Allá a donde queremos ir

Una forma de entender la sociología desde Scheler

Alfredo Poviña, en  La obra sociológica de Max Scheler[1], propone dos momentos del trabajo de Scheler, el primero, meramente filosófico, en el que trata temas como su ética, la filosofía del conocimiento y los fundamentos antropológicos del hombre. El segundo momento, de corte más sociológico, dejaría ver una preocupación por la constitución social del conocimiento y de la cultura. Poviña[2] establece claramente que el segundo momento es consecuencia directa los planteamientos del primero. En ambos momentos, la manera de experimentar el mundo y conocerlo establecería tanto los fundamentos mismos del hombre como de la sociedad. De esta manera la correlación entre filosofía y sociología en Scheler  se da por medio de una aproximación fenomenológica a la cuestión de la constitución del hombre visto desde una doble dimensión: como ser que conoce y ser que comparte ese conocimiento, esta última formando parte del proceso de humanización que Scheler  denominaría cultura[3].

 

El objetivo que se plantea este breve ensayo será contestar tres cuestiones puntuales desde la perspectiva del pensamiento de Scheler, entendiéndolo bajo la relación arriba mencionada entre hombre y sociedad. A saber, las preguntas  a contestar serán las siguientes: ¿cómo construye Max Scheler su argumento para demostrar qué significa el hombre?,  ¿qué significa para Max Scheler que el hombre se debe humanizar? Y finalmente, ¿qué tipo de saber necesita el espíritu para cultivarse?  Para contestar estas cuestiones se tendrá que remitir al entendimiento que Scheler tiene sobre la sociología:

Para fijar el concepto genérico de “sociología” nos servirán sólo dos notas. Primera, que esta ciencia no trata de hechos ni sucesos individuales, sino de reglas, tipos (tipos medios y tipos ideales lógicos) y, donde es posible, de leyes. Y segunda, que analiza todo el inmenso contenido, subjetivo y objetivo, de la vida humana (preferentemente), como quiera que se llame este contenido, y lo estudia tanto descriptiva cuanto causalmente, pero exclusivamente desde el punto de vista de su determinación efectiva, no de su determinación “normativa” o por un deber ser ideal, o sea, de su determinación por las formas de unión y de relación sucesivas y simultáneas que existen entre los hombres, tanto en lo que viven, quieren, hacen, comprenden, en su acción y reacción, cuanto en forma objetivamente real y causal, esto es, en una forma tal que en modo alguno cae ni necesita caer dentro de la “conciencia de algo” propia de los hombres afectados por la unión o relación[4].

Lo anterior lleva a considerar lo siguiente, si las relaciones causales establecidas por la sociología, no en relación a un tipo ideal sino a una experiencia de los hombres entre sí; el acento se encuentra en la experiencia de los hombres  y sus interacciones. Las relaciones causales sociológicas se fundamentan bajo el trabajo empírico y no en relación al espíritu. La aproximación scheleriana trastoca el orden causal de la sociología[5], su propuesta de sociología de la cultura, reconoce su ámbito en el reino del espíritu y no en el reino de lo empírico. Es así que le da un puesto particular a las relaciones causales sociológicas que tienen como meta relacionar al hombre con sus propias operaciones espirituales. Lo anterior tendrá coherencia si tomamos en cuenta dos nociones, primero, que la fundamentación antropológica del hombre se construye sobre una argumentación de abajo hacia arriba[6]a, el fundamento de la vida misma, el tránsito de lo inorgánico a lo orgánico condiciona las propias operaciones psíquicas del hombre, sin embargo, el propio espíritu, fundamento propio del hombre, sería atribución de algo infinito[7]. Es aquí que el espíritu se distingue de las operaciones psíquicas propiamente vitales.

¿Cómo construye su argumento Scheler? La cuestión no es sencillo, ya que si bien para aclarar la cuestión del fundamento del hombre en el espíritu lo realiza de arriba hacia abajo, complejizando las operaciones psíquicas, en El saber y la cultura,  la preocupación sobre la dimensión del espíritu será una defensa del hombre mismo ante los ataques reduccionistas de la época[8]. La amenaza se hace presente: reduccionismo a ultranza del ser humano, el espíritu es abandonado por movimientos de masas, eliminando a la persona[9]. La cultura, en tanto proceso de humanización[10], sería guiada por la aspiración a tipos ideales, propios de las operaciones espirituales[11]. La persecución de tales tipos ideales se remitiría a la  realización del ser humano  en persona. En tanto ser humano, se convierte en una categoría transitiva, tipo ideal, que el hombre debe alcanzar practicando los actos del espíritu. Siendo la cultura el reino del espíritu, podríamos llamar a ésta como la búsqueda de los tipos ideales del hombre, la cual tiene como consecuencia la humanización del hombre, en otras palabras, convertirse en persona. [12]

Regresando un poco al tema de la separación del saber sociológico cultura y el saber sociológico real[13], la primera encargándose en los tipos ideales y operaciones del espíritu, mientras que la secunda se dedicaría a las relaciones causales y explicaciones de lo empírico; la distinción entre conocimiento del espíritu y del mundo real pareciera condicionar  a todas formar del conocer, dividiendo el saber del espíritu y de lo material. Sin embargo, me parece contradictorio al pensamiento de Scheler[14] si se llega a tal conclusión. La naturaleza del saber, así como la del hombre mismo, se va construyendo bajo fuerzas empíricas que mueven a las formas del espíritu, ideales. Dicho en otros términos, la experiencia mueve a las categorías, la cuestión se encuentra en el marco interpretativo y referencial que las segundas llevan a la primera y convertir la experiencia en saber  del espíritu, cultural.

No cualquier experiencia del mundo puede elevarse a los términos del espíritu, Scheler lo establece claramente,  las manifestaciones del espíritu deben ser autónomas de los impulsos psicofísicos de la vida[15].  El impulso debe ser domado para que sirva de manera productiva a la obtención de ciertos valores como el amor[16], el cual sería la cúspide de la axiología scheleriana. En esta elección de impulsos y direccionamiento a los valores, que encontramos el saber capaz de convertirse en el saber del espíritu[17].

Vemos pues que el saber  del espíritu, siempre orientado a valores, es la relación entre tipos ideales y experiencia empírica. El espíritu es el único que puede lograr compaginar las dos dimensiones, aunque tampoco se tendría que engañar con la  esperanza de la total  aplicación de un tipo ideal a una cierta experiencia por más que sea llevada a realizar un valor  y sea autónoma de cualquier impulso psicofísico. Sin embargo, la propia persecución de tal fin es lo que estructura la propia vida espiritual del hombre. El tipo ideal no es la meta en sí, es el camino para que el hombre pueda convertirse en persona.

El hombre sí mismo es una suerte de recolección de tipos ideales y experiencias empíricas, una sublimación entre impulso de vida y espíritu, que no es enteramente carne ni tampoco solamente razón. En la totalidad del microcosmos que es el hombre, se revierten las fuerzas de la vida para negar los impulsos. La negación y elección a objetivos mayores, es la conformación del hombre como operación del espíritu, al cual establece la meta última: la realización del hombre. El saber de la cultura, es el saber de los tipos ideales y su ligamen con la experiencia de vida. Si bien no todo hombre se vuelve persona, tampoco todo saber se vuelve saber del espíritu. La cultura es la máxima expresión de ambos, aquel proceso ordenado bajo las formas de los tipos ideales, el cual  establece el camino para la realización del hombre.

Las formas interpretativas de la vida, trascienden las relaciones causales de lo empírico por lo que se necesita un saber estructurado bajo el propio esquema del espíritu, un reflejo epistemológico de la propia formación antropológica del orden, que empiece, al igual que él, de abajo hacia arriba, tomando impulso desde las formas vitales hasta las formas del espíritu. Scheler comienza estableciendo desde una antropología metafísica hasta establecer una sociología de la cultura como campo de conocimiento propio del espíritu.  Si el hombre debe cultivar las formas del espíritu, debería tomar un saber semejante que tome en cuenta su propia distinción a cualquier otro saber empírico, de igual manera, ordenado a los valores, en la medida de lo posible, fundado en el amor entre los seres. No bastaría una sociología inocua que busque comprender y explicar, sino que persiga la propia realización de la ciencia que sirva al hombre en tanto persona y no como  agente accidental de dinámicas sociales que no  sean pensadas como formas de alcanzar al espíritu. En últimos términos, la filosofía, antropología y sociología de Scheler no son aspectos distintos de su pensamiento, sino reflexiones específicas sobre el hombre: su conocimiento, su fundamento y su relación con otros hombres.

Bibliografía.

[1] Poviña, A. “La obra sociológica de Max Scheler”. Revista Mexicana de Sociología, Vol. 3, No. 2 (2nd Qtr., 1941): 133-142

[2] Ibid.

[3] Scheler, M. El saber y la cultura. Ediciones El Aleph: 1999.

[4] Scheler, M. Sociología del saber. Santa Fe: El Cid Editor, 10-11

[5] Ibíd., 12

[6] Scheler, M. El puesto del hombre en el cosmos. Buenos Aires: Losada, 1984

[7]Ibid.

[8] Op. Cit, El saber y la cultura

[9] Op. Cit,  El puesto del hombre en el cosmos,

[10] Op Cit, El saber y la cultura

[11] Ibid.

[12] Op cit, El puesto del hombre en el cosmos.

[13] Distinción propia de Scheler en La sociología del saber.

[14] Claramente el pensamiento scheleriano indicaría una unión entre idealidad y experiencia empírica, una no puede ser separada de la otra.

[15] Op Cit,  El saber y la cultura

[16] Op cit,  Poviña

[17] Op cit, El puesto del hombre en el cosmos.

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