Allá a donde queremos ir

El Saber y la Cultura

En este brevísimo comentario, nos daremos a la tarea de responder tres preguntas puntuales que nos parece, son el eje coordinante de la argumentación de Max Scheler en El saber y la cultura. Si bien en esta obra, Scheler se da a la tarea de matizar tres ejes temáticos: el hombre, la cultura y el saber;  se percibe, desde nuestra opinión; la totalidad del pensamiento scheleriano, o al menos, sus elementos más importantes. Percibimos en esta obra un trabajo en el que las piezas han embonado a la perfección, hecho que se vuelve complicado cuando se revisan títulos más específicos de la obra de Scheler como El hombre del puesto en el cosmos  y La sociología del saber. En El saber y la cultura, nos parece, que hay una suerte de vista panorámica en la cual el mismo Scheler nos indica qué lugar va cada pieza  y percibimos que el espíritu es la piedra angular de toda la argumentación e inclusive nos atreveríamos a extender el lugar del espíritu como el fundamento del pensamiento scheleriano. Por  último, en esta breve introducción, nos gustaría indicar que el espíritu, en tanto fundamento del hombre mismo, será el camino mismo para elevar al hombre en persona, por lo que en la obra en cuestión, Scheler nos explica la manera en que podemos participar de él, cuáles son sus manifestaciones y la manera en que podemos conocerlas. En tanto nos eduquemos en las cosas del espíritu  nos volveremos más humanos.

¿Cómo construye Max Scheler su argumento para demostrar qué significa el hombre?

Para Max Scheler  la persona es un microcosmos, un reflejo de todo lo esencial de la naturaleza y de la historia[1], en la persona se encuentra la totalidad de cosas esenciales de lo que existen, tanto naturales como espirituales y el macrocosmos se focaliza en un punto llamado persona humana[2]. En efecto, se crea un mundo en el interior de la persona. De tal suerte, el hombre adquiere conocimiento y reafirma su condición humana.

Ésta es la caracterización que Scheler hace del hombre en El saber y la cultura, el microcosmos integrado por las esencias totales del universo mayor externo al hombre. A este proceso de formación total, Scheler le llamaría educación cultural[3].  Su argumentación se centra en la capacidad que tiene el hombre de elegir su camino para identificar  los saberes cultos, aquellos saberes que  ayudan al desenvolvimiento y devenir de la persona que sabe[4]; frente a otro tipo de educaciones y saberes, particularmente aquellos que reducen y limitan el propio devenir del hombre.   Y es que para Scheler, es urgente, así lo indica en el inicio del libro, una defensa a ultranza frente los reduccionistas del hombre y negaciones espirituales como serían el ultraracionalismo, el psicologismo, el pensamiento religioso, los totalitarismos, socialismo y cualquier otro modelo de saber y convivencia que reduzca las propias  operaciones espirituales en francas operaciones físicas o negando la búsqueda de valores de esas mismas operaciones[5].

El argumento es muy simple, defendamos la cultura y la educación cultura, que será aquella que nos permitirá convertirnos en personas e humanizarnos. Ante la gran avanzada de los saberes de la técnica y el divino, que no buscan activamente el desenvolvimiento del hombre en sus actos y eliminan los valores de su horizonte de posibilidades;  Scheler levanta su defensa del espíritu y de la cultura, en una serte de embalaje teórico metodológico en el que  identifica claramente la relación entre procesos físicos, psíquicos y espirituales. La unión de las operaciones vivientes le dan energía al espíritu para elegir qué objetivos va a seguir, es una suerte de negación productiva en la que el espíritu niega impulsos determinados para darle fuerza a otros, al tiempo en que crea y  genera fuerzas para la realización de actos encaminados a valores.

Así que por medio de diálogos críticos, contraposiciones y enfrentamiento de diferentes interpretaciones antropológicas[6], Scheler busca probar que no es ni la vida impulsiva ni el razonamiento que le dan fundamento al hombre sino su propia conciencia de sí, espíritu, que está dirigida a realizarse por medio de actos concretos cuyos objetivos sean valores.

¿Qué significa cuando Scheler dice que el hombre debe humanizarse?

Debemos de partir de la propuesta personalista de Scheler: el ser humano se vuelve persona. Ser hombre no es una circunstancia biológica, implica libertad, decisión y voluntad. Debe haber una intención de convertirse en persona. El proceso de humanizarse es, después de decir hacerlo, reafirmar con sus actos esta postura.

Siendo el hombre un ser sublime y elevado por encima de todas las criaturas vivas[7],  una vez viéndose liberado del gobierno de los impulsos, gracias a las bondades del espíritu,  es capaz de decirle no a esos impulsos y trastoca la situación entre vida y espíritu. El último, como atributo divino, empieza a usar la vida, específicamente hablando extrayendo de ella sus fuerzas para realizar sus propios actos.

Recordemos que Scheler reconoce el humanizarse como el proceso de convertirse en persona, una autorrealización en devenir constante, esto quiere decir no esperar al salvador de afuera sino deificarse y colaborar con la realización de la idea de la divinidad espiritual[8]. Siendo esta divinidad espiritual el impulso que mueve tanto a la historia como a la naturaleza y que se manifiesta en cuerpos o imágenes según regularidades que llamamos cultura[9].  Por tanto, el adentrarnos a esas formas de manifestación es adentrarnos a la cultura y a medida de que adentrándonos más a esas manifestaciones, estamos adentrándonos más y más al mundo del espíritu. Lo anterior se realizará por medio de una educación cultural que responda a la adecuación de los valores más sublimes del espíritu, específicamente hablando, el amor como elemento trascendental del propio espíritu[10]

¿Qué tipo de saber necesita el hombre para cultivarse?

Scheler reconoce tres tipos de saberes: el culto, el divino y el científico[11]. El primero será aquel que ayuda al  pleno desenvolvimiento y al devenir de la persona que sabe[12], mientras que el divino se referirá a todo aquello tendrá que ver con el devenir de la existencia y por ende se referirá a un supremo fundamento esencial[13]; y finalmente, el tercero, se referirá al devenir del mundo sujeto a las transformaciones provenientes del hombre[14].

De esta manera, el saber culto es aquel que nos deifica como personas, nos envuelve en las formas del espíritu y nos termina por humanizar, y es que el sólo hecho de tener consciencia, el hecho de saber que yo sé[15], no es propio del nivel de la persona. El ser humano sabe que sabe pero no por esto se ha humanizado. La frontera entre ser humano y persona se referirá al involucramiento con un saber específico, el que nos dinamiza como seres con espíritu, los otros tipos de saber, el divino y el científico; serán movilizados una vez que el espíritu se haya echado andar. Sin embargo, si movemos el saber de práctico del mundo y el saber del fundamento de todo lo que existe, no es garantía que el espíritu se mueva. Recordemos que el devenir del hombre que se humaniza, esa transición de hombre a persona; es propia del espíritu  y no de ningún otro saber.

Se abre pues la cuestión de la manera en que conocemos. Aquí Scheler establece  abre el argumento sobre la naturaleza propia del conocimiento. En las líneas arriba, el carácter del devenir cobra importancia. Hacer que algo venga, diría Scheler, el devenir es el único fin  del saber[16]. Es decir, el saber tiene que saber algo,  él mismo ha establecido la naturaleza vana del saber por el saber[17], así que el saber tiene que tener una utilidad y es movilizar algo en el sujeto que sabe y en objeto de esa acción. La cuestión es como sigue:  para que alguien conozca, ponga en movimiento algo, tiene que abrirse a ese algo; lo que es lo mismo, ponerse en relación con ese algo para que el objeto del saber y el sujeto que sabe, se pongan en relación profunda y funcionen como una propia unidad[18].

El devenir del hombre en persona es propio del saber culto, esto quiere decir que por medio de la educación cultural, el hombre participa de las formas del espíritu y éstas en el, de tal suerte que el microcosmos unitario se hace presente. Aquella vieja separación del objeto y sujeto se rompe y ambas entidades son transformadas por el acto de conocer. El hombre se vuelve más humano en tanto se abre a las cosas del mundo y las manifiesta bajo formas culturales que en últimas cuentas son formas del espíritu. Al mismo tiempo, las cosas que participen del hombre en tato personas, adquieren un carácter particular y se vuelven ellas mismas partícipes del espíritu.

Éste borrar las fronteras entre sujeto y mundo, termina por transformar al hombre, al saber  la manera en que sabemos, Scheler no encuentra otra palabra para esto más que amor[19],  este último siendo la capacidad trascendental y esencial del espíritu y que al mismo tiempo lo guía para relacionarse con el mundo, con otros hombres y realizar sus actos. En este sentido, el abrirse al mundo, entendido como amor, es el fin último del espíritu y un hombre se convertirá en persona, es decir, se humanizará; en tanto tenga como fin el amor para conocer y relacionarse con el mundo.   Nos parece lógico establecer una relación final: el amor y el conocimiento son parte del mismo proceso sólo que en extremos distintos. Mientras que el amor funcionaría como un primer momento del proceso, el conocimiento sería el resultado final, dicho de otra forma, conocer se debe amar para conocer y devenir en persona.

Conclusiones.

Hemos tratado de desarrollar puntual y claramente cada uno de estas interrogantes aquí expuestas. El texto mismo  va llevándonos por una preocupación de los tipos de saberes que rondan el  ambiente del hombre en los años en que Scheler dicta la conferencia. La preocupación es tangible: el reduccionismo del saber  terminará por deshumanizar al hombre. La amenaza es palpable, hay un sentido de urgencia en las palabras del autor y  hace un llamamiento a virar el rumbo por aquello que nos hace personas: el espíritu y sus formas. ¿Cómo reconocerlas? Aquellas orientadas a los valores descubiertos por los sentimientos y específicamente el amor, el principio que nos hace abrirnos a lo que conocemos. El conocer no es más que la manera en que nos hacemos partícipes con lo que nos rodea. El amor y el conocimiento como fundamento de la educación. Visto de esta forma, hay una responsabilidad por elegir a las cosas del espíritu y abrirnos hacia ellas. La tentación por elegir las formas simplistas está  presente y ahí observamos la dimensión ética en Scheler, inclusive, de manera indirecta, el autor pone las piezas claves para reconocer su simple propuesta: humanizarse es decisión de cada hombre.

Bibliografía.

Scheler, M, El puesto del hombre en el cosmos. Buenos Aires: Losada, 1994.

Scheler, M. El saber y la cultura. El Aleph, 1999.

Pies de página.

[1] Scheler, M. El saber y la cultura. (El Aleph, 1999) p. 16

[2]  Ibíd., 18

[3] Ibíd.  14

[4] Scheler, El saber y la cultura, 72

[5] Scheler, M. El puesto del hombre en el cosmos. (Buenos Aires, Losada, 1994)

[6] Ibíd.

[7]Scheler, El saber y la cultura, 45

[8] Ibíd.

[9] Ibíd.

[10]Ibíd., 53

[11]Ibíd., 74-75

[12] Ibíd.

[13] Ibíd.

[14] Ibíd.

[15] Scheler, El saber y la cultura, 72

[16] Ibíd., 73

[17] Ibíd., 74

[18] Ibíd. , 69

[19] Scheler, El saber y la cultura,  72.

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