,  que  ninguno de los dos habla de tiempos primitivos pero la estructura de su narración es más cercana a los primeros mitos que a un discurso científico moderno. En el camino a Swan encontramos a Gilgamesh, Aquiles y Ulises; activando algo tan primario que se encuentra programado en el cerebro de cada hombre, algo  que las mentes racionales han pensado olvidado pero  que está siempre latente y nos hace recordar porqué le teníamos miedo a la oscuridad.

 

 

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